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Ricardo Olmedo

Pedro Velasco, una vida en el bañado

© ManosUnidas

Hay lugares donde la vida se instala contra todo pronóstico, contra toda posibilidad, contra toda razón. Son espacios donde nada hay a favor para que hombres y mujeres se empeñen en vivir allí. Pero son los únicos donde los más pobres pueden asentarse. Los bañados de Asunción, en Paraguay, son de esos sitios. Allí llegó hace tres décadas Pedro Velasco. Y se quedó. Esta es su historia.

Trabajaba en la Universidad Católica y vi en los periódicos la inundación del bañado, me impresionó muchísimo, vi a la gente recorrer Asunción buscando dónde vivir, con un sufrimiento inmenso. Entonces hablé con superiores de mi Orden y propuse irme a vivir aquí. Creo que ha sido una de las opciones más importantes de mi vida. Me costó mucho adaptarme. Pero ahora que han pasado más de 30 años doy gracias a Dios por esa decisión. Pedro, un fraile dominico leonés, me cuenta esto en su casa del bañado Tacumbú, una vivienda con un par de habitaciones, una especie de cocina y un minúsculo cuarto de baño, similar a la de las dos mil familias que habitan la zona.

A unos metros de su casa, el río Paraguay, a su paso por Asunción, es un gran manto de agua, caudaloso, que baja sereno camino de Argentina. En sus orillas, se encuentran los que aquí llaman bañados. Son lugares en los que, durante años, se fueron asentando las familias que llegaban a la ciudad huyendo de la pobreza del interior. Con unas maderas, varios palos y mucha angustia levantaban sus chabolas. Así sucedió en este lugar, el bañado Tacumbú, uno de los que forman el gran Bañado Sur.

Según Pedro, “el bañado es una situación de pobreza extrema que cuenta en este barrio con una característica añadida: la de las inundaciones. Los pobres siempre están en sitios inconcebiblemente malos porque es lo que la sociedad les permite. Y esto, que es una zona pantanosa, es un lugar de acumulación de la pobreza. El bañado es también una estrategia de supervivencia de los más pobres. Hay quienes dicen que no pagan la electricidad pero, claro, con lo poco que ganan si tuvieran que pagar la luz y otras cosas no comerían. Yo no conozco lo que es el hambre. Yo nunca me he acostado por la noche pensando si mañana voy a comer. Aquí mucha gente se despierta al amanecer con el dolor de no saber con qué van a alimentar a sus hijos y pasaron el día sin encontrar la forma. Eso es el hambre”.

Al inicio de llegar al bañado, Pedro lideró la creación de CAMSAT (centro de ayuda mutua salud para todos). Con el tiempo, esta organización se ha convertido en el gran motor del desarrollo del barrio con múltiples programas de salud, educación, comunicación, etc. “Yo creo que el bañado no se entiende sin CAMSAT –me cuenta Pedro-. Que una organización en un lugar tan pobre tenga 30 años de vida, no haya muerto y continúe con más esperanza que nunca demuestra el capital humano que hay detrás. Es verdad que si yo no hubiera venido no existiría, pero si yo me voy seguirá adelante. Y eso es lo bueno. Ninguna familia del bañado puede decir que no haya tenido contacto con esta organización. Y otra cosa importante es que no ha habido corrupción ni mal manejo de fondos. Asistir a los más necesitados, organizar a la gente y apostar por cambios sustanciales son los ejes de CAMSAT. Somos unos utópicos empedernidos: queremos que no haya pobres, al igual que queremos que el comedor se cierre porque no tenga que venir nadie”.

Voy a ver las consultas médicas, la cooperativa de pescadores, visito los primeros módulos que se hicieron para sacar a la gente de aquellos barracones de lata y maderas. En casa de una de estas familias, Pedro me cuenta: “se rompió la cultura del chabolismo cuando dimos los 300 módulos que hace años les pedimos a Manos Unidas. Una señora me dijo entonces que por primera vez en su vida había pasado una noche de tormenta dentro de su casa, sin el miedo a tener que salir corriendo con sus hijos porque el agua y el viento se fueran a llevar las paredes o el techo”.

Sigo paseando con Pedro por el bañado y vamos a pasar un rato con los chavales que forman la orquesta. Ensayan bajo la batuta –y la paciencia- de Germán Pravia, un misionero uruguayo que pone toda la ilusión del mundo en estos chicos que soplan clarinetes o rasgan las cuerdas de sus violines. No muy lejos, nos paramos a charlar con Ariel Franco, entrenador y miembro del equipo de deportes de CAMSAT, que dirige a decenas de niños y jóvenes que juegan al fútbol en los equipos del barrio. Ariel me confirma lo que intuyo: “no solamente todo es fútbol, que es importante, pero el fútbol es el que genera la actividad final, trabajar el tema de los valores, del respeto. La cancha es un lugar que los niños hacen suya, la tienen como referencia y la respetan. Se acercan por el deporte y luego podemos acceder a ellos para otras cosas”.

Esas otras cosas de las que habla Ariel tienen que ver, también con su avance educativo. Para eso está el apoyo escolar, sobre lo que dialogo con Angélica, la profe, que me cuenta lo difícil que es conseguir que los niños del bañado estudien. Para empezar, solo hay una escuela de primaria y, además, muchas familias necesitan a los hijos para que les echen una mano en los precarios trabajos con los que malviven.

En la conversación con Angélica sale el nombre de Ursicino Velasco, el padre de Pedro y maestro jubilado que siguió los pasos de su hijo, también vino al bañado y terminó aquí sus días: “era muy exigente, muy responsable, con un compromiso muy grande con la educación. Siempre se preocupó por los niños, por los jóvenes y a pesar de los cuarenta grados él venía caminando a dar clase todos los días a la una de la tarde. Todos los días, jamás faltó”.

Cuando dejo la escuela, me detengo a charlar con varias recicladoras. Mucha gente en el bañado trabaja en esto. Desde primeras horas de la mañana recorren los barrios de Asunción en busca de cartones, vidrios, plásticos… que luego separan y venden. En Tacumbú están organizados porque CAMSAT les asesoró y consiguieron un local amplio donde pueden hacer su trabajo. Me cuenta Inocencia, una de las recicladoras, que a diario tienen que batallar contra el desprecio de muchos y tienen que enfrentarse con quienes, por no compartir, no comparten siquiera su basura. Si la jornada sale bien quizá consigan, al cambio, unos cinco euros. Otro asunto, no menos importante, es su precaria salud laboral; tienen que tomar precauciones, porque los accidentes de trabajo son frecuentes: “cuando buscas en la basura, si han echado vidrios o vasos rotos y nosotros metemos la mano, nos cortamos, pero tenemos que seguir, esa es nuestra vida, la de los pobres”, me dice Inocencia.

También me encuentro con Camila, la hija mayor de una familia de pescadores. Ella ha podido continuar sus estudios gracias a una de las becas que proporciona CAMSAT. Ahora está terminando su formación en enfermería y forma parte de esta primera generación de jóvenes del bañado que son universitarios. “Mis padres son un ejemplo para mí. Han trabajado una barbaridad. Mucha gente dice en el bañado somos ladrones, que no trabajamos. Eso es mentira. A las cuatro de la mañana ya hay vecinos caminando, saliendo del barrio para ir a trabajar”.

Ser del bañado, gracias al trabajo de Pedro y sus colaboradores, ya no es un estigma: “recuerdo a una trabajadora de nuestra organización que me contó que le daba vergüenza decir que era del bañado, ahora ya lo dice con orgullo. Eso es un paso muy importante, que puedan mostrar sus luchas, sus sacrificios, sus logros. Ver veinte niñas de nuestro grupo de baile actuando en el Teatro Municipal fue maravilloso. Mostraban con orgullo sus orígenes. Aquí no elegimos la pobreza, pero trabajamos para superarla”.

Si por algo es conocida, incluso fuera del país, la realidad de los bañados es por las inundaciones que sufren debido a su situación a orillas del río Paraguay.  Lo que pasa en Tacumbú también sucede en otros como Santa Ana, San Felipe, Cateura, Yucutú… La crecida del río provoca periódicamente graves inundaciones y hace que los vecinos tengan que abandonarlo y asentarse como pueden en alojamientos provisionales.

Hacía 16 años que no se producía algo semejante y, entre 2014 y 2018, cuatro grandes inundaciones han arrasado Tacumbú. Las dos mil familias tuvieron que salir del barrio y, en total, cien mil personas se vieron afectadas en Asunción.

Para poner punto y final al gravísimo problema de las inundaciones, el padre Pedro y mucha gente que lo apoya están defendiendo un proyecto llamado Franja Costera. Ya cuentan con el apoyo de la alcaldía de Asunción y va a ser el comienzo de un nuevo capítulo en la historia del bañado.

Sobre la mesa del comedor hay extendido un gran mapa en el que caben los sueños y el futuro, en el que caben las esperanzas de la nueva vida que espera a los vecinos. Pedro agarra un bolígrafo mientras señala y me cuenta: “el bañado es un gran humedal de 300 hectáreas y el proyecto consiste en rellenar con arena de río. Serán 5.200.000 metros cúbicos de tierra para que el barrio se levante dos metros más y sobre ella construir 2700 viviendas. Una ciudad nueva. Los pobres sueñan, junto con el Gobierno, su nuevo barrio. Será una demostración de que juntos, vecinos, Iglesia y Gobierno hacemos algo que valga la pena”. Y mientras escribo esto me cuentan que ya han comenzado: ocho hectáreas han sido ya cubiertas con el relleno hidráulico.

Ese trabajo en coordinación ha sido una de las claves para que el proyecto vaya adelante: “quienes apostamos por la justicia y por un Paraguay más justo tenemos que trabajar juntos, con el Estado, con otras organizaciones, con otras iglesias. Nosotros desde el bañado apuntamos al cambio en Paraguay y nos sentimos solidarios de las luchas campesinas, de las luchas de otros bañados, etc. El pobre, si está solo, no puede nada. El rico, bienintencionado y por su cuenta, tampoco. Hay que trabajar juntos. Hacer de puente no es fácil, pero en ello estamos. Por ejemplo, yo en la universidad quiero ser un puente entre el mundo de los estudiantes y este del bañado. Me preguntan los chicos ¿qué llevamos al bañado? Ya sabes, el asistencialismo. Y yo les digo: no lleven nada, solo quiero que escuchen y vean los problemas de la gente. Y cuando vuelven a clase comentan asombrados lo que han visto. No conocen su país, no conocen que el 40% de la población vive en la pobreza”.

No conocen, añado yo, a Ángela que se acaba de hacer cargo de sus nietos porque sus padres han muerto. Me encuentro con Ángela en su chabola -es de las que acaban de llegar- levantada en medio de un lodazal adonde han venido las trabajadoras sociales para ver cómo ayudarla. Ellas me cuentan lo que es evidente, que la mujer es la que siempre está al frente, en primera línea de lucha por la vida, en vanguardia de combate para espantar la pobreza. Ya sea en actividades comunitarias, en movidas del barrio, en buscar cualquier trabajo del que sacar unos guaraníes para medio llenar la cazuela del día y apagar el hambre de la familia.

Trabajar por gente como Ángela, pobre entre los pobres, es algo por lo que merece la pena entregar una vida, que es lo que ha hecho Pedro: “cuando vine a América, quemé las naves y cuando vine al bañado, también. Si no me piden otra cosa (que tenga sentido) yo voy a morir acá, -me dice Pedro recordando estos años-. “Ha habido momentos durísimos. En una de las inundaciones, harto ya de tanta agua, pensé en irme, no podía más. Y luego me acordé que las 2000 familias también querrían irse. Si quería vivir solidariamente en el bañado debía quedarme con ellos. Y me quedé”.

La luz de la tarde cae sobre las casas del bañado y las aguas temibles del Paraguay hoy reflejan, tranquilas, los últimos rayos de sol del día. Es el momento para las últimas confidencias de Pedro: “mira, yo estoy muy lejos de lo que Jesús querría que fuéramos los cristianos, gente con esperanza, con alegría, que abre caminos… pero aquí sigo. Todos los días le doy gracias a Dios por haberme traído al bañado Tacumbú. No se comprende la pobreza si no se vive y se comparte la vida con quienes la sufren. Yo he tenido ese privilegio. Descubrir a Cristo en los pobres es una verdad como una casa. No es nada romántico, es muy duro. Cuando uno ve a un amigo que se muere por no tener una medicina es algo que te revienta por dentro. Yo he visto a niños morir acuchillados acá, a niños a los que he visto nacer y crecer. Siento que Jesús me invita a estar aquí, para amar a la gente como es, para decirles que juntos vamos a ocupar el lugar que Dios quiere de nosotros, el lugar de la dignidad. Me siento sumamente feliz. La peor desgracia que me podría pasar es que me mandaran fuera del bañado. Yo, cuando me levanto, me digo que estoy trabajando por el Reino de Dios. Millones de personas en el mundo también lo hacen. Por tanto, adelante”.

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