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Tamara Cordero Jiménez

Entrevista a... Paco Muñoz

Paco Muñoz, “el cura Paco”, es jerezano y sacerdote desde hace casi 49 años. Anda por las prisiones desde al año 1979, donde comenzó como voluntario mientras estaba en Lebrija (Sevilla). Hace 12 años, ya en Jerez de la Frontera, el obispo le pidió ser delegado de pastoral penitenciaria. La primera vez que entró en una cárcel, en uno de los chabolos leyó un grafiti: “En este lugar maldito, donde reina la tristeza, no se condena el delito, se
condena la pobreza” y nos cuenta que desde entonces sus dos pulmones como sacerdote son por un lado las misiones, en Centroamérica, y por otro lado la pastoral penitenciaria, la cárcel: “donde siempre están y han estado los más pobres”.

Cómo son las personas que te encuentras en la cárcel.
El perfil de los presos es tremendo, aunque te parezca mentira lo normal es que siempre entren los más marginados. Las personas que vienen de familias desistructuradas, de las periferias de las ciudades, los que son  una carga social para los demás, la gente con problemas. Son personas maltratadas. Un gran jurista de Madrid y sacerdote, José Luis Segovia, se preguntaba: '¿Quién ha delinquido primero, el preso con la sociedad o la sociedad con el preso?'. Normalmente la gente que hay en la cárcel no ha tenido acceso a la educación, a la vivienda, su familia no tiene trabajo... Si nuestra constitución dice que tenemos derecho a tantas cosas, la mayoría de los presos son pobres, pobres. Empezando por la pobreza económica, que tiene mucho que ver en todo esto, y también hay otra pobreza que va más allá. Más del 80% de los presos tienen que ver con la pobreza económica: falta de recursos, de trabajo, de posibilidades, de educación. Más de un 30% de los presos no tienen nada, ni para tomarse un café, y hay un 20% que tiene un poquito que le dan las familias. El 20% de los presos no tienen familia y además entre el 55 y el 60% son drogodependientes o personas relacionadas con el mundo de las drogas ilegales. Es un tejido social muy pobre en todos los sentidos.

¿En qué consiste la pastoral penitenciaria?
Lo primero que tenemos muy claro es que somos un grupo de Iglesia, no somos una ONG más. Allá por el año 1968 desaparecieron los capellanes oficiales de las prisiones, que pertenecían al cuerpo de funcionarios, con todos los derechos que estos tenían. Entonces empieza la pastoral penitenciaria. Buscamos de una u otra manera anunciar el Evangelio, vivirlo de la forma en la que el mismo Evangelio nos dice: “Estuve en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,36). Es una labor de Iglesia en comunidad. Intentamos que todo el que entra como voluntario vaya siempre unido a los demás, para dar testimonio. Lo primero es tener una presencia, estar con ellos, escucharlos, para acompañarlos. Acompañar desde nuestra actitud de cristianos. Pero el voluntariado no es solamente ir a escuchar, tenemos tres campos de actuación: un campo religioso, donde atendemos a la gente a nivel religioso, celebramos la eucaristía con los que quieren voluntariamente, porque todo es voluntario. Tenemos talleres de Biblia, de oración. Después tenemos otro campo que es muy grande que es el de atención social. También tenemos talleres de radio, de magia, de autoestima y valores, de alfabetización... Las prisiones no cumplen su fin, no reinsertan. En las prisiones donde hay tanta pobreza hay muchas necesidades sociales. Nosotros cumplimos una labor en la que ayudamos no solamente al preso, sino también a la familia. Estudiamos las posibilidades para que el preso pueda reinsertarse, estudiamos su situación completa, lo acompañamos de cara a sus hijos. Después tenemos un tercer nivel que es el área jurídica. Aunque todos los presos tienen derecho por ley a un abogado de oficio en la práctica la ignorancia sobre la ley es brutal, y por eso tenemos este campo de trabajo. Y no podemos olvidar el campo de la prevención, por ejemplo cuando damos charlas en los institutos. Hay muchas cosas que hacer en la prisión.

Has afirmado que la prisión no cumple su fin, la reinserción social.
No es que yo lo crea, es que está demostrado. Cuando una institución como la penitenciaria contabiliza que hasta el 60% de las presos vuelven a entrar, no ha cumplido su función. Y ojalá se reinsertarán un 20% o 30% Una vez me dijo un director que si se reinsertase el 2% se daría por satisfecho. En la práctica, la prisión no reinserta, no puede hacerlo porque la cárcel es un reflejo de la sociedad en la que vivimos, y mientras no cambiemos el modelo de sociedad y cada uno de nosotros, la prisión será siempre un lugar donde metemos a aquellos que nos molestan. De cada 10 que delinquen solo entra en prisión uno. Los otros 9 conviven con nosotros: son los que pertenecen a otra clase social, tienen otros derechos y posibilidades. Conozco algún caso de reinserción, sí, pero muy poquitos, los puedo contar con los dedos de una mano. Deberíamos buscar, con todos los medios técnicos que tenemos hoy, otro sistema. Primero por la economía ya que la prisión es carísima y si te gastas una millonada y no sirve, habrá que buscar otras vías de reinserción.

¿Existen alternativas?
Sí, hay alternativas a la prisión, por ejemplo el control telemático. ¿Crees que una madre embarazada puede dar a luz en una cárcel? ¿Qué ha hecho ese niño para estar en la prisión? Hay muchas alternativas. La prisión se traduce en falta de dignidad. Nuestras penas, nuestro sistema penitenciario condena la privación de libertad, solo y exclusivamente. Sin embargo en la práctica muchas veces se convierte en la privación de la dignidad. Y cuando se pierde la dignidad se delinque contra el preso. Hay quien dice que la privación de libertad es el peor castigo para el ser humano. ¿Cómo es posible que una persona enferma mental esté en prisión? El mundo de la prisión es muy desconocido, la sociedad no conoce casi nada. También hay otras alternativas como los TBC (Trabajos en bienestar a la comunidad), los arrestos domiciliarios o los pisos tutelados. Creemos que el que va a la cárcel es el delincuente pero, ¿quién fue primero? Jesús fue muy claro: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Jn 8,7). Comprendo que eso es alcanzar el Reino de Dios, pero mientras, tiramos una cantidad de piedras que no es normal.

Teniendo en cuenta esto, ¿qué opinas sobre la prisión permantente revisable?
Es una barbaridad, es una cadena perpetua. Ahora mismo es una razón política, solo y exclusivamente para ganar votos, es una vergüenza. En España nuestro sistema no necesita la prisión permanente revisable, por una razón muy sencilla: porque nuestro derecho penal es el más duro de toda Europa. Ahora mismo, en datos de octubre de 2018, hay dos personas cumpliendo a pulso 60 años. Cinco personas cumpliendo condenas de 50 años y 40 personas cumpliendo condenas de 40 años, ¿para qué es necesario la prisión permanente revisable? Como oficialmente no se puede hablar de cadena perpetua, utilizan esta fórmula, pero en el fondo lo es, así de claro. Porque los medios que tenemos no necesitan de esta ley nueva para casos excepcionales, es una cuestión completamente política y además, que nos quede muy claro, antievangélica. De antemano supone que esa persona nunca se va a reinsertar y la condena no se revisa hasta que ellos no quieran. Esto quiere decir que las personas se pueden pudrir años y años sin posibilidad de ningún tipo. Es muy duro. Cuando veo a personas que se llaman cristianas y que hablan de esto me pregunto: ¿el hasta 70 veces 7 dónde se nos queda?, es decir, sin límite de perdón y sin límite de delito. Después de esto vendrá la condena a muerte, que está vigente en algunos estados de EE.UU., por ejemplo,  donde por existir la pena de muerte no hay menos delincuentes. En Europa, España es el país en el que menos se delinque y donde más personas tenemos en la cárcel, ¿para qué queremos leyes más duras? Habría que ponerse siempre en el lugar del otro, es fundamental. Yo, que llevo tantos años en la cárcel, sé que si nunca has tenido relación con la prisión eres duro en tu juicio pero que cuando tienes un hijo, un hermano o un marido que ha pasado por ahí tu visión cambia completamente.

¿Cómo es el momento de acercarse a los presos?
Jesús lo primero que hace es ponerse a la altura de la adultera, ¿verdad? Nosotros nunca le preguntamos a un preso por qué esta ahí, porque si lo sabemos nos condiciona, de la puerta hacia dentro todos son hermanos míos, hijos de Dios. En la cárcel he aprendido a ser más humano, la humanidad empieza cuando uno se pone en el lugar del otro. Cuando el otro te ve a su altura comienza una empatía, un Evangelio, una Buena Noticia. Hay que tener presente que la sociedad nos marca y nos enseña a separarnos de estas personas, y esto hay que superarlo. Nuestro Dios es un Dios liberador, no podemos olvidarlo. Jesús vino para salvar a los pecadores, no para condenar.

Despues de tanto años, ¿qué balance haces?
Muy positivo. Fíjate, creo que sigo siendo cura por la carcel. Pienso que una de las razones para seguir en esta misión del Señor es la cárcel. Cuando vine a esta diócesis solo había un grupo de unos 8 voluntarios, ahora tenemos en torno a 60, repartidos entre las tres prisiones. A todas las personas que entran como voluntarios les ha marcado, y para bien. Aunque nos haría falta comunicar más, que la gente supiese más lo que hacemos, porque no interesa que se sepa nada de la cárcel, y cuando se sabe de ella se sabe mal. Las cárceles están en medio de los campos y alejadas de los ciudades, para que nadie las vea. El futuro de la Iglesia pasa por estar con los marginados, lo decía Francisco: salir a la periferia. Y la cárcel es la periferia de la periferia, por eso para mí es encuentro con Dios.

Quizás es el paso más difícil para llegar a la reinserción pasa por esa necesidad de perdón y reconciliación.
Nosotros empezamos hace tiempo a trabajar el tema de la mediación. Si te fijas, en nuestra sociedad, cuando alguien delinque se condena a quién comete el delito, pero la persona contra la que han delinquido no recibe nada. Hay todo un movimiento de mediación entre el preso y la persona. Y llevándolo al extremo más grande, en el País Vasco la pastoral penitenciaria se está moviendo mucho en este campo, en reconciliar al preso con la víctima, y hay casos que ponen los vellos de punta. En Roma, en el año de la Misericordia, fui con dos presos de nuestra cárceles. El día que nos encontramos con el Papa, en la misa, antes de empezar salieron unas cuantas personas a dar su testimonio. Entre ellos un hombre y una mujer mayor, yo creía que era un matrimonio. Él contó que de joven era drogadicto y que en una pelea mató a un chaval de 18 años, que pagó su condena de 20 años y conoció en la cárcel a la pastoral penitenciaria. La mujer que iba con él era la madre del chaval. Se dieron un abrazo en el altar y ella contó que no encontró la paz hasta que no se reconcilió con él. El Evangelio había ayudado a cicatrizar la herida de la muerte de su hijo a través del perdón. Estamos intentando mediar. El evangelio siempre habla de perdón y del buen samaritano. El perdón tiene que estar en la base de una sociedad, si no aprendemos a perdonar, no aprendemos a sanar y los rencores se irán haciendo cada vez más grandes y cada vez habrá más cárceles. Si no favorecemos la cultura del perdón, de la mediación y del encuentro todo lo demás vale muy poco.

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