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Por Antonio Pampliega @APampliega

Cascos Blancos: héroes bajo las bombas en Siria

El 15 de marzo se cumplieron seis años del comienzo de la guerra civil en Siria. En medio del horror de cientos de miles de víctimas asesinadas, torturadas o desplazadas, los equipos de rescate de los Cascos Blancos son un rayo de esperanza. Un documental sobre ellos fue galardonado en febrero con un Óscar. Antonio Pampliega y JM López convivieron con ellos en 2014 y 2015 en Alepo y nos cuentan su batalla diaria contra la muerte.

La guerra de Siria, la más sangrienta y terrible del siglo XXI, cumple su sexto aniversario sin visos de finalizar a corto plazo. En estos seis años, más de 500.000 personas han sido asesinadas, cinco millones de sirios han abandonado el país y cerca de seis viven como desplazados internos.

El Estado Islámico, Rusia, Al Qaeda, las tropas de Al Assad y los rebeldes combaten por todo el país dejando un reguero de muerte y destrucción de dimensiones inenarrables. La población civil está expuesta diariamente a  atentados suicidas, bombardeos, ejecuciones públicas, represión, hambruna… Para los menores, 2016 ha sido el año más mortífero. Según UNICEF, más de 652 niños fueron asesinados en Siria. Cerca de ocho millones de niños y niñas necesitan ayuda urgente, 5,8 millones dentro del país y más de dos millones en los países limítrofes (Turquía, Líbano, Irak o Jordania). Unos 280.000 menores se encuentran atrapados en áreas sitiadas a las que no llega la ayuda humanitaria. Los menores de 7 años, no han conocido nada más que sufrimiento y muerte a lo largo de sus cortas vidas. En medio de este caos imparable, donde la desesperación y el abatimiento se han acabado apoderando de todo y de todos, surge una figura tan heroica como polémica. Se les conoce como Cascos Blancos por el color del casco que portan sobre sus cabezas. 

Se crearon en marzo de 2013 como respuesta a la falta de equipos de rescate que existía en las zonas rebeldes. Desde entonces aseguran haber salvado más de 82.000 vidas y haber perdido a más de 130 de sus miembros bajo las bombas y los escombros. 

Actualmente, son cerca de 2.600 voluntarios que desafían a la muerte a diario. Trabajan en las zonas rebeldes, lo que les ha acarreado infinidad de críticas por su cercanía a grupos terroristas como Al Qaeda o el Estado Islámico. Imperturbables, ellos continúan con su misión, que no es otra que la de rescatar a posibles supervivientes bajo los escombros después de cada bombardeo perpetrado por el régimen de Al Assad o por la aviación rusa. Trabajan sin descanso las 24 horas del día, los siete días de la semana, en 100 centros repartidos en las zonas fuera del control gubernamental (en las provincias de Idlib, Hama, Latakia, Homs, Damasco y Deraa).

“La guerra no nos da ni un solo segundo de tregua, así que no nos podemos dar el privilegio de tomarnos un día libre. Si la guerra no descansa, nosotros tampoco”, sentencia categórico Khaled Hjo, fundador y antiguo responsable de uno de los equipos de los Cascos Blancos en Alepo.

“Nos jugamos la vida, literalmente”, apunta Khaled, y cuenta como ejemplo como el 9 de marzo de 2104 tres miembros de los cascos blancos de Alepo se encontraban en el barrio de Al Haidariya tratando de rescatar a varios civiles que habían quedado sepultados después de que el edificio en el que se encontraban fuese alcanzado por un barril de TNT lanzado por la aviación siria. “En ese momento cayó una segunda bomba sobre ellos. Todos murieron… Fue uno de los días más complicados de mi vida”, recuerda este joven voluntario. Ese bombardeo se cobró la vida de ocho personas, incluida la del fotógrafo canadiense de origen paquistaní y portugués Ali Mustafa, quien se encontraba realizando un reportaje sobre los Cascos Blancos de Alepo. 

La organización la forman hombres de entre 19 y 40 años, todos voluntarios -aunque reciben un pequeño sueldo de 90 euros mensuales- que antes de la guerra eran albañiles, profesores, comerciantes o estudiantes universitarios. Ellos han optado por ejercer uno de los trabajos más peligrosos del mundo: salvar vidas en Siria. 

Khaled Hjo vive hoy como refugiado en Estambul (Turquía). Huyó al país vecino cuando la ciudad de Alepo cayó en manos del régimen de Al Assad. No se siente orgulloso de haber abandonado su país pero sabe que su decisión le ha salvado la vida. “No queda ni rastro de los Cascos Blancos de Alepo. El régimen y Rusia se encargaron de aniquilarlos. Muchos de mis compañeros están muertos o desaparecidos…”, lamenta.

Hjo, antiguo estudiante de derecho, decidió fundar el equipo de Alepo en marzo de 2013 después de que el régimen de Assad arrasara una manzana entera del barrio de Ard Al-Hamra con un misil Scud. “Aquel día murió muchísima gente atrapada bajo los escombros porque no había equipos especializados en rescates. Entre varios amigos, decidimos crear el grupo con el objetivo de ser los primeros en llegar y salvar el mayor número posible de vidas”. 

 2015: Una escena en alepo. Una inmensa nube de polvo grisáceo inunda las calles del barrio de Bab Al-Nerb, cerca de la Ciudad Vieja de Alepo. Escombros y piedras están desparramados por el suelo. Los edificios lloran cascotes y cristales. La onda expansiva de la explosión no ha respetado absolutamente nada. Gritos. Carreras. Nervios. Desesperación. Un barril repleto de TNT ha alcanzado de lleno una modesta casa de piedra reduciéndola a la nada más absoluta. La visión es apocalíptica.

“¡Vamos, traedme un pañuelo! ¡Vamos!”, chilla un miembro del equipo de rescate que, en el interior de un recoveco, sostiene la cabeza de una mujer semienterrada. Está cubierta de una fina película de polvo blanco mezclada con sangre que mana de la nariz y de un corte en la frente. Está aturdida. Mira al rescatador sin entender muy bien qué está ocurriendo. “Tranquila, todo va a salir bien. Te vamos a sacar de aquí con vida. Tranquila”, le repite el hombre mientras trata de vendar su mano izquierda, destrozada por la metralla de la explosión. La mujer no emite sonido alguno y se deja hacer sin mostrar dolor, miedo o desesperación. Un familiar, después de revolver los armarios destrozados de la casa, trae un pañuelo que colocan sobre el rostro de la mujer para limpiarle la sangre y la suciedad.

Desde el exterior, tres miembros de los Cascos Blancos se afanan en liberar el cuerpo. Más de un metro de tierra y escombros aprisionan a la mujer. Trabajan tan deprisa como pueden. Una pala y sus manos son sus únicas herramientas.

A una docena de metros, otro grupo  de cascos blancos buscan a un niño  atrapado bajo los escombros. Estaba en su habitación durmiendo cuando la explosión lo sorprendió. Se viven momentos de tensión y nerviosismo entre los rescatadores. Llevan más de una hora removiendo la tierra, sacando cascotes sin éxito alguno. Están exhaustos, pero continúan…

Una figura vestida completamente de negro observa la escena. Semblante  pétreo. Su hijo está bajo los escombros, pero es la única que no llora. Su marido sí que lo hace. Se lleva las manos al rostro para enjuagarse las lágrimas. Se lamenta de su mala suerte. Se golpea en el pecho. Susurra palabras ininteligibles. Pero ella mantiene el semblante inexpresivo. Su inexpresión se puede confundir con indiferencia, pero no lo es. Es familiaridad. En esto consiste la vida en Siria: dolor, odio, asesinato. 

“Hemos visto muchos muertos. Demasiados. Tantos que parece que no nos afecta la muerte pero no es así”, se sincera Khaled Hjo. “Niños. Mujeres. Ancianos… Matan indiscriminadamente y su objetivo prioritario son los civiles. El régimen y Rusia buscan sembrar el terror entre la población civil. Por eso les atacan a ellos y no a los rebeldes”.

Son las ocho de la tarde. El muecín llama a la oración. Se acaba el Ramadán, por lo menos durante unas horas. La luz del sol, poco a poco, deja paso a los fantasmas de la noche que recorrerán la ciudad de Alepo buscando más víctimas que llevarse. “Cuando cae el sol, los bombardeos se intensifican. La gente sale de sus casas a comprar comida para romper el ayuno del Ramadán y los aviones del régimen y los rusos atacan los mercados y los restaurantes de la zona rebelde para matar a cuantos más mejor”, dice Hjo con una mueca de tristeza. “Todos los días lo mismo. Todos los días. Estoy cansado y harto de tanta guerra”. 

Los equipos de rescate aún tardaron más de dos horas en poder rescatar a la mujer semienterrada y trasladarla a un hospital en zona rebelde. El muchacho no tuvo tanta suerte. Cuando encontraron su cuerpo ya había fallecido, asfixiado. “No siempre podemos salvar a todo el mundo”, afirmaba Shahad Hosain, uno de los voluntarios que intentó rescatarle.

Barriles de TNT.  El sadismo y la brutalidad han alcanzado cotas inéditas en la guerra de Siria. Decapitaciones públicas, crucifixiones, ejecuciones sumarias… Sin lugar a dudas, una de las más sanguinarias ideas por el régimen de Al Assad viene desde el cielo en forma de barriles repletos de TNT que tienen consecuencias devastadoras para la población civil. “Si uno de esos barriles cae a tu lado ni Alá será capaz de salvarte. La destrucción es total”, dice Hjo. 

Lanzados por los helicópteros del régimen, son capaces de reducir un edificio de cinco plantas a escombros. Estas bombas caseras, más económicas que un misil o un cohete y con un poder destructivo infinitamente superior, han matado a miles de personas en los seis años de guerra civil. Buena parte de la destrucción de Alepo, Homs o Hama es culpa de estos ataques, que han conseguido que la población huya despavorida cuando escucha un helicóptero.

Con una media diaria de más de un centenar de barriles-bomba, misiles, cohetes y proyectiles de artillería lanzados, se considera un día especialmente bueno cuando la cifra no sobrepasa el medio centenar. Las ciudades de Siria pagan las consecuencias de tanta barbarie en forma columnas de humo, cascotes y escombros. Y de muertos, sobre todo de muertos.

Khaled Hjo tiene grabado a fuego el día en el que vio a más de 50 personas calcinadas en medio de la calle después de que varios barriles arrasaran una de las principales calles de Alepo, llena de tiendas de alimentación. "Me quedé bloqueado. No entendía. No quería creer lo que estaban viendo mis ojos", relata con el horror dibujado en sus ojos. "Ese día pensé en irme lejos de aquí, pero... si me marcho, ¿quién ayudará a la gente? ¿Quién se jugará la vida para tratar de rescatarlos bajo los escombros? Y aguanté dos años más hasta que, por mi familia, decidí huir a Turquía. Y me avergüenzo de mi decisión. Tenía que haber muerto en Alepo junto a mis compañeros", se sincera cargado de resignación y amargura.

La polémica. Como a cualquier héroe, que se precie de serlo, la polémica rodea la figura de los Cascos Blancos. Héroes para Occidentes- llegando a recibir la nominación para el Premio Nobel de la Paz por su trabajo- villanos para el gobierno de Assad y para la Rusia de Vladimir Putin quienes denuncian la connivencia de este grupo con organizaciones terroristas como Al Qaeda o Estado Islámico. 

El grupo ha recibido cerca de 36 millones de euros de los Gobiernos británico, estadounidense, jordano, japonés, holandés y turco, que son contrarios al gobierno de Al Assad. Se les acusa de haber recibido formación en Turquía de manos de James Le Mesurier, exmilitar británico galardonado el pasado mes de junio con la Orden del Imperio Británico “por su protección de civiles sirios”. Mientras que Raed Saleh, director de los Cascos Blancos, fue deportado de Estados Unidos acusado de “conexiones con grupos extremistas”. 

Su trabajo, en zonas rebeldes bajo palio de grupos extremistas, es incuestionable para unos y para otros no es más que burda propaganda escenificada para enaltecer a los rebeldes sirios. “No tenemos más herramientas que nuestras manos. No poseemos conocimientos en rescates más allá de nuestra intuición. Hemos llegado a tardar más de una semana en recuperar todos los cuerpos bajos los escombros de un edificio derruido. Con las herramientas de las que disponemos es prácticamente imposible hacer mucho más de lo que hacemos”, confiesa. 

“Trabajamos en zonas rebeldes porque el régimen nos persigue y nos asesina. Nosotros no tenemos bandera. Nosotros sólo salvamos personas…”, se defiende Hjo.

No hay tregua. La guerra nunca descansa. “¡Mi hijo! ¿Dónde está? ¡Tenéis que sacarlo! ¡Tenéis que sacarlo!”, grita la mujer lanzándose al suelo sobre una manta que han colocado los miembros del equipo para cubrir el cuerpo del joven que aún permanece semienterrado en el edificio. Los gritos y llantos de la mujer sobrecogen el alma. Todos la escuchan pero ninguna la quiere mirar. “¿En qué guerra mueren más civiles que soldados? Esto es una locura sin sentido alguno. No se puede matar a civiles inocentes sólo para seguir aferrado a una silla”, analiza Khaled. Los Cascos Blancos logran encontrar el cuerpo del joven. Lo tapan con una manta para evitar que los padres lo vean en ese estado.  “¿Dónde están las Naciones Unidas y Occidente? ¿Por qué no nos ayudan como hicieron en Libia?", grita un vecino. 

No hay mucho tiempo para lamentaciones. Una segunda bomba retumba a pocas manzanas. Las sirenas de los Cascos Blancos vuelven a retumbar con fuerza por la ciudad. Los civiles los ven volar por las calles a bordo de su vetusto camión de bomberos. Nadie se pregunta hacía donde van… Lo saben de sobra. La guerra no descansa en Siria. Estos voluntarios, tampoco. •

 

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