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Aurelio Cayón ss.cc.

Tribuna 21: Nos precede como discípulos y acompaña como misioneros

El verano se llena de fiestas populares dedicadas a la Madre de Jesús, con la gran fiesta de la Asunción a mitad de agosto o la de la Virgen del Carmen en julio, entre otras muchas. En la Congregación de los Sagrados Corazones, celebramos el 9 de julio la fiesta de Nuestra Señora de la Paz, patrona de nuestros misioneros. La imagen original de esta advocación es una pequeña talla renacentista que se encuentra en la Capilla dedicada a ella en la Calle Picpus de Paris, junto al cementerio en el que yacen 1306 víctimas de la guillotina instalada en la Plaza de la Nación durante la época de El Terror de la Revolución Francesa.

En un mundo como el nuestro, tantas veces ensombrecido por la violencia y la injusticia, la imagen de la Reina de la Paz lleva en brazos a su Hijo y nos lo muestra como aquel a quien los profetas anunciaron como el “Príncipe de la Paz” (Is 9, 5). En él encontramos el único camino para alcanzar la verdadera paz en el interior de cada uno, en nuestras relaciones personales y en las grandes fracturas de la humanidad. Jesús es el manso y humilde de corazón (Mt 11,29) que se pone del lado de las víctimas y que ha venido a instaurar un reino nuevo de justicia, amor y verdad.

Las Constituciones de los Sagrados Corazones nos recuerdan que “en nuestro seguimiento radical de Cristo, María su Madre, modelo de fe en el amor, nos precede en el camino y nos acompaña para entrar plenamente en la misión de su Hijo” (art. 3). María es la primera discípula y no solo siguió a su Hijo por los caminos de Galilea o en la Vía Dolorosa de Jerusalén, también escuchó su palabra y se dejó transformar por su Espíritu. Así acompaña a los creyentes, desde el primer Pentecostés hasta nuestros días, mientras desarrollan la misión de ser testigos del evangelio de Jesús.

El Papa Francisco nos exhorta para que seamos discípulos misioneros (EG, 120), como algo que nos corresponde a todos los bautizados. En este periodo veraniego, en el que quizás tengamos algo más de tiempo para el descanso y la reflexión, podemos pensar qué significa para cada uno de nosotros esta doble condición de discípulos misioneros, precedidos y acompañados por María de Nazaret.

 

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