Despertar

Jesús Palomino

Cuento de Navidad

Se acercaba la Navidad, era el último día lectivo antes de las vacaciones. Los niños y niñas de la clase de 4 años se dirigían al Oratorio en fila, con las manos recogidas en la espalda y la cabeza ligeramente inclinada. Al frente de la fila, también con paso lento, abría el camino el P. José Luis.

Al llegar a la Capilla el P. José Luis les leyó un pequeño texto:

“Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió de la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que mientras estaban allí, le llegó el tiempo del parto a ella y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc. 2, 4-7). 

Todos los niños escucharon con atención. Después les dijo:

– Ahora que se aproxima la Navidad, que ya os habrán escrito la carta a los Reyes Magos, os invito a que pidáis algo al Niño Jesús. Tened en cuenta que los juguetes ya los habéis puesto en vuestras cartas, por tanto lo que hay que pedirle es otras cosas que os hagan ilusión.

Todos los niños cerraron los ojos e imaginaron…

La pequeña Alejandra se removía inquieta en su sitio; pensó en sus papás y en cómo habían pasado un tiempo tristes porque el bebé que esperaban no había podido llegar a nacer, y era muy esperado después de otros momentos duros. Sin pensarlo levantó la mano y preguntó:

– Pero… ¿de verdad le podemos pedir lo que queramos? ¿cualquier cosa?

– Sí, Alejandra, le respondió el P. José Luis.

Cerró los ojos, apretó las manos con fuerza y pensó: ¡una hermanita!

Más tarde, en el recreo compartió su secreto con Iria, María, Sofía y Elena, sus amigas. Ellas le dijeron que ese regalo no se lo podría traer el Niño Jesús pero Alejandra persistió en su deseo.

Aquellas Navidades fueron especiales. Sus papás y el resto de su familia se esforzaron en llevarla y traerla de un sitio para otro disfrutando de la alegría de esos días. 

La Nochebuena fue preciosa…Toda la familia reunida en torno a la mesa y ella sintió un deseo especial de mirar por la ventana. El reloj de cuco de los abuelos daba doce lentas campanadas; hacía frío en la calle, nevaba y ésta se cubría con una hermosa alfombra blanca rota por las huellas que dejaban los coches al pasar.

Esta noche ha nacido el Niño Jesús, allí está, representado en el Nacimiento, desnudo, desafiando el frío… Solo tenía el aliento de una mula y un buey y la Virgen María que lo estrechaba contra su pecho con amor…

Inevitablemente Alejandra recordó la petición que había hecho hacía unos días y sintió la necesidad de compartirla con alguien. No había niños así que acudió a su abuelita que, en ese momento, cantaba villancicos con el resto de la familia.

– Abuelita, tengo que contarte un secreto

– Dime, cielo

– ¿Sabes qué? Le he pedido al Niño Jesús que me traiga una hermanita, pero no se lo puedes decir a nadie.

– No, mi vida. Me parece que le has pedido una cosa muy bonita y yo voy a ayudarte. A partir de hoy, todos los días, yo también le pediré que te conceda ese deseo.

Avanzaban los días y, finalmente, sus papás la llevaron a la cabalgata de los Reyes Magos. Era el día grande de los niños, el cinco de enero, noche de Reyes, noche de magia. Con los ojos muy abiertos ella contemplaba las carrozas llenas de luces y colores pero, sobre todo, llenas de regalos para todos los niños.

Esa noche, tras preparar alimentos y bebidas para Sus Majestades y los camellos, se acostó pronto. Durmió inquieta porque las vacaciones se terminaban y no había ni rastro de la petición que había hecho al Niño Jesús.

Por la mañana, muy temprano, fue a despertar a sus papás y juntos acudieron al salón de casa donde los Reyes Magos habían dejado una buena cantidad de paquetes que fueron abriendo poco a poco. Allí había un montón de cosas de las que había escrito en su carta pero, sin embargo, ella no parecía feliz. Su mamá le dijo:

– Alejandra ¿no estás contenta? ¿no te gustan los regalos?

– Sí, mamá, me gustan mucho. Además me han traído casi todo lo que les he pedido.

El sonido del teléfono cortó la conversación. Eran sus tíos para quedar con ellos en casa de los abuelos. Al llegar allí todo fueron besos, abrazos y, junto al árbol, una gran cantidad de paquetes que fueron abriendo y repartiendo entre todos poco a poco. Al terminar de abrirlos los papás le dijeron:

– Ahora, Alejandra, queremos darte una buena noticia: Este verano, si Dios quiere, seremos uno más en la familia. Mamá está esperando un bebé.

Los ojos de la niña se iluminaron y dirigió una mirada cómplice a su abuela que la abrazó con fuerza.

– Bueno, pues nosotros -dijeron sus tíos- también tenemos noticias… Esperamos un bebé para el final del verano.

A partir de ese momento, los regalos pasaron a segundo término, toda la familia brindó y se abrazó celebrando estas buenas noticias. Alejandra no salía de su asombro, el Niño Jesús le había concedido su deseo con los dos bebés que acaban de anunciar.

La vuelta al colegio, tras las vacaciones, fue un torbellino: todos los niños contaban lo bien que lo habían pasado y los maravillosos regalos que les habían traído los Reyes Magos.

La primera visita al Oratorio, tras la vuelta de Navidad, era, sin duda, el momento más deseado por Alejandra. Nada más acomodarse en su sitio musitó “Gracias, Niño Jesús” y, en ese momento se sintió la persona más feliz del mundo.

A partir de ahí empezó a comentar su secreto con todo el mundo… Celia, su tutora, celebró con ella la noticia: -¡Qué bien…! los hermanos son los amigos de los que nunca podrás separarte, tú no los eliges, solo se te dan como un regalo.

Su amigas escuchaban con interés los planes que tenía para cuando viniese el nuevo bebé.

Las visitas de su mamá al médico eran un acontecimiento porque aportaban novedades sobre la espera. Tras una de ellas su mamá le dijo:

– Alejandra, el bebé que esperamos será una niña. Tenemos que empezar a pensar en el nombre que le pondremos. ¿Cual te gustaría a ti?

– Rocío, Ana, Martina, María… Ufff, qué difícil es. Me gustan muchos

– Bueno, esperemos a ver que opina papá. Aún queda tiempo.

En casa todos intentaban seguir con la mayor normalidad pese a que esperaban con ansiedad la llegada del nuevo miembro a la familia. En cuanto al nombre, enseguida llegaron a un acuerdo… ¡Se llamará Almudena!, en honor a la patrona de Madrid.

Cada encuentro familiar era un motivo más de alegría. Cuando sus tíos anunciaron que ellos también esperaban una niña a la que pondrían el nombre de Paula, Alejandra saltaba de alegría “Bien, voy a ser la nieta mayor”. Les enseñaré a las dos muchas cosas.

Desde aquel día ella tomó como costumbre acercarse a la tripa, cada vez más voluminosa de su mamá y de su tía, para darles mensajes a las pequeñas asegurando que ya conocían su voz.

El final de curso fue otro momento decisivo: La separación de sus amigas solamente se compensaba con la esperanza de que muy pronto vería ya la cara de su hermanita. ¡Deseaba tanto que llegase ya ese momento!

Un buen día, su papá le dijo: “Vas a ir a pasar unos días a casa de los abuelos, mamá y yo iremos al hospital para recibir a Almudena”. Ella, impaciente, le respondió: “Si, vale, pero venid pronto”.

Así fue como Alejandra se encontró en casa de los abuelos compartiendo juegos y aventuras con su perro Homer.

Por la noche, antes de dormir, pedía que le leyesen un cuento y después, al apagar la luz, recordaba al Niño Jesús, la petición que le hizo en aquel lejano mes de diciembre. Estaba inquieta por la llegada de su hermanita… ¿cómo sería? ¿a quien se parecería? ¿cómo sería jugar con ella cuando fuese un poco mayor? Todas estas preguntas eran la antesala de su sueño.

Por fin llegó el gran día. Los abuelos la prepararon para acercarse al hospital. Al salir del ascensor papá los esperaba con una gran sonrisa y la acogió con un fuerte abrazo. La entrada en la habitación fue un cúmulo de dudas: mamá sostenía en sus brazos un envoltorio donde algo se movía.

Alejandra se acercó despacio y, tras besar a su mamá, miró con detenimiento: en el interior estaba la niña más bonita del mundo, su hermanita. ¡Qué pequeña era!

- Almudena, le dijo, soy tu hermana. A partir de hoy yo estaré siempre a tu lado y te ayudaré en todo lo que necesites. Te quiero mucho.

Todos los asistentes tragaron su emoción para no romper aquel bonito instante. Momentos después, papá, mamá y las dos niñas emprendían el camino hacia su casa: Comenzaba una nueva etapa en sus vidas en las que Alejandra asumía ya pequeñas responsabilidades.

Transcurridas unas semanas, un calor sofocante hizo acto de presencia en la ciudad. La familia se marchó a la playa y allí disfrutaron del mar (papá y Alejandra), de la piscina (mamá) y de la sombra de un sauce llorón (Almudena).

Los días pasaron tranquilos; con frecuencia recibían noticias del resto de la familia pero, sobre todo, esperaban ansiosos, la llegada de Paula.

Los momentos más bonitos del día era cuando, los cuatro juntos, paseaban por el paseo marítimo haciendo planes para cuando volviesen a casa. Estaba siendo un verano inolvidable.

 

Un día, cuando ya el mes de agosto tocaba a su fin recibieron una llamada telefónica de sus tíos indicándoles que Paula venía ya de camino. Todos se alegraron mucho y comenzaron a preparar las maletas para volver a casa y esperar su llegada.

Al poco tiempo sus papás las acercaron a casa de los tíos y allí encontraron otro bebé tan bonito como su hermana.

Alejandra, tras besar a sus tíos, se acercó a Paula y le dijo: “Soy tu prima y te prometo que te ayudaré siempre porque soy la mayor… Te quiero mucho”.

Dicho esto cerró los ojos y dio las gracias al Niño Jesús porque le había concedido su deseo. Ella enseñaría a las dos pequeñas a quién pedir sus sueños y con quién compartirlos.

La Navidad se había prolongado hasta finales de agosto. Fue, sin duda, su Navidad en Verano.  

 

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