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Fernando Cordero Morales ss.cc.

India y su invisible tierra sagrada

India, país emergente de significativos contrastes, con geografía diversa, múltiples lenguas y creencias religiosas, ofrece un amplio abanico de situaciones sociales, culturales y políticas. Contemplamos en nuestro viaje por Calcuta, Bangalore, Ludru y Bhubaneswar que las vacas sagradas cruzan tranquilamente carreteras y caminos, divisamos desde el coche hoteles de lujo y pateamos varias aldeas en los márgenes de esta ciudad para albergar a los últimos, que son considerados un tabú: los enfermos de lepra.

La noche de mi llegada a Bhubaneswar, al norte del subcontinente indio a mitad de junio, después de un cálido recibimiento por parte de los hermanos de los Sagrados Corazones que trabajan en esta zona, comenzó un viento huracanado que cortó rápidamente la electricidad de la sede del Damien Social Development Institute (Instituto Damián para el Desarrollo Social). Ajit Baliar Singh ss.cc., director del Instituto Damián, me explica al día siguiente que hacía un mes que el ciclón Fani se llevó por los aires el tejado del edificio, lugar en el que se coordinan todas las actividades sociales y médicas, que aloja una clínica con fisioterapia, laboratorio y revisiones generales. A su vez, en colaboración con el Hospital Central, dan servicio médico a los enfermos de tuberculosis. Ahora toca reparar el techo.

Ajit es un hombre activo, enérgico, de cuarenta años, que se desenvuelve con total familiaridad por las aldeas de enfermos de lepra que reciben soporte y ayuda del Instituto Damián. Los religiosos ss.cc. de India lo llaman “el segundo Damián”, por su entrega a la causa de los más desfavorecidos inspirado en san Damián de Molokai. “En los momentos de dificultad, que son muchos, me acuerdo del padre Damián”, afirma convencido. Sobre él recae una gran responsabilidad, compartida con un equipo de colaboradores entusiastas, otros hermanos ss.cc., como Radhelal Jatwar o Alexis Nayak, y la ayuda económica que llega de Estados Unidos, Irlanda, Inglaterra o de España. También es un religioso muy querido por los voluntarios que vienen a echar una mano en verano con los niños de las aldeas de enfermos o con otras actividades. “Recuerdo -nos dice Ajit- la ilusión de Mister Paco, de la Parroquia del Buen Pastor de San Fernando o la emoción de Carla, una profesora del Col·legi Padre Damián de Barcelona”.

Podríamos decir, valiéndonos de una metáfora, que el Instituto Damián es un gran paraguas que cubre siete aldeas de enfermos de lepra, tres dispensarios clínicos, un hostel o residencia para jóvenes, una clínica móvil, varios centros para niños sin escolarizar y un telar de mujeres.



Mujeres ante las que descalzarse. En la aldea Gandhipalli, no muy lejos de la ciudad de Bhubaneswar, viven diez mil personas, muchas de ellas con el bacilo de la lepra. Allí hemos visitado el Telar Aymer, donde un grupo de mujeres, que han superado la lepra, trabajan para ganarse la vida y vivir autónomamente. Al escuchar las historias de estas luchadoras que pelean por vivir uno nota que, después de haberse descalzado en templos e iglesias de varias ciudades, hay que descalzarse delante de ellas, porque realmente son tierra sagrada.

Basanti Maharana trabaja en el telar, del que hoy es coordinadora, desde 1992. Está muy feliz con su labor y con lo que supone para una mujer sola poder tirar hacia adelante con el esfuerzo de sus brazos y el sudor de la frente. Por su parte, Kamala Mallah lleva veinticinco años trabajando en el telar. Confía continuar haciéndolo mientras sus dedos se lo permitan, porque la enfermedad merma las articulaciones y desinfla inevitablemente energías. “Es un trabajo paciente pero duro, que nos permite ganarnos la vida por nosotras mismas”, confiesa con convicción. Enérgica con la rueca, elabora gasas, vendas y toallas. En este momento algunas mujeres han tenido que dejar el trabajo, porque sus fuerzas se lo imposibilitaban. Nuevas candidatas podrán sumarse a este proyecto que recarga ilusiones y se convierte en trampolín de sueños, porque desgraciadamente mujer y lepra resultan una combinación todavía más dolorosa y excluyente.

Ahora toca visitar la zona de Choudwar: con una residencia para jóvenes estudiantes, un dispensario clínico y la aldea de enfermos de lepra de Trinath, donde como en otras aldeas, el Instituto Damián ha construido sus casas. La residencia Coudrin Chhatrabas acoge a doce adolescentes, hijos de enfermos de lepra, a los que se les da gratuitamente la oportunidad de estudiar secundaria y labrarse un futuro. Nos reciben con un ramo de flores Suresh Chandra Roret, coordinador de la residencia, junto con los jóvenes y la cocinera, Kunima Llelai. Suresh destaca el desarrollo de las diferentes habilidades y la personalidad de los estudiantes. Está satisfecho con ellos y se le nota, porque junto a la disciplina se ve que este trabajo le llena vocacionalmente.

Es bonito escuchar cómo para estos jóvenes Kunima es más que una cocinera: “es nuestra segunda madre”. Ella es una joven viuda que está entregada totalmente a esta causa. Madhusulan Las, de veinte años, siente que la residencia le ha ayudado “para crecer no solo en su nivel de estudios, sino también en otras cualidades como la disciplina, el trabajo duro, el respeto y el amor a los otros”. Madhusulan, Kaghesurar Pradhan o Biswasif Sahuo reconocen que la residencia les va a ayudar a escribir una historia diferente a la de sus progenitores. Ajit me advierte de las varias reparaciones que necesita el edificio de la residencia. Me mira y me lanza en un inglés tamizado por el oria, que es su lengua natal: “Escribe algo sobre esto, a ver si viene alguna ayuda de España”. Ojalá estas pobres letras sirvieran de revulsivo de conciencias y espolearan para sumarse a esta aventura del Instituto Damián.



Terapia multimédica. En frente a la residencia se erige la Clínica Damián de Chawdar, que atiende a ciento cincuenta pacientes de lepra. Dasarath Sahoo es el enfermero de la misma. Se encarga de dar la medicina a los enfermos y vendar sus úlceras. Se trata de una tarea que compromete con la sociedad, por lo que está satisfecho de llevarla a cabo. “Estoy feliz de hacer este trabajo”. Hay pacientes con un nivel de contagio más que otros, por lo que han de controlar y dosificar diferente medicación y tratamiento. De ahí que se aplique una “terapia multimédica”. Comprobamos con cuánta delicadeza trata Dasarath a los enfermos, el cuidado al aplicar medicinas y vendajes. En total, ciento cincuenta pacientes se benefician de sus cuidados. Dasarath es hijo de padres enfermos de lepra. Su historia es una preciosa trayectoria de superación.

Junto a la clínica, cincuenta y seis casas conforman la colonia de enfermos de Trinath. Entramos en la colonia, con un calor sofocante, sintiendo que, de nuevo, pisamos tierra sagrada. Me da cierta incomodidad hacer fotos. Nuevamente Ajit me mira y anima. “¡Adelante! -me digo para mis adentros-, hay que hacer bien el trabajo!”, convencido de que si no damos visibilidad a estas realidades difícilmente podrán ser superadas. Un grupito de doce niños nos acompaña por todo el recorrido. Me acuerdo de la Madre Teresa de Calcuta, que expresaba que la pobreza no va reñida con la belleza. Incluso en una aldea de enfermos de lepra la bella dignidad de las personas está por encima de su sufrimiento y limitaciones: la alegría de los niños, que nos saludan tocándonos los pies, los colores vivos de los saris o las confidencias de un enfermo de lepra a Ajit. En medio del camino nuevamente los rastros del ciclón: un árbol arrancado de raíz que ha dañado una de las viviendas. El director del Instituto Damián me vuelve a repetir: “Esto también habrá que repararlo”.



Hacer visible a los “invisibles”. En la semana que estoy en Bhubaneswar visito varias colonias. Una tarde nos acercamos a la colonia de enfermos de lepra de Gokhibaba, junto a la vía del tren. Sesenta y siete personas viven en esta zona apartada. Al llegar recibimos unas guirnaldas de flores y nos reunimos con los ancianos. Ajit, Tarini Sahoo -que es un voluntario del Instituto Damián- y un servidor nos descalzamos en una pequeña plaza en el centro del poblado. Allí los enfermos nos cuentan sus problemas y nos piden ayuda. Están agradecidos por todo lo que reciben, pero necesitan nuevas conducciones de agua, el ciclón ha dañado las letrinas y el dispensario. Cuando vamos a irnos, un anciano alza las manos y solemnemente nos da la bendición. Los demás comienzan un animado canto ritual. Me quedo sin palabras. Aquí se percibe sin necesidad de discursos que los pobres son los que más unen al ámbito de lo sagrado.

Una de las mañanas la dedicamos a los niños del Jagananath Tuition Centre, una sencilla escuela para menores que no están escolarizados formalmente. Es decir, para los niños en situación de exclusión social. Sesenta pequeños, de entre tres y once años, tienen una oportunidad de aprender a leer y escribir, hablar inglés y manejar los instrumentos básicos de la educación. Una de las niñas nos ofrece una preciosa danza. El techo y otras dependencias se han visto también afectadas por el devastador ciclón. “Más reparaciones”, esta vez mi interlocutor es el padre Radhelal.

Mientras escribo este texto, Ajit me viene con un folio con una lista por delante y por detrás con diferentes necesidades. Me habla de las campañas de prevención de la salud, las campañas médicas que realiza la clínica móvil, los programas de rehabilitación de discapacitados físicos y mentales… Ahora en una asamblea de todos los hermanos ss.cc. de India va a presentar su informe y solicitar ayudas. Creo firmemente que esta obra del Instituto Damián es un milagro de generosidad y confianza. Si algún lector quiere también poner su granito de arena, puede ponerse en contacto con el padre Ajit a través de su cuenta de correo electrónico: ajitss.cc09@gmail.com.

Probablemente, alguno de ustedes se preguntará: ¿qué papel juega el Estado indio en toda esta problemática? Resulta paradójico pero en India la lepra se erradicó oficialmente hace unos años. Al no existir la enfermedad “oficialmente”, los enfermos son “invisibles” para el Estado y no reciben ninguna subvención o ayuda. Una de las misiones del Instituto Damián es hacerlos visibles y reclamar sus derechos como ciudadanos.

Al terminar mi estancia en este inmenso país donde he tenido el privilegio de ser acogido por estas personas “invisibles”, resuenan de un modo nuevo las palabras que Dios dirigió a Moisés, recogidas en el libro del Éxodo: “Descálzate, porque el lugar que pisas es tierra sagrada”.

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