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Nacho Llorente

Catecismo popular sencillo

Semana Santa en Valladolid

Es viernes en Valladolid y ya hace mucho rato que pasaron las 12 de la noche. El frío, ese residente vallisoletano que penetra directamente hasta los huesos, da igual lo abrigado que vayas, parece no hacer mella en el numeroso y variado grupo de personas que, a pesar de todo, se arremolinan frente a la puerta de la Parroquia del Carmen, en el Barrio de la Delicias.

Sí, es viernes en Valladolid, pero no es uno cualquiera. Es el “Viernes de Dolores” y así se inicia la Semana Santa en Valladolid, la semana más importante del año para la ciudad y para casi todos sus habitantes.
En la calle, a pie firme, se ven innumerables personas llegadas de todos los puntos de la ciudad. A pesar de lo tardío y de la temperatura se ven niños, muchos niños. Pero sobre todo hay gentes del barrio de Las Delicias, uno de los mas populares y populosos de la ciudad, que cada año acuden a la llamada de su parroquia y de la Hermandad de la Exaltación de la Santa Cruz y Nuestra Señora de los Dolores, popularmente conocida como “Los Ferroviarios”, que en ella tiene su sede. Son aquellos que en los años del desarrollismo dejaron el pobre campo castellano para buscar mejor fortuna en la ciudad, y vinieron a caer en este barrio, y en otros similares, donde encontraron su sustento.

Aunque para ser exactos debería decir que la Semana Santa comienza, según informa el Programa Oficial, con el ejercicio del Vía Crucis de la Hermandad del Santo Entierro. Así da comienzo una sucesión de 35 desfiles procesionales que durante diez días llenará las calles de la ciudad de hermanos cofrades orgullosos de su habito, de hermanas de devoción con piadosa mantilla y de niños, cada vez más niños, que acompañan a sus imágenes titulares. Pero sobre todo las calles se llenarán de gente, en el mejor sentido de la palabra, de fieles o de simples espectadores que desde las tribunas o desde las aceras verán, con profundo respeto, pasar la filas de cofrades y sus pasos. Y muchos visitantes, de todas partes de España y, cada vez más, grupos de extranjeros que vienen buscando una suerte de turismo cultural de calidad en el que Valladolid se ha hecho con un hueco.

Indudablemente, la Semana Santa de Valladolid es un hecho cultural de primer orden. Durante unos días las calles de la ciudad se convierten en el mayor museo de arte sacro del mundo. Tallas originales de los mejores imagineros de los siglos XV y XVI, son portadas a hombros o en carrozas por sus Cofradías titulares. Llegando a un momento cumbre, que es difícilmente repetible en ninguna otra parte, con la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor del Viernes Santo, la conocida popularmente como “Procesión General”.

Es una oportunidad única de ver pasar por delante de nosotros, en el breve espacio de unas horas, las 33 tallas mas excepcionales del arte religioso universal alumbradas por las veinte Cofradías titulares. Son muchos los vallisoletanos, y muchos los visitantes y turistas que, cómodamente instalados en una de las tribunas de la Plaza Mayor o sus alrededores, o bien desde algunos de los rincones históricos de la ciudad, disfrutan de un Museo de Escultura itinerante e irrepetible.

Dicho esto, aceptamos que la semana santa de Valladolid, así en minúsculas, tiene este matiz cultural al que nos hemos referido. No es menos cierto, por ser su verdadera esencia y su  razón de existir, que la Semana Santa de Valladolid, ahora si en mayúsculas, es una extraordinaria manifestación de fe publica, popular, colectiva, compartida y multitudinaria.

Hoy, si queremos acercarnos a esta realidad no podemos olvidar que, sobre todo y por encima de todo, es esto: una expresión de verdadera religiosidad popular. Lo es desde su origen y su nacimiento allá por el siglo XV, donde hunde sus raíces, con el nacimiento de las primeras Cofradías alrededor de conventos de la ciudad. Parece que hasta ese momento son los religiosos los que, portando alguna imagen, celebran los actos de la pasión, muerte y resurrección del Señor dentro de sus claustros. Y desde esos claustros el misterio se desborda y es el pueblo fiel el que toma esas imágenes y lleva la recreación de la Pasión y Muerte del Señor a las calles. Nacen así las primeras Cofradías, vinculadas a los conventos de San Francisco, de la Vera Cruz, de San Pablo, de la Merced y de San Agustín.

Y así se ha mantenido, con altos y bajos, a lo largo de mas de cinco siglos de historia hasta llegar a los años 20 del siglo pasado, cuando la inspiración del Arzobispo Remigio Gandásegui, anima  la recuperación de muchas procesiones y el nacimiento del resto de las cofradías, que prácticamente han llegado a nuestros días. Con dos ultimas y modernas incorporaciones; en 1994 se suma, refundada, la Hermandad Universitaria del Santísimo Cristo de la Luz, llamada de los estudiantes. Y en 2013 lo hace la Cofradía del Discípulo Amado y Jesús de Medinaceli, llamada de los periodistas. Muestra de una Semana Santa viva y fecunda.

Religiosidad popular, por lo tanto, en toda la profundidad teológica del termino. Es el pueblo de Dios el que sale a las calles para rememorar la Pasión y Muerte de Cristo de manera colectiva, como una verdadera comunidad de fieles que vive su fe y la comparte.

En palabras de D. Javier Burrieza, Profesor de Historia de la Universidad de Valladolid, experto en esta materia y muy vinculado a la Semana Santa: “La celebración de la Semana Santa no me aleja de Dios, no son ritos vacíos, tienen una dimensión contemplativa en el amplio sentido de este concepto, contemplar para hacer presente y hacer oración del Dios que nos salva, que se hace humano y sufre, y más cercano a las debilidades del los hombres aunque no sean las suyas”.

Por ello la Semana Santa vallisoletana es una plasmación exacta del carácter y del espíritu de la comunidad que la sostiene. Los castellanos viejos son hombres y mujeres de fe acendrada, profunda y austera, sin concesiones ni filigranas. Una fe que junto con sus tradiciones, pasa de padres a hijos de una manera natural, sencilla, como el caudal hereditario que conecta el pasado con el presente y con el futuro. Un verdadero hilo conductor de la historia que forma parte del ADN de cada individuo y mantiene esas señas de identidad a través de los siglos.


Y así, al igual que el pueblo que la anima, esta es una Semana Santa hecha de silencio y recogimiento, de ética y estilo castellano.

El silencio que se hace sobrecogedor al paso de la Virgen de la Piedad (Gregorio Fernández, 1625) por la puerta del Hospital Clínico, cuando la Madre, en la plenitud de su dolor visita a los que sufren la enfermedad.

El silencio que estremece al paso del Cristo Yacente (Gregorio Fernández, 1631) cuando todo se ha consumado y, acompañando a Cristo camino del sepulcro en la Procesión del Santo Entierro, podemos sentir como las colas del habito de los hermanos de la Cofradía titular rozan el suelo al caminar.

El silencio que detiene el tiempo, cuando los hermanos de Nuestro Padre Jesús Nazareno ocupan el suelo de la Catedral, tumbados boca a bajo y con los brazos en cruz, para hacer su estación de penitencia frente al Cristo de la Agonía (Juan Antonio de la Peña, 1684), Valladolid se convierte en comunidad de fieles orantes cuando en la Plaza Santa Cruz, un marco monumental inigualable, una inmensa muchedumbre asiste extasiada al encuentro de la Madre con su Hijo camino del Calvario, en la llamada Procesión del Encuentro.

Valladolid acude en masa, con devoción y recogimiento, a acompañar a la Madre de Dios en su dolor y en su soledad.  El duro espíritu castellano se estremece con la salve popular a la entrada de la Quinta Angustia (Gregorio Fernández, 1625) de regreso de su Procesión de la Piedad. El ánimo mas recio se resquebraja ante el corazón traspasado de Nuestra Señora de las Angustias (Juan de Juni, 1561), en su Procesión de la Soledad de la madrugada del Sábado Santo. Y el templo de la Vera Cruz se vuelve encuentro de oración de los hijos con su Madre en el “Ofrecimiento de los dolores de Valladolid a la Santísima Virgen”, ante la Dolorosa de la Santa de la Vera Cruz (Gregorio Fernández, 1623).

La Plaza Mayor se convierte en una inmenso templo al aire libre, abarrotado de fieles, para asistir al Sermón de la Siete Palabras, al cual han sido convocados desde primera hora de la mañana por jinetes que, a caballo, han recorrido los cuatro puntos cardinales de la ciudad leyendo el Pregón que convoca para asistir a las ultimas palabras del Señor. Una verdadera catequesis hecha de imágenes y sentimientos.

Y así, el carácter castellano lo empapa todo y las tallas, de incalculable valor, son montadas sobre andas las mas de las veces de simple madera. Portadas a hombros, en las procesiones titulares de la Cofradías, sin una sola concesión a la galería. O bien en sencillas carrozas para la Procesión General, sin palio, alumbradas por los cofrades en filas perfectamente ordenadas.

Las plantas procesionales se planifican detalladamente y se cuida de su ejecución con esmero, con el mimo exquisito con el se cuida de la liturgia de cada celebración. Todo en una procesión esta en su sitio y significa algo, no hay espacio para la concesión en una celebración en la que el fondo y la forma son sustancialmente importantes.

Y este pueblo de Dios, verdadera comunidad, es el que asiste a los desfiles procesionales y acompaña a sus imágenes de culto con el mismo respeto y recogimiento que lo haría dentro de los templos, y convierte así las calles de la ciudad en verdadero templo, en lugar sagrado. En el que cada procesión es una verdadera celebración litúrgica, una oración compartida.

Y es desde esta clave de fe desde la que yo he hecho este pequeño recorrido personal por mi Semana Santa. Un recorrido individual, ya que son mis recuerdos, los reales y los afectivos, de los que hablo; y un recorrido colectivo pues es el que comparto con todos los que hemos pasado por esas calles y hemos visto esas mismas procesiones.

Cada vallisoletano, desde su infancia va guardando recuerdos e imágenes de su propia Semana Santa en su mochila afectiva, esa que vamos llenando en nuestro camino hasta la edad adulta, que cuidamos como el tesoro mas preciado, y que nos sentimos obligados a trasmitir a nuestros hijos.

La mía comienza, precisamente, el Viernes de Dolores, frente a la Parroquia del Carmen en el barrio de las Delicias. A escasos metros del lugar en el que nací y de la pila bautismal a la que mis padres acudieron para pedir para mi el primero de los Sacramentos. Y allí vuelvo, años tras año, como respondiendo a una llamada ancestral que viene de lo mas profundo de la Historia, que me conecta a los que fueron y a los que serán.
Por eso esta no es más que la mía. No he querido hacer una recorrido por el Programa Oficial de Procesiones, ni compartir descripciones artísticas de tallas o de procesiones que por sí mismas ya han llenado miles de páginas de libros.

Yo te invito, lector, a venir a Valladolid y celebrar aquí el misterio de la muerte y de la resurrección; a descubrir una ciudad convertida en un templo; a encontrarte en el silencio compartido y vivir una verdadera semana de Pasión.

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