Despertar

Fernando Cordero ss.cc.

Corazón viajero: Conmovidos hasta el desconcierto

Nos quedamos helados. Se nos secó la lengua al paladar. Todas las miradas se concentraron en él. Observamos sus gestos, su tensión encerrada, cómo iba desarrollando el hilo de lo que sucedió, sus consecuencias, el vivir con un currículum oculto. Es una víctima de abusos la que interviene en el Capítulo Provincial de los Sagrados Corazones de Chile. Hacía tres décadas que había contenido este relato provocado por un religioso de nuestra Congregación cuando él era menor de edad.

¿Qué es lo que más lamentan las víctimas? Frases como esta: “Sospechábamos, pero no sabíamos nada”. “¿Para dónde miraban ustedes cuando se cometían los abusos?” es otra pregunta que lanzan continuamente con estupefacción los que han visto su dignidad pisoteada. Luego, otra cuestión: “¿Cómo van a reparar, qué medidas van a tomar en la formación inicial, cómo van a evaluar sistemáticamente a los que trabajan con menores de edad?

Nuestra víctima sigue hablando: “La Iglesia es como una monarquía, nadie la regula. En la profesionalización está la democratización. Es necesario un contrapeso, un control externo para el acompañamiento con una serie de protocolos”. Noto que los demás hermanos escuchan con gran atención y acogen estas iniciativas como una vía que puede ayudar no solo en la línea de la reparación, porque lo solicitan las víctimas, sino como caminos que facilitan mecanismos de control y de evaluación para que no vuelvan a suceder barbaries como las que se han dado en tantas instituciones y países.

Tras finalizar el Capítulo Provincial los hermanos dirigieron una carta a la familia de los Sagrados Corazones. Destaco estos dos párrafos que me parecen significativos y que hablan del alcance y la acogida de lo que hemos recibido de las víctimas:

“Hemos quedado profundamente conmovidos y hemos sentido indignación, rabia, pena y desconcierto. 

Por lo mismo, en este tiempo de crisis y de transformaciones sociales percibimos que lo fundamental es una actitud de escucha atenta, de mayor silencio, a fin de aprender nuevos modos de hacer las cosas y dejarnos tocar por la realidad y la necesidad de los otros, entre ellos, de manera especial las víctimas, a quienes reconocemos como nuestras víctimas, porque han sido parte de nuestras comunidades y porque el daño que han sufrido se debe también a que no hicimos las cosas bien, ello también nos responsabiliza.

Queremos hacer un camino hacia la reparación, sabiendo que nuestros esfuerzos estarán muy por debajo de los dolores causados. Queremos hacer este camino asumiendo que estamos en crisis, sin pretender soluciones rápidas, reconociendo nuestras negligencias y nuestros propios abusos. Queremos pedir ayuda para caminar juntos, aprendiendo unos de otros”.

Las víctimas nos enseñan a decir las cosas, a salir de una cultura del encubrimiento para vivir una vida religiosa más consistente y transparente. 

 

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