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Poldo Antolín

La llamada de Javier

Las Navidades nunca eran fáciles en aquella casa. A decir verdad, y por diferentes motivos, son muchos los hogares en los que la Navidad resulta un tiempo difícil. Pero este era, sin duda, un hogar muy especial, y en Navidad no hacía falta mucho para darse cuenta de ello.

Y eso que el tiempo de vacaciones traía muchas novedades, el ritmo cambiaba por completo, nada de levantarse con prisas, ducharse, vestirse, desayunar y coger la mochila para el colegio… En lo primero que se notaban las vacaciones era en el horario. Como esos relojes de Dalí los niños se ablandaban y rezagaban en la cama sometidos a otras leyes menos rítmicas y el día se presentaba por delante con variadas posibilidades según el tiempo que hiciera. Si hacía bueno, el plan podía ser jugar un partido, montar en bici, salir con los amigos o “liarla” ¡vete a saber dónde! haciendo lo que nunca averiguaremos del todo. Si hacía una tarde plomiza o lluviosa, que tanto gustan cuando vienes de un otoño veraniego, podías ver una película tumbado en el sofá con la chimenea puesta. Nos abrigábamos con una de esas enormes mantas que servían para tapar a dos personas y que sacábamos del baúl de madera que estaba en el centro del salón, rodeado por los tres sofás, frente a la chimenea. Esas tardes se prestaban también a jugar a aquello para lo que normalmente ya no tenemos tiempo: un interminable juego de mesa que se llevaba el antes, el durante y el después de la merienda.

Pero lo que más se esperaba de este tiempo, lo que no podía faltar y se trasmitía como una tradición que pasaba espontáneamente de los niños veteranos a los recién llegados, era la salida que año tras año hacíamos a Jaraíz de la Vera, a una escuela-hogar que en Navidad se quedaba vacía y generosamente nos ofrecían las hermanas que allí vivían. El viaje nos llevaba muchas horas en furgoneta, pero estos días llenos de excursiones, salidas al campo, visita de algún monumento y sus fuentes repletas de monedas (más vacía después de nuestra visita), bien lo merecían. Solía ocurrir que, cada año, esta salida suponía para alguno el descubrimiento de la nieve, pues todos los chavales eran de la costa gaditana o el campo de Gibraltar, y sus historias no les habían permitido salir mucho de su tierra. Por eso era para nosotros una alegría poder acercarlos, cuando no había nieve en el Piornal, a la estación de esquí de la Covatilla. Allí, después de disfrutar viendo a los niños hacer bolas de nieve para la típica guerra, nos lanzábamos pendiente abajo en los trineos de plástico con los que hacíamos competiciones y buscábamos chocarnos con el otro para que se cayera. A la vuelta, con el cuerpo cansado y la ropa mojada, nos esperaba en la residencia la mejor de las duchas que uno haya probado, en la que salía el agua fuerte y caliente, invitándote de nuevo a ablandar el reloj.

Pues bien, nada de eso, evidentemente, lograba tapar del todo la frialdad que en estas semanas se sentía en el corazón de los niños. La casa se adornaba, invitábamos a los amigos y vecinos, teníamos cenas suculentas, juntos íbamos a la misa del Gallo, pero a veces uno sentía que todo eso no hacía sino mostrar aun más el vacío del corazón de un niño que no puede vivir la Navidad con su familia.
Para Javier esta era su primera Navidad en el Hogar. Llegó procedente de una familia que durante mucho tiempo (la mayor parte de su infancia) no contó con la presencia del padre. En la casa vivían con él dos mujeres: su abuela, una mujer sencilla, trabajadora, muy mayor y con problemas de salud que le impedían casi moverse o hacerlo con mucho esfuerzo, llevándose de continuo la mano a la espalda como queriendo aliviar con el calor de la palma el dolor muscular; y su madre, una mujer joven y guapa, delicada, que cometió el delito de enamorarse de quien no debía, en una de esas relaciones que generan dependencia e impiden vivir la propia vida, siempre mirando y esperando al marido y lo que dijera. Este hombre, de rasgos marcados, aire agresivo y carácter fuerte, imponía respeto nada más verlo. Había sido el líder del barrio, pero la mala vida le destrozó y le hizo caer en su propia trampa, haciéndole perder a la larga lo más valioso que tenía. Tantos años en la cárcel le alejaron casi de por vida de su familia y en cualquier caso le privaron de la infancia de su hijo.

Javier creció, por tanto, sin la presencia de su padre, pero con él como modelo, sabía quién había sido en el barrio y él era su hijo. Antes de fijarse en la derrota que suponía tenerlo en la cárcel decidió rescatarlo en su cabeza, convirtiéndolo en alguien a quien imitar, y eso, claro, le llevó a meterse en problemas ya desde pequeño. Llegó el momento, en plena preadolescencia, en que su madre y su abuela ya no podían con la situación. Tampoco podían el colegio, ni el entorno más cercano, y su comportamiento se fue agravando. Los trabajdores sociales ddel Ayuntamiento lo propusieron para que viniera al Hogar, y a pesar de que estaba ya completo le hicimos sitio en nuestra casa.

Y cenó en Nochebuena por primera vez con nosotros, por primera vez fuera de su casa, sabiendo por qué estaba él ahí y preguntándose por qué estarían los otros. Ese era el sentimiento predominante en aquella cena en la que no se hablaba de aquello que flotaba en el ambiente. Por más que los educadores nos esforzáramos aquella no era una cena de familia, ellos no querían que lo fuera, aceptarlo sería traicionar a los suyos. Esa noche entendían que no eran como el resto de los niños, ellos no volvían a casa por Navidad. Aprendí entonces que se vive peor la ausencia de los padres cuando están vivos pero no están, que cuando ya definitivamente faltan. Ahora veo con claridad que eso era lo que impedía que aquella fuera una cena de Navidad.

Javier fue poco a poco integrándose en la que tenía que ser su casa, recibiendo de vez en cuando visitas de su madre y de su abuela, que agradecían mucho todo lo que estábamos haciendo por su hijo y el cariño que poníamos en ello.

-¡Qué bien le vemos!, no hago más que transmitírselo a su padre -decía-.

Meses después recibí una carta desde la cárcel, una de esas cartas que no se olvidan y quedan grabadas para siempre en el corazón, una carta que llena de sentido una opción de vida:

-Gracias por hacer con mi hijo lo que debía haber hecho yo. Quiero que sepas que si hubiera yo tenido alguien como tú de pequeño no me hubiera visto donde hoy estoy. Aquí pienso mucho y procuro aprovechar el tiempo, estoy aprendiendo a relacionarme, habilidades sociales que yo no sabía lo que eran y que me gustaría que tú le enseñaras a mi hijo. Por favor cuídalo, sigue siendo el padre que no ha tenido.

Pasaron los años, Javier fue mejorando y pudo ir a visitar a su familia, lo mismo le ocurrió a su padre, que, por temporadas, podía disfrutar ya de algunas salidas de la cárcel. Se presentaba la oportunidad de una “reunificación familiar”. Pero el sueño que dormía en el fondo del corazón y nunca había desaparecido se desbarató entonces. Las buenas intenciones del padre no resistieron la vuelta a la realidad y al poco de salir volvió a hacer lo único que sabía.  La gota que colmó el vaso la vivió Javier un domingo por la tarde, después de un fin de semana en su casa.  Al llegar la hora en que debía volver nos llamó la madre:

-Se niega a volver al Hogar hasta que no vea a su padre.

Ese fin de semana el padre, que estaba con ellos, no apareció por la casa. El sentimiento que tanto presidió su infancia volvió a apoderarse de él. Pero ya era un adolescente, quería saber de propia mano la verdad de su padre y por qué no estaba con ellos. Tuvimos que ir a recogerlo, aceptó volver al Hogar pero me pidió por favor que fuéramos antes a ver dónde estaba su padre, y salimos a buscarlo por la calle, con la mala fortuna de encontrarlo.

En una casa derruida, entre humos y droga, acompañado de mujeres que no eran la suya, le vimos y nos vió. Al descubrirnos, su grito, acompañado de un gesto con el brazo,  se dirigió a mí: -¡Llévatelo! ¡Llévatelo!

La verdad de Javier le partió en dos y a partir de ahí todo fueron desgracias. El padre desapareció, Javier, ya crecido, salió del hogar, pero duró poco tiempo en su casa. La abuela, esa mujer enferma que no dejaba de preguntar por su nieto y tenía el extraño poder de transformar en cariño el sufrimiento que recibía, falleció al poco tiempo. El dolor y las heridas de la vida se llevaron también a su madre, que incapaz de sobrevivir decidió tomar el camino más corto. Javier quedó solo no sabemos dónde.

Otras vicisitudes hicieron que el Hogar también se cerrara. Los niños salieron cada uno por su lado y la noche del silencio cubrió sus historias invisibles. También los educadores rehicimos nuestra vida, cada uno por un camino, sin que lo vivido desapareciera del corazón. Sus historias son para nosotros imborrables. Han pasado ya 15 años y con frecuencia las preguntas vuelven: ¿Dónde estarán?¿Qué será de ellos? Uno se descubre indagando en Facebook, llamando a alguno del que guardas contacto, visitando a otro que sabes donde vive. Pero sin lograr encontrar rastro de Javier.

Es imposible que cada Navidad no vengan al corazón cuando el nacimiento de Jesús nos recuerda que él para nacer, también estuvo llamando a las puertas de los hogares. Sus nombres los pongo cada 24 de diciembre en la Adoración que hacemos para celebrar el nacimiento de Jesús en un pesebre porque no tenían sitio en la posada (Lc 2,7).

Hasta que transcurridos los años una buena noticia llegó también a mí. Como en su día recibiera aquella carta desde la cárcel recibí una sorprendente llamada de teléfono. Vivía entonces en Madrid, dando clases en un colegio a niños muy diferentes, que ese día empezaban las vacaciones de Navidad.  Estaba comiendo y me levanté de la mesa cuando escuché:

–Preguntan por ti.    

–Dígame -respondí-.     

Escuché mi nombre repetido varias veces y al decir que sí, que era yo, un hombre se puso a llorar al otro lado del teléfono sin poder hablar. Detrás y a pesar del llanto pude reconocer su voz:  

-¡Soy yo, soy Javier! ¿Te acuerdas?  

-¡¡¡¿Cómo no me voy a acordar Javier?!!! ¿Desde dónde me llamas? ¡¡¡qué alegría escucharte!!! ¿Cómo estás?

-Eres tú, eres tú -decía emocionado el mismo niño que llegara unas Navidades al Hogar y ahora volvía a aparecer en mi vida-. He estado buscándote de muchas formas hasta dar con este teléfono. Te llamo para decirte que estoy bien, tengo un hijo, tengo una mujer, estoy trabajando en una fábrica de embutidos en Barcelona y soy feliz. ¿Por qué no vienes a verme? Quiero que sepas que ahora me acuerdo mucho de todo lo que me decías en el Hogar y quiero darte las gracias.  

Las palabras que se guardaron en el corazón, salen aquí cuatro años después. Las Navidades no son fáciles para muchos hogares, es verdad. Esta celebración pone de manifiesto las oscuridades de la vida, pero la luz brilla en la tiniebla (Jn 1,5) y el anuncio del ángel, cuando menos te lo esperas, puede llegar a ti como llegó en su día a aquellos que pasaban la noche al raso:

“No temáis, os anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo. Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador” (Lc 2, 10-11).


Este cuento tiene mucho de realidad. La Navidad es, al fin y al cabo, un misterio de Encarnación. Gracias a aquellos, educadores y niños, que supieron hacérmelo ver. Gracias Javier por tu llamada.

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