Despertar

Fernando Cordero ss.cc.

Entrevista a Pedro Leon ss.cc.: “Escuchar a las víctimas es un espacio sagrado”

Chile, la plaga de la pederastia y un Papa que no se achanta: “Una Iglesia con llagas no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas: Jesucristo”. Pedro, religioso de los Sagrados Corazones, vive este encargo de Francisco como misión al pie de la letra. 

 

Pedro León Zúñiga es religioso sacerdote de los Sagrados Corazones de la Provincia de Chile, párroco en Santiago, formador y, desde hace un año, delegado para recepción de denuncias de abusos sexuales. Con él nos adentramos en una dura realidad que atraviesa a la Iglesia, a la sociedad chilena y también a la Congregación a la que pertenece. Entramos en el ámbito de una Iglesia herida que busca nuevas maneras de ser y estar en la sociedad.

¿En qué consiste, en lo cotidiano, ser delegado para recepción de denuncias?

En medio de la crisis que vive la Iglesia chilena, provocada por abusos sexuales cometidos por clérigos y religiosos, nuestra congregación, siguiendo la recomendación de las “Líneas Guía, Cuidado y esperanza” emitidas por la Conferencia Episcopal de Chile, ha nombrado a un hermano sacerdote que pueda “estar disponible permanentemente para recibir eventuales denuncias que se presenten contra religiosos Sagrados Corazones, por actos de connotación sexual contra menores de edad”. Entre sus principales tareas están, por un lado, permitir que cualquier denuncia de este tipo sea recibida adecuadamente.

Además, hay que enviar con prontitud el acta de la denuncia al superior mayor, a quien corresponde decidir la pertinencia de una investigación previa, destinada a la verificación de los hechos y sus circunstancias y a la eventual imputabilidad del denunciado.

Por otro lado, implica orientar a las víctimas, tanto respecto de la tramitación de la denuncia realizada, como también en las otras vías que ellas podrían emprender para enfrentar la situación que las aqueja.

En ese mismo contexto, fui invitado a participar del Consejo para la Prevención de Abusos Sexuales de Menores en la Conferencia de Religiosos de Chile (CONFERRE), que se ha constituido en un espacio importantísimo de reflexión y trabajo en torno al tema. La tarea abarca la formación y el acompañamiento de congregaciones religiosas que tienen acusaciones de sus miembros por estos casos. En esta labor participan hermanos y hermanas de diversas congregaciones, donde se ve un gran compromiso por las personas y las situaciones de desgarro existencial que han sufrido.

¿Cuál es su experiencia con las víctimas?

Recuerdo un poco la experiencia vivida por Damián de Molokai, cuando expresa la idea de que está en un espacio de trabajo “donde nadie quiere ir”. Esto lo digo no porque crea que mis hermanos no estarían dispuestos a prestar el mismo servicio, sino porque yo mismo percibía esta misión con algo de distancia y respeto. Por otra parte, quizá a diferencia de Damián, me ha tocado recibir de mis hermanos expresiones de valoración, apoyo, comprensión y ánimo, lo cual ha sido muy bonito y reconfortante, ya que la experiencia de encuentro y escucha de víctimas sigue siendo muy desafiante, dolorosa y cuestionadora. 

Noto cada vez más la exigencia que conlleva este servicio de poner en práctica la dimensión reparadora de nuestro carisma, porque en este caso tiene rostros y nombres concretos que aparecen en la memoria, el corazón y la oración/adoración. 

Ha vivido momentos de emoción intensa...

Sin duda he vivido momentos de emoción intensa, por ejemplo, momentos intensos de desolación por la devastación que producen estas experiencias en la vida de las personas, sobre todo, cuando no han tenido ayuda, apoyo, después de lo que han sufrido y, en no pocos casos, han vivido las consecuencias del abuso en una soledad y silencio que agudizan el dolor, produciendo intentos de suicidio, depresiones intensas, sensación de injusticia, pérdidas de credibilidad en la Iglesia y en Dios, etc. Por otra parte, también he vivido momentos de intensa admiración por la obra salvadora y reparadora de Dios en los y las supervivientes a los abusos sexuales, su estar de pie, recobrar el coraje para nombrar y denunciar lo vivido, renovar la esperanza y continuar el camino. Algunos continúan creyendo en Dios, en la Iglesia e incluso han podido crear sus propias familias. Todo eso es muy bonito y esperanzador.  

¿Cuál es para usted el valor que tiene la escucha?

En una lectura me encontré con la idea de que “escuchar al otro significa, en último término, abrirme a la posibilidad de que su palabra me transforme”. Esto me dio mucho sentido. A la luz de lo vivido, experimento la escucha de las víctimas como un espacio sagrado que ha transformado mi forma de mirar y comprender el tema de los abusos sexuales en la Iglesia. Creo que en esto –la escucha a las víctimas– se juega una verdadera llamada de Dios a nuestra vida consagrada. 

Ha tenido formación como coach, ¿qué le ha aportado?

A propósito de unos estudios que realicé, tuve un taller de liderazgo que tenía un módulo teórico y otro práctico que facilitaba un coach. En su desempeño percibí nuevas posibilidades y desde ese tiempo sentí ganas de aproximarme a esta profesión emergente. Fue así que, años más tarde, llegué al mundo de la Ontología del lenguaje y desde allí a la práctica del Coach Ontológico movido por una búsqueda personal de otras plataformas para el servicio a las personas y las organizaciones. 

Esta formación ha supuesto un proceso de aprendizaje transformacional que abarcó toda mi vida, mi forma de ser y enfrentar las cosas, el mundo de las relaciones, mi lenguaje, mis sentimientos y mi autopercepción corporal. Todo esto es resultado tanto de un estudio intelectual como también de trabajos personales y grupales realizados con lo que vino a transformarse en mi “comunidad de aprendizaje”. A esto hay que agregar entrevistas y supervisión con mi profesora, además del trabajo aplicado a un grupo focal donde volqué los aprendizajes y reporté resultados.

¿Dónde aplica lo aprendido?

Me atrevo a decir que todo lo aprendido, en mi formación como coach ontológico, posibilita hoy una escucha y una forma de estar en la recepción de denuncias que es distinta, con mayor paz, confianza, sin miedos y más provechosa para mí como religioso y como ser humano, que continúa aprendiendo de las personas, sus fracturas existenciales y del Maestro (Jesús) que me sale al camino en el que sufre (Mt 25).

Estos aprendizajes también han impactado en diversos ámbitos de mi vida. Esto no se trata de una nueva religión, sino una forma más básica de mirarme a mí mismo, a las personas y al mundo de las relaciones humanas en general. Lo que, a mi forma de ver, posibilita el encuentro con Dios. 

¿Cómo han reaccionado los religiosos de la Provincia al conocer las denuncias realizadas a sus propios hermanos?

Según una encuesta realizada a los religiosos, los hermanos afirman “sentirse ‘atragantados’ con lo que les pasa”. Se desprende la necesidad de “generar mayores espacios de comunicación para hablar de la propia experiencia emocional en torno al tema en las distintas comunidades apostólicas”. En términos globales, hemos realizado el curso de formación mínima en prevención de abusos, ofrecido por la Conferencia Episcopal y trabajamos la temática del “Buen Trato” como experiencia base para prevenir todo tipo de abusos y generar ambientes pastorales más nutritivos y seguros.

Hace poco, una de las víctimas de abusos cometido por un hermano nuestro, vino a nuestro Capítulo Provincial y lamentó que “aunque hubiera algunas sospechas, nadie se diera cuenta de lo que estaba sucediendo”.  Creo ver, desde el dolor presente en los hermanos, un deseo grande de ponerse en camino, de aportar, cambiar (personal y comunitariamente) para que esto no vuelva a ocurrir en los lugares donde vivimos y servimos.

¿Hay un perfil del abusador?

En un seminario entorno a este tema realizado por la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos), en 2018 se veía que es muy difícil tener “un” perfil del abusador “porque tienen diferentes rasgos de personalidad y no tienen características psicológicas propias”. The Australian Royal Commission entregó un informe en abril del 2017 donde presentaba “Causas y contexto del abuso sexual de menores por parte de sacerdotes en Estados Unidos entre 1950 y 2010” y concluye que no existe una “una causa definitiva -que explique el abuso sexual de menores- ya que aparece en medio de una confluencia de situaciones (psicológicas, organizacionales y situacionales)”. En torno a esto mismo el papa Francisco insta a trabajar para establecer un “nunca más a la cultura del abuso, como también nunca más al sistema de encubrimiento que le permite perpetuarse”.

Según lo reflexionado en el seminario de la CLAR, el espectro del perfil del abusador es demasiado diverso y se puede identificar entre los tipos de abuso la “pedofilia, efebofilia, pederastia, personas sexualmente compulsivas, algunos con daños neuropsicológicos, narcisistas y sociópatas, inmaduros emocionalmente, personas homosexuales con fuerte represión de su sexualidad, psicosocialmente retrasados, personas heterosexuales promiscuas, abusadores abusados alguna vez”. Según las estadísticas de The Australian Royal Commission, un tercio de los sacerdotes incluidos en el estudio fueron abusados. 

¿Cómo aprender a ver?

Dentro del módulo de prevención básica, formulado por la Comisión Nacional para Prevención de Abusos, de la Conferencia Episcopal de Chile, se generó un módulo de formación en torno a este asunto. Allí se afirma que no se puede prevenir lo que no se conoce. Es de suma urgencia constituirnos en terceros activos, capaces de ponerle nombre a la problemática, distinguir y desde allí trabajar para promover ambientes sanos y bien tratantes en nuestros espacios pastorales. 

Por su parte,  el estudio de The Australian Royal Commission plantea algunos indicadores que, mirados individualmente y por sí mismos, no constituyen algo de qué preocuparse, sino que son atendibles en su contexto y gravedad, pero puestos bajo una mirada de conjunto constituyen lo que se viene a llamar “Banderas Rojas” o llamadas de atención cuando se dan los siguientes indicadores: si la persona “padeció un abuso”, es un “adultocente” (adulto con comportamientos adolescentes), con “dificultad para relacionarse con pares”, posee “adicciones” (tales como alcoholismo), y además experimenta una “intolerancia al fracaso y a la frustración” se arma un conjunto de elementos frente a los cuales es importante estar alerta para abordarlos y prevenir. 

 ¿Cómo “reparar lo irreparable”? ¿Es posible reparar después de tanto daño?

Nos ponen frente a un desafío inmenso que solo podemos afrontar con humildad y de manera balbuceante. Sin embargo, y citando a Josefina Martínez, psicóloga e integrante de la Comisión Nacional para Prevención de Abusos, de la Conferencia Episcopal de Chile, podemos preguntarnos: “¿Cómo se repara el pasado, si este fue, pero ya no es más?, ¿Cómo se reparan las heridas del ayer, cuando ya no es posible hacer que las cosas sean de otra manera, porque han sido lo que fueron?”.

Desde esta perspectiva, esta psicóloga afirma que “los daños producidos por los atropellos a la dignidad de un ser humano deben ser pensados en el campo de lo irreparable, de lo no resarcible, de lo no compensable”. Esto debe acompañarse de otros actos de justicia tales como sancionar a los culpables, reconocer públicamente los hechos y tomar medidas que impidan la repetición de los mismos.

------------------

RENÉ CABEZÓN SS.CC.

SUPERIOR PROVINCIAL CHILE

VÍCTIMAS: ESCUELA DE DOLOR Y COMPROMISO

Hoy cuesta creer en las instituciones. Podríamos decir que una importante víctima de los abusos de poder, de conciencia y sexual es la confianza. Sería bueno preguntarse: ¿hay algo que agradecer y aprender de esta crisis eclesial? Quisiéramos decir que sí, pero para ello se requiere valentía y humildad.

Si damos por descontado el perdón empático con las víctimas, podrán brotar aprendizajes. Y este camino será de purificación y conversión de verdad.  

Cientos de laicos maduros en la fe y en el seguimiento del evangelio están respondiendo a esta situación desde el sensus fidei fidelium (sentir del pueblo fiel). 

Este tiempo está siendo una escuela de dolor y compromiso con la eclesiología del Concilio Vaticano II, donde se nos invita a redescubrir “el sacerdocio común de los fieles” que brota de nuestro bautismo. Diversas voces piden que se cree una “Comisión Nacional de Justicia y reparación” donde creyentes y no creyentes ayuden a enfrentar la crisis que nos afecta a todos. 

Bienvenida la transparenciay la humildad.

 

 

Más artículos

no-results-found-landing-news
VER MÁS {{percentLoaded}}% loading...