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Tamara Cordero Jiménez

Neurociencia: Emociónate y aprende

Un niño feliz es un niño que aprende. Este es el motivo por el que el estudio interdisciplinar del sistema nervioso ha transformado los procesos educativos. Ante un modelo obsoleto, resulta imposible separar los procesos cognitivos de las emociones. Ha llegado la revolución al aula.

 

Sin duda estamos ante un momento de cambio. El concepto de la innovación ha tomado forma en la educación pública, concertada y privada. No solo se refiere a la innovación tecnológica sino que el conocimiento de otras áreas como la neurociencia, permite a expertos, pedagogos, psicólogos y, sobre todo, a los maestros y profesores, conocer mejor el cerebro humano y el proceso de aprendizaje. Estamos ante la inmensa posibilidad de facilitar el aprendizaje para formar a los adultos del futuro.

No hacemos más que escuchar hablar de conceptos como la innovación, la gamificación, la motivación emocional, la estimulación temprana, y tantos otros que hoy ya forman parte del vocabulario diario que utilizan los expertos y profesores en los centros educativos. Pero todas estas técnicas y herramientas tienen un punto de partida común, el comienzo de la revolución: la neurociencia

La neurociencia es el conjunto de disciplinas científicas que estudia el funcionamiento del cerebro y del sistema nervioso, y que tiene el objetivo de acercarse a la comprensión de los mecanismos que regulan el control de las reacciones nerviosas y del comportamiento del cerebro humano. El ser humano siempre se ha preguntado por la naturaleza de las sensaciones, la capacidad de movimiento, de hablar y de aprender. 

LA NEUROCIENCIA otorga respuesta a estas preguntas. Aplicada a la educación, analiza los procesos neuronales que se activan cuando una persona está memorizando contenido. Aplicada a la educación infantil, analiza el comportamiento del cerebro de los niños más pequeños para, comprendiéndolo mejor, ofrecerles un contenido que lo estimule y una nueva forma de aprendizaje que se adecue a su capacidad natural para aprender.

 Son muchos los descubrimientos al respecto que se han producido en las últimas décadas y que nos ayudan a entender su funcionamiento. Como la neuroplasticidad, que es la habilidad del cerebro para modificar su propia estructura como consecuencia de la experiencia y el pensamiento,  y que nos demuestra que se puede mejorar el rendimiento cerebral a través de la repetición, excitación, concentración, motivación o sorpresa. O la neurogénesis que se refiere a la formación de nuevas neuronas, proceso que se ve favorecido por la estimulación cognitiva y la práctica del ejercicio físico. Las neuronas espejo están cerca de las áreas que controlan el movimiento y son las responsables de que el niño absorba la información que le aportamos en el colegio, y lo hace a partir de la imitación, lo que nos ha llevado a redescubrir, como ya lo era en otro tiempo, la figura del profesor como imprescindible en el aula. También conocemos ahora que las emociones influyen en los procesos cognitivos, como la ansiedad y el estrés que afectan a la capacidad de control y los procesos de pensamiento, como la asimilación de información. A diferencia de lo que se ha creído durante mucho tiempo, la neurociencia nos revela que no podemos separar lo cognitivo de lo emocional. Por esto último decimos hoy que un niño feliz, aprende. 

¿Os acordáis de lo aprendido en el colegio? Hoy sabemos que el ser humano es capaz de recordar mejor las situaciones que asociamos a un alto impacto emocional. Por eso es fácil que nos venga a la memoria aquella excursión que marcó el curso, aquella clase en la que nos visitó un profesional y fue diferente a todas las demás, pero no recordamos las clases ordinarias, en las que el profesor, subido a una tarima, explicaba de manera magistral el tema en cuestión y dictaba unos ejercicios para realizar en clase o en casa. 

Porque para garantizar el éxito de los procesos de enseñanza y aprendizaje de los niños y adolescentes, es necesario que estos vayan acompañados de una actitud básica: la pasión o emoción por aprender.

Y de la mano de la neurociencia llegó a la educación la revolución de las aulas. Después del ‘boom’ en innovación que pareció concentrarse en una reforma informática de los colegios y centros educativos, la neurociencia se abrió hueco para transformar los pasillos de los colegios, involucrar a los padres y madres de los alumnos. Las clases magistrales dejaron paso al trabajo en modo cooperativo, los proyectos empezaron a vencer a las exigencias curriculares de la Administración y todo se transformó a nuestro alrededor. 

El Colegio madrileño Virgen de Mirasierra lleva más de diez años trabajando de manera activa con las técnicas y herramientas derivadas de la neurociencia. Porque, como afirman, una vez que conoces cómo funciona el cerebro del  niño y adaptas las clases y el modo de enseñar, es imposible volver atrás. Comenzaron por Infantil, después lo implantaron en Primaria y hoy lo ponen en práctica en la ESO y Bachillerato -aunque condicionados por la presión de la prueba de acceso a la Universidad, cada vez es más flexible a la hora de trabajar-. 

Cristina Muñoz, directora pedagógica de Educación Infantil en este centro, afirma que “intentar enseñar sin conocer cómo funciona el cerebro es como intentar diseñar un zapato sin haber visto un pie”.

La “vieja educación” ya no tiene razón de ser en la mayoría de los centros, y aunque aún hay profesores que creen que la mayor importancia de la etapa educativa recae en la evaluación final de un examen, cada vez son más los que ha dado un salto. Sobre todo, al conocer las herramientas que proporciona la neurociencia, y, al valorar los resultados de quienes ya se han formado con estas metodologías activas. Así, deciden rendirse a lo que, en el fondo, no es más que una demostración de que el conocimiento, el interés, las emociones y los valores no pueden ir más que de la mano en el aula. 

La gamificación es otra de las técnicas más utilizadas para conseguir motivar a los alumnos a la hora de aprender. “Trabajamos desde la gamificación porque cada día tenemos más claro que sin motivación no hay aprendizaje y el juego motiva a los chicos”, cuenta Cristina. 

Los padres ya se han familiarizado con la expresión “trabajar por proyectos”. Ya no hay ertapa ni colegio que se libre de aplicar esta nueva metodología. Y es que no solo persigue la finalidad de identificarse en la meta, si no que por un lado ayuda a aprender de manera transversal y conjunta las diferentes materias, y,  por otro, consigue que alumnos, profesores y familias trabajen de manera conjunta. 

“La estructura actual de cursos y materias no favorece el aprendizaje de todos los alumnos, porque organiza los procesos mentales de una forma que difícilmente permiten la trazabilidad entre ellos. Pongamos como ejemplo un ejercicio de ortografía: si hago un dictado en la clase de Lengua, los resultados son mejores que si ese mismo texto lo dicto en la clase de Ciencias, es decir, el cerebro se pone en ‘modo lingüista’ en la clase de Lengua, pero se desactiva en la clase de Ciencias”,  relata Felipe de la Peña, director pedagógico de Eduación Infantil y Primaria en el Colegio Sagrados Corazones, en Madrid.

A través de los proyectos se consiguen rutinas, personalización y trabajar en las llamadas inteligencias múltiples. Beatriz Morales, responsable del trabajo por proyectos en Primaria en este mismo centro, detalla que hace poco realizaron en Sexto de Primaria un proyecto sobre la gamificación titulado: “¿A qué jugamos hoy?”. Decoraron el centro  con juegos tradicionales, preguntaron a los alumnos cómo se sentían -hecho que en este colegio consideran fundamental para el aprendizaje- y comenzaron con la activación de conocimientos. En el proyecto se trabajó sobre una paleta de nueve inteligencias: la musical, la logicomatemática, la lingüística, la naturalista, la visoespacial, la corporal, la intrapersonal, la interpersonal y la espiritual. Relacionaron todas las inteligencias con juegos tradicionales de manera transversal. Así, los chicos jugaron a ‘Cluedo’ en inglés, construyeron un ‘Quién es Quién’ en francés, crearon un ‘Quimicefa’ en naturales... Además, inventaron su propio juego, fundamentado en todos los conocimientos que se habían visto en Primaria, en lingüística y lo construyeron en visoespacial. Incluso, en la lógicomatemática jugaron al parchís escribiendo tablas de frecuencia relativa y frecuencia absoluta para trabajar la probabilidad y la estadística. Beatriz afirma que  “con todas estas técnicas conseguimos que los niños aprendan sin enfrentarse a un examen, activando las emociones y los conocimientos”. La maestra certifica que funciona. 

De hecho, ya se van viendo los resultados de estas metodologías activas. Los alumnos que llegan a la ESO en estos colegios, crecen con capacidades adquiridas desde la etapa de Infantil. No conocen un aula “normal” o una clase magistral, excepto en ocasiones muy contadas y se enfrentan a los éxamenes de manera diferente. Pero, como suele ser habitual, la Administración va a un paso por detrás. “Según van avanzando los cursos, lo curricular adquiere una importancia significativa, de forma que la consecución de objetivos y adquisición de contenidos, se convierten en una prioridad que nos aleja de lo verdaderamente esencial en los procesos de enseñanza: el aprendizaje”, sentencia Felipe. 

Cuando se les pregunta por el mayor reto con el que se encuentran los maestros al poner en práctica la neurociencia aplicada a la educación.  todos coinciden: la evaluación. “Como profesor puedes evaluar cuánto ha ayudado un compañero a otro en un trabajo cooperativo, porque lo has visto, pero no puedes poner una nota numérica, están adquiriendo capacidades, no se trata de aprobar o suspender”,  reflexiona Cristina. El examen es solo un método más de evaluación, pero, hoy por hoy, los poderes públicos se aferran únicamente a este modelo tradicional. 

Sin duda, aplicar la neurociencia es el futuro de la educación y que los niños y niñas aprendan mejor, el futuro de la sociedad.

 

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