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Texto: Tamara Cordero/ Foto: Lisa Kristine

 

Ya no soy tu esclava

 

La esclavitud del siglo XXI tiene un nombre: trata de personas. Sus víctimas son, en su mayoría, mujeres y niños. Y la forma de acabar con ella es trabajar de manera conjunta para, por un lado, tipificar este delito y, por otro, identificar a las personas que la sufren.

 

En la trata de personas con fines de explotación, las cifras son muy complicadas y difíciles de concretar. Ana Almarza, directora del Proyecto Esperanza, de la Congregación de Religiosas Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, nos cuenta que en este tema “siempre nos movemos como en el pico de un iceberg, es mucho más lo que hay por debajo que lo que conocemos”. Se estima que cada año existen 2,4 millones de víctimas en el mundo, aunque se calcula que solo se identifica una de cada 20 personas que la sufren. Este cáculo es resultante de diferentes informes, aunque su fiabilidad estadística depende de las fuentes consultadas. Por lo tanto, no existen datos reales que nos proporcionen una visión global y clara de la magnitud del problema. Sobre estos datos, y según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y  el Delito, el 72% de las personas explotadas en el tráfico humano son mujeres y niños, lo que hace que siempre los tengamos más presentes a la hora de tratar este problema, ya que constituyen un número muy elevado de víctimas. Y aunque lo que se nos venga a la cabeza sea la trata de personas con fines de explotación sexual, esta lacra, la esclavitud del siglo XXI, acumula multitud de formas de explotación diferentes. 

Solo conocemos una definición de trata de personas, nos la proporciona el protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional (Protocolo de Palermo) y es la usada a nivel internacional. Según este, la trata de personas es “la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación. Estos fines de explotación incluyen, como mínimo, la explotación de la prostitución ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extracción de órganos”, subraya.

A este reportaje le acompañan rostros de personas reales que han querido aportar su testimonio, no a este escrito, si no al mundo, porque en la lucha contra la trata de personas, especialmente de mujeres y niñas, el testimonio de las supervivientes es muy importante para visibilizar el problema, identificar a posibles víctimas y conseguir, algún día, erradicar este mal del planeta. Son testimonios de víctimas atendidas por Talitha Kum, la red internacional de la vida consagrada contra la trata de personas de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) que, durante el 2018, ha ayudado a más de 15.000 supervivientes de la trata y ha implicado a unas 235.000 personas en las actividades de prevención de este problema a través de sus 52 redes, presentes en 92 países en los cinco continentes del mundo. En estos diez años que llevan trabajando con personas víctimas de la trata, se sienten fuertes en su compromiso y llamadas a responder a las causas que están en la raíz del tráfico humano y que trascienden las fronteras. 

En la declaración final publicada tras la Asamblea de Thalitha Kum celebrada en septiembre de este año, en Roma, idenfitican tres áreas de trabajo prioritarias para luchar contra esta realidad que nos ayudan a acotar el contexto que finalmente permite esta vulneración de los derechos humanos. Por un lado, la diferencia de poder entre hombres y mujeres en todos los sectores: económico, social, familiar, político, cultural y religioso. Por otro lado, el modelo dominante de desarrollo neoliberal y capitalista descontrolado que crea situaciones de vulnerabilidad que son explotadas por los reclutadores, traficantes, empresarios y compradores de personas, que prioriza el beneficio por encima de los derechos humanos y crea una cultura de la mercantilización y la violencia a la vez que disminuye la financiación necesaria para prestar servicios sociales. Y en tercer lugar identifican las leyes y políticas de inmigración como injustas e inadecuadas, que junto con la migración forzosa y los desplazamientos ponen a más personas en un riesgo mayor de ser traficadas.  

La esclavitud moderna es un problema universal, en el que no importa la raza o condición social de la víctima. Por eso es tan difícil definir un perfil adecuado que permita identificarlas de manera más sencilla. Ana Almarza nos cuenta que en los 20 años que lleva en marcha el Proyecto Esperanza han atendido a 1.103 mujeres de 73 nacionalidades distintas. “Es difícil hablar de porcentajes y debemos alejarnos de la idea de establecer un perfil de las mujeres que son víctimas de trata porque creemos que cada mujer es única y su vivencia también. Víctima de trata puede ser cualquier mujer, de cualquier edad, de cualquier nivel cultural y de cualquier nacionalidad”, sea la que sea. 

Un problema complejo y multidimensional con implicaciones que alcanzan otros muchos aspectos: geográficos, culturales, económicos, políticos, legales y sociales. 

Desde la congregación de Hermanas oblatas del Santísimo Redentor, nos cuentan que en los últimos años su misión, consistente en atender a las mujeres que ejercen la prostitución, se ha visto afectada por el fenómeno de la trata de personas para la explotación sexual. 

En Europa ellas tienen 16 proyectos propios y dos en colaboración con Cáritas y atienden a víctimas identificadas por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, pero también a mujeres que se reconocen como víctimas de trata pero no quieren denunciar, o aquellas mujeres de las que tienen sospechas de que también pueden ser víctimas.

El tráfico de personas es una violación de los derechos humanos, y por lo tanto constituye un delito, más común en nuestra sociedad de lo que podemos llegar a imaginar. “Muchas veces pensamos que este problema solo lo tienen un número pequeños de personas pero no es así”, nos cuentan desde la oficina de comunicación de las Oblatas en España. 

“No es una realidad ajena, hay muchas personas en el mundo que son víctimas de la trata. Y es una realidad que nos encontramos en España. Las mafias se aprovechan de la situación de vulnerabilidad de las mujeres y del hecho de que es una problemática oculta”.

La situación de vulneración de derechos que está más cerca de lo que imaginamos y la única manera de acabar con la trata de personas es sensibilizar a la población y actuar de manera conjunta e internacional, con las diferentes autoridades de cada país, para establecer protocolos de actuación comunes que permitan erradicar este mal para que nadie más pueda vulnerar la dignidad de otras personas. 

Andra (nombre ficticio) vivía en Rumanía cuando tenía 19 años. “Allí yo no tenía problemas, mi familia me estaba dando una educación y una vida decente. Tenía libertad”. Sin embargo, un día empezó a juntarse con unos chicos que la vendieron a unos hombres de otra ciudad sin que ella lo supiera. “Me dijeron que si quería trabajar un tiempo en España, como limpiadora en un hotel y a mí me encantó la idea. Estaba fascinada, ¡por fin podía ser independiente!”.

cuando llegó aquí, esos hombres le dijeron que tenía que trabajar en la calle. “Yo les dije: ‘¿qué tengo que hacer en la calle?’ Y ellos me contestaron: ‘lo que todas las mujeres hacen, sexo por dinero’. Yo empecé a llorar y les dije que no, me pegaron y no me daban de comer... Pasaron los días y me dije a mi misma ‘Andra, tienes que ser más lista que ellos’. Estuve trabajando en la calle tres meses. Quería hablar con la policía pero estaba vigilada. Tampoco me dejaban hablar con las hermanas oblatas que nos visitaban en la calle. Finalmente escapé. Lo único que pido es que tengáis mucho cuidado con las amistades que tenéis”, concluye esta superviviente. 

Organizaciones y asociaciones como la congregación de las hermanas Oblatas, pertenecientes o no a la Iglesia, consiguen dar voz a las víctimas. Porque solo así, visibilizando estas situaciones y moviendo conciencias, conseguiremos que las penas se endurezcan, también en los países de origen, para que cada vez resulte más difícil que cualquier persona, chico o chica, mujer o niño, sea privado de su derecho a la libertad y esclavizado en el siglo XXI. 

Esta forma de esclavitud es un delito que atenta contra la persona y que consta de tres elementos: las acciones que suponen trata: captar, transportar, trasladar, acoger o recibir a las víctimas; los medios utilizados para ello: amenaza, uso de la fuerza u otras formas de coacción; y la finalidad de la misma: someter a la víctima a algún tipo de explotación.

Gracias al Proyecto Esperanza conocemos a Samira (nombre ficticio), una chica de Marruecos de una familia con pocos recursos. Tenía 14 años cuando una amiga de sus padres, a la que llamaremos Fátima, se ofreció para llevarla a España con la intención de tratarla como a una hija y darle la oportunidad de acceder a unos estudios. Los padres de Samira, creyendo que esta sería una buena oportunidad para su hija, firmaron todas las autorizaciones necesarias para que Fátima se convirtiese en su tutora legal. 

Pero cuando llegaron a España, Fátima le indicó que tendría que cuidar de los niños, realizar las tareas de limpieza y ayudar en la cocina, estando al servicio de toda la familia. La trataba muy mal verbalmente, pero también en alguna ocasión llegó a lesionarla físicamente. Aunque Fátima la inscribió en el colegio y permitía a Samira ir a clase, muchas veces la obligaba a faltar. 

Esta situación se prolongó desde los 14 a los 16 años, cuando ya no le permitió volver al colegio y continuó explotándola laboralmente, con mayor intensidad aún, maltratándola física y verbalmente. Cuando Samira iba a cumplir 18 años escuchó como Fátima planeaba su matrimonio con un hombre de nacionalidad marroquí afincado en Francia. Se asustó mucho y reunió el valor para escapar de casa y acudir a su antiguo colegio, donde una de las profesoras que siempre se había mostrado cercana con ella pudo escucharla. 

La profesora y el centro se implicaron para ayudarla y fue derivada a un centro de protección de menores. Cuando Samira cumplió los 18 años llegó a Proyecto Esperanza. 

Las Adoratrices cuentan con un teléfono 24 horas que funciona los 365 días del año con personal especializado que recibe llamadas y comunicaciones, tanto de instituciones públicas como de organizaciones de la sociedad civil y de personas particulares, principalmente españolas pero también desde otros países, especialmente desde el entorno europeo. En 2018 atendieron 175 comunicaciones en las que intervinieron 131 casos con indicios de trata. Una dura realidad que seremos capaces de ver en el momento en que miremos más allá y seamos capaces de dejarnos tocar por estos rostros concretos y estas personas sufrientes. 

“En 1999 cuando comenzábamos a trabajar en Proyecto Esperanza con mujeres víctimas, no se sabía qué era la trata, ni estaba tipificado como delito. En el 2000, Palermo da una definición de trata y desde entonces contamos con un marco legal. El convenio de trata del Consejo de Europa, varias directrices europeas, en España el código penal, la ley del estatuto de la víctimas de un delito, la ley de asilo, la Ley de extranjería... hay reglamentos y  un plan nacional contra la trata para fines de explotación sexual y en proceso está el plan nacional para cualquier fin de explotación. Todo esto va haciendo que se persiga como un delito y que cada año se desarticulen más redes”, concluye Ana Almarza al hablar sobre cómo ha evolucionado la atención y ayuda a víctimas de la trata. 

Le preguntamos si es una utopía afirmar que algún día no existirá el tráfico de personas en el mundo. ¿Su respuesta? “Si se piensa, puede ser posible. Trabajaremos porque sea posible”. Que así sea. 

 

Testimonios: 

 

Carmen, el convento de la libertad

México

“Nací en una familia mexicana muy pobre. Quería trabajar para ayudar a mis padres. Siendo adolescente, acepté la propuesta de mi cuñada para cuidar a los hijos de una conocida suya en otra ciudad. A mi llegada, me obligaron a prostituirme, amenazándome con hacer daño a mi familia. No estaba sola, conmigo había más jóvenes. A todas nos golpeaban y violaban. Llegaron a decirle a  mis padres que había muerto. Había llegado al límite de lo que podía soportar, cuando se me presentó la ocasión de huir. Pedí ayuda a una mujer que, al oír mi historia, decidió llevarme a las hermanas de Talitha Kum. Ahora me encuentro en un lugar seguro, y tengo contacto habitual con mi familia. Retomé mis estudios. Tengo 17 años y para mí no ha sido fácil hacer frente a la violencia de la trata. Hoy estoy contenta de la nueva oportunidad que tengo”. 

 

 

Maryam, de la vejación
de la “madame” a educadora social 

Italia

“Tenía casi 20 años cuando en la cárcel conocí a una de las hermanas de Talitha Kum. Decidí dejar mi país, Nigeria, después de la muerte de mi padre: quería ayudar a mi madre y a mis hermanos. Llegué a Italia con la promesa de un trabajo, pero me encontré en la calle, bajo las órdenes de una ‘madame’ que me sometía a violencia física y psicológica. Pensaba que después de pagar la deuda me liberarían de esta pesadilla; pero siempre me pedían más dinero. Sola y sin documentación acabé en la cárcel, aun siendo inocente. Una religiosa que venía a visitarme fue quien me dio otra oportunidad. Confío en mí y convenció a su comunidad en Sicilia a acogerme en su casa, de este modo conseguí obtener el arresto domiciliario. En estos años, gracias a la ayuda de las hermanas he podido transformar mi vida y ayudar a otras jóvenes que, como yo, han caído en manos de traficantes. Hoy soy feliz: soy mamá y tengo una hermosa familia, al igual que la comunidad que me recibió y donde sigo trabajando como educadora”.

Mariana, de ser
una “pieza de carne”
a recobrar la dignidad 

España

“Nací en Rumanía en una familia de clase media. Soy la mayor de dos hermanas. Mi vida cambió a los 13 años. Después de sufrir una violación múltiple, la sociedad me marginó y me convencí a mi misma que el mejor camino era el de la prostitución. Me dijeron que si me trasladaba a España, en un par de años podía obtener la nacionalidad. De este modo decidí partir. Los proxenetas rumanos me vendieron por 300 euros. Las noches en el burdel eran muy largas. Veía a hombres de todas las edades y aspectos, Solo éramos piezas de carne para comer y orificios para penetrar. Durante cinco años estuve atrapada en la espiral de la prostitución: más de cuarenta burdeles que no son otra cosa que una especie de campo de concentración. Finalmente, llegó mi salvación gracias a Talitha Kum. Gracias a las hermanas pude decir basta y tomar mi vida en mis manos. Me animaron a estudiar. Hoy entiendo que la prostitución no es el único camino posible para las mujeres de los países más pobres. Todas merecemos vivir libres de la violencia”. 

 

 

 

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