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Tamara Cordero Jiménez

CEIP Poeta Carlos Álvarez: Me quedo contigo

La realidad de la zona sur de Jerez de la Frontera se impone. Son casi 20.000 personas las censadas en barrios plagados de viviendas sociales. Muchas familias en paro pero con ganas de prosperar. Y en este contexto el Colegio de Educación Infantil y Primaria Poeta Carlos Álvarez se erige como tabla de salvación para muchos niños y niñas del barrio. Nos acercamos a conocer cómo trabajan.

La Zona Sur de Jerez de la Frontera está situada en el sureste de la ciudad y desde su nacimiento hasta hoy ha presentado unos índices de desarrollo socioeconómicos muy inferiores al resto de la ciudad. Sin duda, una de sus principales características es la barrera geográfica. Está aislada del resto de Jerez por un pronunciado desnivel que ha desfavorecido durante años a sus habitantes. Nos cuentan los profesores del centro, algunos de ellos vecinos del barrio, que durante largo tiempo en Vallesequillo o San Telmo, se decía “voy a Jerez”, como si ellos viviesen en una ciudad diferente. No es así. Y aunque encontramos problemas relacionados con drogas o delincuencia, en parte provocados por la alta presencia de vivienda social concentrada en esta zona, sin duda alguna el problema más estructural de estos barrios que componen la Zona Sur es el paro.

En este contexto desfavorecido son muchas las familias que quieren salir adelante. La solidaridad y la corresponsabilidad se tornan protagonistas. Y el CEIP Poeta Carlos Álvarez es ejemplo de ello. Un colegio de infantil y primaria, con una sola línea en la mayoría de los cursos, en el que sus maestros son mucho más que profesores al uso, son docentes vocacionales.

Conocí a Maria del Carmen Padilla (Mamen) y a Almudena Viñas hace unos meses. Participaron en un congreso de educación para compartir con todos los asistentes su trabajo en este colegio público. Para compartir recursos, para crear estrategias conjuntas, para sumar todos juntos. Tuve la suerte de ver, en primera persona, cómo les brillan sus ojos cuando hablan de “sus niños” y entonces supe que el mundo sería un lugar mejor si contáramos su historia.

Mamen es la Jefa de Estudios de El Poeta, como cariñosamente lo llaman en el barrio. Lleva desde 1997 en el colegio y 16 años en el equipo directivo junto a María del Mar Rodriguez, que llegó en 1999 y que ejerce como directora. Ellas, junto con un gran grupo de profesores implicados en la labor de educar a los niños y niñas del barrio, mantienen en pie este centro, que es considerado por la Junta de Andalucía como centro de compensatoria y de difícil desempeño para los docentes.

“Cuando los nuevos profesores llegan aquí ya saben que la realidad no es fácil, pero hasta que no la ven... Todos los años doy la enhorabuena por llegar a este colegio. Creo de verdad que es un buen colegio, pero sin duda llega un momento en el que tienen 'la cara del poeta',  como yo lo he bautizado, llega al primer mes, al cuarto, a los seis meses, pero llega, en todos los casos. Ahí te das cuenta de lo duro que es el trabajo que tienes por delante”, nos cuenta María en su humilde despacho con las puertas abiertas, para que cualquiera pueda entrar a hablar con ella.

La disponibilidad y la acogida son sin duda uno de sus mayores logros. Sienten que no tienen mucho, que quizás no se valora su trabajo como en otros centros, pero ellas mismas caen en la cuenta de lo importante que son esos pequeños cambios que son capaces de valorar con los años. Están transformando el mundo. Desde las trincheras, mirando al futuro, formando a los chicos del mañana.

“Por aquí es imposible pasar sin mojarse”, nos dice María. “Los chicos sienten la implicación que tú tienes con el trabajo, saben si solo estás porque te ha tocado venir a este centro o si estás aquí por decisión propia, y eso les influye mucho”.

La familia. Me avisaron cuando llegué. -No des nada por supuesto -me dijo Mamen al entrar a secretaría-. La situación socioeconómica del barrio, las diferentes situaciones familiares que se viven en un entorno como este, la inclusión de personas con distintas capacidades y minusvalías; todo influye en la manera en la que los chicos, las familias y el centro se relacionan.

María me contaba que la primera lección de vida que le dió la Zona Sur de Jerez fue la de tomar conciencia de la suerte que tiene al tener un padre y una madre que la quieran. No es la situación que viven muchos de los niños que pasan por este centro. Por diferentes circunstancias: por una vida que no importa, porque viven rodeados de otros problemas mucho más difíciles de afrontar, por la falta de trabajo o por la capacidad de desarrollo de los mismas familias. Son muchos los niños que se enfrentan a esto. Se sienten defraudados. Aquí, el trabajo del colegio se centra en la enseñanza. “Todos los días tienes que llegar con algo que enseñar, algo que los motive, que los ayude a mostrar interés, y todo los temas los trabajamos desde ese prisma”, nos resume María. Así, cada día consiguen enganchar a los 212 alumnos que llenan sus aulas decoradas para este objetivo. Pero en muchas ocasiones los niños se sienten defraudados. No tienen apoyo en casa, y sin duda en esos momentos el colegio es el único ápice de futuro que se puede vislumbrar en sus vidas. -Maestra, -me llamó una niña de segundo de primaria el otro día cuando acompañé a Mamen a su tutoría- yo quiero venir al colegio también el sábado y el domingo porque me gusta más que estar en casa. Esa es la realidad de estos niños y niñas, por eso luchan y siguen, año tras año, haciendo frente a una realidad, que en muchos casos se vuelve cuesta arriba. Y nunca mejor dicho.

En sus clases no hay un niño con dificultades, por diferentes circunstancias sociales, económicas o médicas, son muchos los chicos que no consiguen un desarrollo “normal” conforme a su edad. Eso hace que la diversidad y la inclusión se trabajen desde el primer momento, dentro y fuera del aula.

En la Zona Sur de Jerez no se puede dar nada por supuesto. Tienes que despojarte de todo lo que traes aprendido de casa, de las escuelas de magisterio. Y aprenderlo entonces, de nuevo, para intentar que ellos también lo aprendan. Nos cuenta Mamen que los enseñan a acostarse temprano, a traer todos los días una carpeta, aunque no sea necesario. Estos hábitos los trabajan desde infantil. Así ellos saben que tienen que hacerse cargo de su carpeta y esto se traduce en que se hacen cargo de su propio proceso de aprendizaje. “Es la única manera de que el proyecto tenga éxito”, añade.

Este colegio es un lugar de esperanza en el que su directora recibe cada día a las madres en la puerta. Las familias pueden entrar al colegio cuando quieran, a hablar o a compartir las clases con sus hijos (aunque todo de manera didáctica y ordenada), es un colegio de puertas abiertas en todos los sentidos. Aunque hay normas, por supuesto. Y trabajan en red con el resto de organismos públicos: centros escolares de la zona y de la ciudad, servicios sociales, centros de salud.

El absentismo escolar, como en otros muchos centros de Andalucía, es uno de los mayores problemas. Las familias, aunque no en su mayoría, no entienden la importancia de que los chicos no falten a clase. La razón es cultural, sin duda. Pero van descubriendo, poco a poco y poniéndose en camino, la importancia de que sus hijos reciban una educación de calidad para que el día de mañana puedan tener las mismas oportunidades que cualquier otro ciudadano del mundo.

Ese es el objetivo de todos los profesores, por eso El Poeta sigue en pie y su equipo directivo y su claustro se levantan cada día.

Vocación. “La gente no entiende que siga en el colegio y en la Jefatura de Estudios, con lo que esto supone, después de tantos años. Me preguntan: ¿por qué sigues ahí?”, nos dice Mamen. “Podemos irnos a otro colegio, pero esto ya forma parte de mi, el colegio me da la vida y me la quita, a la vez”, añade Almudena. Ellas llevan muchos años trabajando juntas, son amigas y compañeras de batalla. Se secan las lágrimas cuando alguna resbala por la mejilla, también se animan y aplauden cuando ven que las cosas salen bien. Y tengo la sensación de que esto segundo pasa más que lo primero en su día a día.

“Son guerreras”, las define Dolores Rosado (Palu para los amigos y profesores), y presidenta de la AMPA del colegio desde hace 12 años. “Mamen fue tutora de una de mis hijas, que hoy tiene 17 años, cuando tenía cuatro, y para ella sigue siendo su mejor profesora, no me equivoqué el día que las traje al Poeta”. Y nos lo comenta porque vive en otra zona más “privilegiada”, como ella misma la define, y decidió que sus hijas debían estudiar en un centro como este. “En su día me informé sobre el nivel educativo y resulta que no era tan bajo. Además no he visto personas -refiriéndose a los vecinos del barrio- con más afán de que sus hijos los superen en todo. Al principio quizás me dió un poco de miedo pero queríamos que conociesen la diversidad de la realidad que nos ha tocado vivir, y cuando llegamos aquí me empecé a enamorar del colegio, del profesorado, de la zona y posteriormente de las familias”.

Les pregunto entonces por qué siguen en el barrio, esa temida pregunta que tantos amigos y familiares les hacen cada curso. Podrían pedir plaza en cualquier colegio mejor situado en Jerez, en el que obtendrían un reconocimiento mayor. “Quiero cambiar el barrio, sé que sola no puedo, pero soy de aquí y quiero luchar por ellos, es mi opción de vida”, me cuenta Mamen. “Yo tengo más claro el porqué llegué aquí, aprobar las oposiciones fue un regalo del cielo y ese regalo hay que devolverlo de la misma forma a la gente más humilde”, dice Almudena. “Yo soy de la primera promoción del instituto de referencia del colegio, y si nosotros no estamos, ¿quién lo va a hacer?”, se cuestiona Mamen. “Tengo esperanza -continúa Almudena- y confío en el cambio de las personas, en que los niños y niñas, los más vulnerables, necesitan que este colegio les tienda la mano y les diga: tú puedes, tú vales, es posible hacerlo, puedes llegar a ser médico o lo que quieras. Ese altavoz, en un contexto como el nuestro, es como la cuerda que te ayuda a caminar hacia delante”.

Implicación. La palabra que lo resume todo. Implicación de los profesores, de los monitores, de los chicos y chicas, de las familias, de la AMPA. Qué importante resulta esta en un lugar donde nada puede darse por supuesto. La implicación es la mejor de las herramientas con la que cuentan en El Poeta. Y lo demuestran en sus muchas actividades. Ya han recibido diferentes reconocimientos y llevan siete años seguidos siendo centro de convivencia positiva.

Trabajan con las familias a través del proyecto de las “madres delegadas” en el que implican a estas en el desarrollo de la educación de sus hijos. También con los “grupos interactivos”, una iniciativa que consiste en que los padres accedan al aula y ayuden a los chicos a trabajar por proyectos. Llevan a cabo muchas propuestas que más tarde la Junta de Andalucía ha hecho suyas. Tienen un plan de recreos inclusivos, a través de los cuales, trabajando juegos de toda la vida, ningún niño se queda solo en el patio. Siempre buscan y apuestan por la integración, teniendo en el horizonte ese “tú puedes, tú eres capaz, tú llegarás donde quieras”.

En esta labor conjunta, cada año celebran un proyecto de convivencia con las familias y este último curso decidieron invitar a todos los padres y madres al centro, en un día lectivo, para que trabajasen con los chicos y conociesen qué hacen cada día, “con todo el trabajo que implica eso”, dice Almudena. Las expectativas superaron la realidad y fue un día fantástico compartido con todos. Hay muchas imágenes para el recuerdo, incluso anécdotas. Nos cuentan una: un padre preguntó si podía fumar en el aula y la profesora le explicó que no era posible. Al final del día el mismo padre le confesó que ni siquiera se había acordado de las ganas que tenía de fumarse un cigarro.

Porque esta magia te envuelve cuando ves la sonrisa de tus hijos y compartes con ellos su proceso de aprendizaje. Eso vivió María José Silla, una madre del cole. Sus hijos llegaron aquí en 5º y 6º de primaria. Desde el primer momento se enamoró del centro, destacando su acogida cuando llegó con la intención de matricular a su hijo, un chico con “problemas de desarrollo” que en su tiempo en El Poeta ha demostrado que puede trabajar y aprender como cualquier niño más del aula. “Este cole tiene todo lo que buscaba para la educación de mis hijos. Una educación en la diversidad de las situaciones reales que se viven en el barrio, los planes de convivencia, trabajan la igualdad entre sexos y tienen contacto continuo con las familias. Es un colegio en el que se respira vida, color y alegría”, nos cuenta.  “Los profesores son grandes profesionales, porque la vocación de profesor es intrínseca en ellos. Se implican en la educación de nuestros hijos a pesar de que no siempre cuentan con el suficiente respaldo de las familias”. Le pregunto sobre qué le gustaría que fuesen sus hijos cuando sean mayores y contesta tajante, en la línea de El Poeta: “No puedo elegir por ellos. Solo les pido que se esfuercen y nunca decaigan, que no permitan que nadie les diga que no sirven. Ellos tienen que ser dueños de sus logros y de sus metas”.

Logros. La unión entre profesores y padres se respira en muchos rincones del colegio, observando sus pinturas en el patio, conociendo los grupos interactivos, viendo el vaivén de padres entrando y saliendo de los despachos de María y Mamen. Pero sin duda, una de las protagonistas es el AMPA. La Asociación de Madres y Padres de Alumnos ha trabajado muy duro, en estos últimos años, para que el centro sea un lugar digno para los chicos y chicas que tantas horas pasan en él.

Palu nos cuenta que la administración funciona de manera muy lenta en estos temas y que la única manera de que te hagan caso es siendo pesada. Y ella, según nos dicen en los pasillos, es una luchadora que no para hasta que consigue lo necesario para el cole. “Un niño no tiene que entrar por la puerta con los pies llenos de barro porque la administración no haga bien su gestión. Me propuse que asfaltaran el exterior y entre todos lo conseguimos. Aunque hubo hasta que cortar carreteras”.

Como este ejemplo, muchos. Pequeños logros que los animan a seguir cada día. “Como el lado humano es algo que tienen controlado los profesores, decidí que en mi AMPA lucharíamos por el lado administrativo para que tengan dignididad. La educación pública tiene que ser digna”.

La lucha por el comedor del colegio es otra de las más aplaudidas. Durante 10 años estuvieron pidiéndolo. Un alto porcentaje de los niños que van a El Poeta comían cada día en el comedor social situado a 800 metros del colegio, pero este se cerró. En ese momento comenzó el reto de conseguir uno para el cole. Cuando les hicieron caso les concedieron el mismo comedor que habían cerrado. Pero claro, está lejos. Y había que caminar con los chicos por el barrio para llegar hasta allí. Después de una visita de la Delegación les concedieron un autobús. Pero la lucha siguió, y casi 10 años después, por fin, la Junta les concedió un comedor dentro del colegio, en el que los chicos y chicas no pagan nada ya que tienen el 100% de la bonificación. Sin duda es la comida más importante del día para ellos. Esta batalla ganada unió a profesores y padres, y “las familias se dieron cuenta de que todo se consigue si lo hacemos juntos”, añade Mamen.

El éxito. Les preguntamos a estas dos profesoras por los resultados académicos del centro y Mamen nos responde: “El éxito para nosotros no es que un niño obtenga buenos resultados académicos, que también, pero lo importante es que el niño esté feliz en el colegio, que aprenda, que consiga cambiar algo en su vida. Apostamos por elevar el nivel educativo, y esa es la filosofía que sigue el centro, pero el éxito está en otra cosa, en conseguir que sientan seguridad en sí mismos y tengan herramientas adquiridas para enfrentarse al mundo. Académicamente somos muy exigentes con nosotros mismos, pero tenemos que mejorar. Sin duda, cuando crees en ellos y ellos lo saben, los resultados van mejorando”.

Cuando llegué a Jerez para conocerlas me subí en un taxi para no tener que hacer frente a pie a la temida cuesta que separa la Zona Sur del resto de la ciudad. Sorprendido por la parafernalia de mis complementos: mochila, libreta y cámara de fotos, el conductor me preguntó sobre mi intención en aquella tierra andaluza. Y cuando le conté mi destino se apresuró a decir: -¿Vienes a contar malas noticias? Porque el barrio es muy humilde, ahora lo verás. Quizás ha llegado el día en que la Zona Sur de Jerez no sea la protagonista de una mala noticia sino de la Buena, del esfuerzo que muchos ponen en hacer de los barrios que la conforman un lugar mejor. Porque si entre todos ponemos nuestro granito de arena, sin duda, conseguiremos transformar el mundo. Ellas me lo han demostrado.

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