Despertar

Tamara Cordero Jiménez

Entrevista a... Jorge de DomPablo

Jorge de DomPablo es sacerdote diocesano de Madrid desde hace 31 años. Nos cuenta que viene de una familia de 14 hermanos y que desde ahí descubrió su vocación y la necesidad de entregarse a los demás, ser solidario y compartir lo que tenía con los otros. Hoy Jorge nos acerca a su realidad. En su casa acoge inmigrantes y personas drogodependientes que lo necesitan, así es como vive su misión.

Hace muchos años que descubriste tu vocación sacerdotal.
Descubrir tu vocación es lo más bonito, vas por el mundo mirando las casas, las ventanas, la gente y vas descubriendo cómo tenemos que darnos palabras de esperanza. La llamada de Dios la he ido viendo en la gente y en sus necesidades. Hubo muchos momentos, de oración y de encuentro conmigo mismo y con Dios y a partir de ahí la descubrí. Para mí era primordial poner mi vida al servicio de los demás y así me hice sacerdote.

¿En qué momento decidiste acoger a personas con necesidades?
Desde muy pequeño. Yo siempre vi a la gente que sufría. Soy de un barrio en el que ha habido muchísima droga y delincuencia, y desde ahí es desde donde a mi siempre me ha atraído el ayudar. Después tuve la suerte de entrar en un seminario que me marcó. Entré con unas ideas y el seminario me hizo descubrir cómo el cura no era solo para la liturgia, sino que la liturgia era una parte importante, pero más importante era acompañar a las personas, descubrir sus necesidades y a las que más sufrían.  La formación que recibimos fue espiritual y académica, pero también pastoral y de solidaridad, de vivir en comunidad y de estar en medio de barrios dónde había mucha necesidad. Cuando salí del seminario fue la cosa más normal del mundo, y desde entonces mi casa, en cada parroquia a la que voy, es una casa abierta. Siempre lo fue para los chicos que salían de la droga y desde hace un tiempo también para los inmigrantes.

Y estas personas, ¿cómo os conocen?
Por una parte desde otras asociaciones, a través del trabajo en red, nos vamos llamando unos a otros.  Otros desde el conocimiento, porque van llamando a sus amigos, vienen por la casa los amigos y piden quedarse. Normalmente las plazas son temporales, y es lógico, porque, si no, no habría forma de ayudar a tanta gente. Pero nosotros hemos ido conformando otro estilo que es temporal para algunos pero también permanente para otros. Los que lo han ido viendo han ido llamando a sus amigos. Y también desde el pasar por la calle. Por ejemplo en el hospital Ramón y Cajal, me gusta pasear por allí y verles y saludarles, y en momentos me van hablando de sus dificultades y cuando no pueden hacerse cargo se vienen una temporada a nuestra casa.

¿Cómo es la convivencia?
Actualmente estamos viviendo 17 personas. Tenemos dos casas, una es propiedad del Canal de Isabel II y otra de Renfe, también dos caravanas y a veces también los sofás hacen de cama. Hemos ido haciendo en nuestra casa un ambiente familiar. Hay chicos que llevan 9 años, otros que llevan 4 o 5 y hasta los que van pasando y están meses o días. Son muy solidarios y se preocupan unos de otros y te traen chicos que necesitan quedarse. Y son todos muy abiertos y muy acogedores. Siempre hablamos de cómo nos tenemos que ayudar los unos a otros.

Habéis creado un hogar, ¿es una de las claves?
Es muy importante. Y eso lo he visto en todas las asociaciones, aunque sean temporales. Nosotros somos todos voluntarios y aunque haya profesionales pues exactamente igual. Se nota el calor y la necesidad de cariño, familia, estabilidad. Recuerdo a un chico que después de haber pasado por varias asociaciones le pregunté que de dónde se definía y me dijo que no sabía, y noté que hacía falta arraigo, un hogar. La mayoría tienen sus familias, pero hay casos en los que no. Siempre me ha impresionado mucho que haya personas que estén solas. Hay que crear un sitio donde se diga “esta es mi casa, y la va a ser para siempre”.

Das testimonio de tu fe con tu vida.
Yo soy cura pero en nuestra casa no hay hora de oración, aunque alguna vez los cristianos nos juntamos y rezamos un rato, pero desde la libertad.  Intento que valoren la parte religiosa de nuestras vidas, pero dando libertad para que cada uno se exprese en su religión. Yo soy cura de parroquia, y entonces lo que yo he vivido en mi casa forma parte de la parroquia. Los que son cristianos, libremente, participan de la parroquia, en los grupos de jóvenes, en las celebraciones. La parroquia los integra muy bien, también a los musulmanes, que han venido a alguna fiesta importante.

¿Ayuda que vivas de esta forma a la comunidad parroquial que animas?
Mucho. Esta forma de vida impresiona, pero no es solo eso, es que por ejemplo a Nuestra Señora de la Guía, en la que llevo 14 años, esta vivencia le ha dado una identidad. La parroquia y su comunidad tiene una identidad especial. Nosotros tenemos una gran fotografía de uno de los africanos saltando la valla con una especie de cruz y lleno de sangre que está en el altar, junto a la Cruz, también tenemos un viacrucis hecho con fotografías de guerras, de refugiados, de inmigrantes, de personas de La Cañada Real. La comunidad parroquial va viviéndolo, compartiendo con ellos, acogiéndolos, y ayudándolos.

Vives en misión, pero sin salir de Madrid.
Creo que esa es la clave. Yo no he salido fuera de misiones, aunque es una de mis vocaciones, pero siempre vi que aquí necesitamos misioneros, tenemos necesidad de testimonio y de una entrega total y radical. El ser cura o cristiano no es solo vivir la Eucaristía, tienes que estar constantemente en el barrio, en la calle, preocupado por dar testimonio y anunciar el Evangelio.

¿Cómo se mantiene un proyecto como este?
Con muchas dificultades, pero a la vez es muy bonito. Yo siempre he querido ser una asociación de Iglesia, aunque tuvimos que hacerla civil, pero yo nunca he querido pedir subvenciones. Alguna vez sí las hemos pedido, pero no he querido ser empleado del Estado. Yo soy cristiano, cura y soy libre. Pero sobretodo nos ayuda la gente que nos ha ido conociendo, desde las parroquias, familias que ven lo que hacemos y nos dan lo que pueden. También algunas parroquias que han visto que el trabajo que se hacía era bueno. Y yo pongo mi sueldo ahí también, claro, vivimos como una familia. Y por supuesto las personas individuales que aportan mucho. Es como la economía familiar, no llegamos nunca a todo lo que queremos, pero se van haciendo cosas, y yo llevo 31 años viviendo así. Es la Providencia.  Hasta ahora no me ha asustado nada porque sabía que al final sale, si está Dios, salen las cosas.

¿Qué piensas de los pasos que se están dando políticamente para “regular” la inmigración?
Yo tengo la seguridad de que a los políticos no les interesan los inmigrantes ni las personas. Solo le interesan los votos y desde ahí van haciendo sus “manejos” para que no se les escapen votos y  por eso las políticas que estamos viendo son inhumanas. Desde las vallas, ¿cómo podemos poner vallas a las personas? ¿cómo podemos poner cuchillas? Llegan con cortes y marcas que se les quedan. Y piensas, que esto te pueda pasar a ti, que tengas que huir de España y que tengas que saltar vallas, que tenga que sufrir tanto para al final, si llego, decir: ¿por qué me han puesto tantas pegas? Y encima cuando llegan aquí no hay ayudas. No hay una visión humana de los demás. Los gobiernos europeos no miran a las personas como tales sino como votos.

¿Y cómo podríamos cambiarlo?
Lo básico es que hay que ayudar en el país de origen. Nadie quiere salir de su país. Tiene que haber un cambio global si no lo hay no sirve de nada. En ese cambio todos los países debemos avanzar a la vez. Y mientras no pase tenemos que abrirles las puertas. No sé si es la solución pero lo que está claro es que cerrar las puertas es inhumano, no puede haber ciudadanos de primera y de segunda. Todos debemos ser ciudadanos y punto.

¿Y la Iglesia?
La Iglesia está dando pasos. El Papa Francisco está hablando mucho de este tema, está siendo muy cercano al sufrimiento de la inmigración, aquella primera salida de Roma a la isla de Lampedusa, aquel grito de “Vergogna”, aquel altar hecho con una patera, la cruz hecha con un remo, fue muy significativo. Ha ido levantando la voz y abriendo la Iglesia a la inmigración. Francisco ha hecho que la Iglesia se ponga en marcha, y en Madrid en concreto se está poniendo en marcha con mucha fuerza. Desde la Vicaría Social y de Innovación se están agrupando todos los grupos sociales. Hay también una mesa de la acogida, donde se plantean todas las situaciones y se ha hecho una propuesta importante que consiste en pedir a las parroquias que abramos las puertas y que estemos de guardia en determinados días, para cubrir todo el año. Ya se está haciendo. Hay una de ellas que iba a ser temporal, con una acogida de un mes, y han visto lo bonito que era esto y han dicho que se quedan abiertos para siempre y los chicos que tenían que salir de ahí se han quedado. Hay esperanza. Francisco nos está indicando el camino y toda la Iglesia se ha puesto en marcha.

¿Qué mensaje te gustaría que llegase a nuestros lectores?
Mi vocación surgió en mi familia y creo que la familia es el lugar donde uno aprende a vivir. Yo recibí una formación muy solidaria, de mucho cariño que me hizo abrirme a la fe, a Jesucristo. Y Jesucristo me hizo abrirme al mundo. La forma en la que yo vivo como cura ha sido una vivencia familiar. Creo que las familias también pueden acoger a personas en casa, pueden ayudar económicamente a personas concretas u otras familias. La familia es el núcleo desde donde uno tiene que abrir los ojos, los oídos y el corazón, para ver la realidad. Y entre todos podemos ayudarnos los unos a los otros. El amor de Dios se nos da a nosotros para que se lo demos a los demás.

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