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Texto: Natalia Otero
Fotos: José Colón

Abaynesh: Esposa y madre antes de cumplir 15 años

“Cuando era pequeña sacaba muy buenas notas. Quería ser doctora. Una vez casada intenté retomar mis estudios, pero la familia de mi marido y la mía decidieron que no debía seguir estudiando. Y no he vuelto a hacerlo”, dice Abaynesh. Tiene 14 años, comparte una pequeña choza con su marido y dos mulas en la región etíope de Amhara y está a pocas semanas de dar a luz.

Abaynesh dejó la escuela cuando se materializó el acuerdo de matrimonio al que habían llegado sus padres y sus suegros. Ella tenía 11 años y su esposo, Tadesse, 20. El día que se celebró la unión, permaneció sentada, tapada por una tela de algodón blanco, al lado de su marido, mientras los invitados festejaban.
Esta es una historia que se repite para millones de mujeres en Etiopía. Según los últimos datos de UNICEF, publicados en 2018, este país es el quinto del mundo en el que hay más mujeres casadas antes de los 18: más de 15 millones. De ellas, seis millones contrajeron matrimonio antes de los 15 años.

De acuerdo con la misma fuente, el 40% de las mujeres de entre 20 y 24 años casadas no habían superado la mayoría de edad en el momento de la unión. La región de Amhara es, junto con Afar, la que tiene una mayor prevalencia de la práctica en el país. El 90% de las niñas casadas abandonan sus estudios lo que limita su independencia y reduce sus expectativas de futuro.

Aunque los datos siguen siendo preocupantes, la esperanza se abre paso entre los números: de 2005 a 2015, el porcentaje de mujeres de 20 a 24 años que fueron niñas esposas descendió un 20%.
La choza en la que vive Abaynesh comparte un pequeño terreno con la casa de sus suegros, la de sus cuñados y tres cobertizos con animales. A un lado de las viviendas hay montañas altas cubiertas de vegetación, al otro, una gran extensión de campos suaves que se aleja sorteando los límites de la vista y, un poco más lejos, un río cuyo rumor se intuye sin llegar a escucharse. El aire es limpio y el silencio absorbente.
Aún no ha salido el sol y ya está lista para ir a buscar agua al río. Carga con un bidón apoyado sobre la parte baja de la espalda y ni el peso ni su avanzado estado de gestación le impiden llevar un paso ligero y firme.
Durante el camino de vuelta, charla con su cuñada, la hermana pequeña de Tadesse, que tiene su misma edad y que aún vive con sus padres. A mitad de trayecto, se detiene para recoger unas ramas que después usa como escoba para limpiar su hogar y el de sus familiares.  

Su cuñada sigue en la escuela y dice que disfruta de los estudios. Aún no ha sido prometida a ningún hombre, pero su padre planea buscarle candidatos el año próximo. Ella no está de acuerdo con la idea, pero los varones están decididos: debe casarse pronto.

Cuando Abaynesh llega a casa, el resto de la familia ya se ha ido al campo. Ella está exenta de las labores agrícolas por encontrarse en el tramo final del embarazo, pero ha de hacerse cargo de todas las labores del hogar: limpiar las tres casas, preparar la comida para todos, lavar la ropa y adecentar las cuadras de los animales y alimentarlos.

La familia de Abaynesh y la de su esposo mantenían una relación amistosa por lo que la pareja ya se había visto antes del enlace. Sin embargo, esos encuentros no habían ido más allá del intercambio de unas palabras inocentes.  

A la niña nadie le dijo que la habían prometido. Cuenta que se enteró de que estaban organizando su boda por los vecinos y las personas que van casa por casa anunciando los eventos importantes en la comunidad. Pidió explicaciones y le dijeron que le habían encontrado un marido y que tenía que dejar la escuela. “Yo intenté negarme, pero como mujer protestar no sirve de nada”, reconoce resignada.

Tadesse se enteró de que se iba a casar el mismo día que su padre fue a pedir la mano de Abaynesh. Le dijo que no se resistiese y él aceptó.  

Diez días después de la boda, tuvieron la primera relación sexual. Ella reconoce que sabía que iba a pasar.

Niñas “cortadas” para sus hijos. Cuando habla de su bebé, Abaynesh espera que sea un niño porque los hombres son más independientes. Es consciente del papel que le otorga su sexo en la sociedad: “las mujeres están atadas a sus familiares, condenadas a hacer lo que los padres y los maridos eligen”, dice. Su familia eligió que fuese mutilada. Ella no lo recuerda, era una recién nacida cuando le extirparon los labios menores.  
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia ha contabilizado que el 65% de las mujeres de entre 15 y 49 años en el país ha sufrido algún tipo de mutilación genital femenina (MGF).

El matrimonio infantil y la mutilación genital femenina conviven en más de 20 países, la mayoría en África. En ocasiones estas prácticas están estrechamente relacionadas. Ambas comparten las mismas raíces y factores sociales condicionantes, como la desigualdad de género, la prevalencia de normas sociales patriarcales y el deseo de controlar la libertad sexual de las mujeres.

Las conexiones entre la mutilación genital femenina y el matrimonio infantil se agudizan en aquellas comunidades en las que una práctica precede a la otra o es un requisito obligatorio para llevarla a cabo. Estas costumbres responden al deseo de las familias de hacer de sus hijas miembros aceptados y valorados en la comunidad.

No existe una única forma de mutilación, la ONU las divide en cuatro categorías. La más extrema es la del tipo cuatro o infibulación. Consiste en la extirpación completa de los labios menores y el clítoris, la laceración de los labios mayores y el cierre de los mismos dejando un agujero de escasos milímetros para orinar y dejar pasar el flujo menstrual. Una vez casadas, la vulva ha de ser abierta de nuevo.   

En el caso de Etiopía, la diversidad en la que confluyen diferentes religiones, etnias y culturas hace muy difícil establecer un único patrón en ambos fenómenos. En la región de Amhara, la mutilación que se practica dista mucho de la que se lleva a cabo en las áreas de Oromia y Afar. La mutilación de tipo cuatro, por ejemplo, no tiene apenas cabida entre los amharas.

Las familias prefieren a niñas que hayan sido “cortadas” para sus hijos. “Es una cuestión cultural y de tradición”, dice Mesel Nigusie, una mujer de 48 años que practicó la ablación durante dos décadas.
Abaynesh no fue mutilada para garantizar su pureza, tampoco por el afán de arrebatarle el placer físico, sino para “facilitar” al hombre la penetración una vez casada. “Se dice que una mujer a la que no se le haya practicado la ablación, según va creciendo, terminará taponada, cerrada”, comenta Nigusie.  

Ella asegura que la práctica se lleva a cabo por el bien de las mujeres y habla con convicción de la que fue su labor. Cuenta que se debe hacer cuando las niñas no han alcanzado los 15 días de vida porque “es cuando el cuerpo está más fuerte y se cura más rápido”. Asegura que la herida cicatriza y deja de doler entre ocho y diez días después.

Esta cortadora no cobraba a las familias por sus servicios y su ocupación principal es la de ama de casa y campesina. Cuando el Gobierno prohibió esta práctica, Nigusie decidió no volver a mutilar a ninguna niña. Confiesa que aún se lo piden, pero que no le vale la pena arriesgarse por algo por lo que no recibe dinero.

La pareja no sabe qué pasará si Abaynesh da a luz a una niña. La decisión de circuncidarla no está en sus manos, sino en las de su familia. Sin embargo, la futura madre está decidida a romper la dinámica en la que ella está atrapada. “Si tengo una hija, estudiará hasta donde ella quiera estudiar y no la obligaré a casarse”, asegura.

Tadesse coincide con la opinión de su esposa y asevera que si tiene una hija tendrá las mismas oportunidades que si es un niño. Sin embargo, él cree que los hombres son más aptos para estudiar y trabajar que las mujeres. Curiosamente, las de su entorno más cercano soportan una carga mayor que los varones. Ellos trabajan en el campo, ellas, en el campo y en casa.

Abaynesh no es una excepción. Cuando Abaynesh va dando por completadas sus obligaciones domésticas, el padre de Tadesse regresa del sembrado aún con la luz del día. Su mujer tardará unas horas más en llegar del pueblo al que ha ido a vender cereal. Él está a favor de los matrimonios tempranos. Los defiende desde un punto de vista práctico y argumenta que las mujeres jóvenes se adaptan mejor a la familia política, son menos rebeldes y mejores esposas. Es una opinión muy extendida en la comunidad en la que residen. La prevalencia de ambas prácticas, el matrimonio infantil y la mutilación genital, es mayor en los entornos rurales, como Gindero.

Pero Abaynesh no es una excepción en esta pequeña localidad. Haimanot, de 14 años, es otro ejemplo. La niña lleva apenas tres meses casada con Birara, de 25. Haimanot no habla sobre su edad, cuando le preguntan, ella calla y es su marido el que responde. Ella también ha dejado la escuela y ayuda a su familia política en los campos y con las labores de la casa. Un vecino, que es parte del consejo de la comunidad nos dice que su edad real es 11 o 12 años.

Yalelet y Sinide también son vecinos de Gindero. Él tiene 27 años y ella, 14. El padre de Yalelet quería encontrarle a su hijo una mujer porque se estaba haciendo mayor y pidió la mano de Sinide. Como Abaynesh, ella tampoco sabía que la iban a casar hasta unos días antes de la boda. Después del enlace, dejó la escuela y se mudó a la casa de la familia de su marido.

Demeku mira al suelo cuando le preguntan por su edad. Según su marido, Asniko, con el que se casó hace algunos meses, ella tiene 18 y él, 25. Demeku reprime un gesto de desaprobación y se camufla detrás de una mirada, que más que una mirada es un muro de contención para su rabia. El mismo consejero que reveló la edad real de Haimanot apunta que la joven debe rondar los 15 o 16 años.

A las seis de la tarde ya es prácticamente de noche y toda la familia se reúne en la casa del patriarca para tomar café. Los ojos de Abaynesh reflejan el cansancio que esconde su cuerpo.

En el centro de la estancia, escasamente iluminada por una lámpara de aceite, prepara las tacitas para la infusión del grano que ha tostado y machacado previamente. Mientras la conversación fluye a su alrededor, ella permanece callada. Es difícil escucharla decir una palabra.

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