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María José Carmona

MENAS: ¿Quién puede temer a un niño?

Todos debemos proteger a los menores, establece la Convención
sobre los Derechos del Niño. A todos, sin distinción de origen
y, en especial, a los más desamparados. Entonces, ¿por qué en lugar de acogerlos, los rechazan? Es el pecado de los MENA, acrónimo que esconde a los Menores No Acompañados, adolescentes juzgados y estigmatizados solo por ser migrantes.

 

El 23 de agosto de 2019 estaba predestinado a ser un día de lo más normal en el barrio de Peñagrande. Ni más ni menos significativo que el día 22 o el 24. Todo parecía en su sitio dentro de la cotidianidad de esta colonia residencial al noroeste de Madrid: las calles limpias y despejadas, el rumor tranquilo de las urbanizaciones, el movimiento habitual de las piscinas comunitarias. Nadie sospechaba aquella mañana ordinaria que un periódico de tirada nacional colocaría a Peñagrande en uno de sus titulares y que a su lado escribiría la palabra “terror”. 

Se trataba de una noticia en la que se advertía sobre un grupo de personas que, al parecer, estaba detrás de una terrible ola de inseguridad en la zona. Una cuadrilla de desalmados que asaltaba a los vecinos y violentaba a las señoras cuando sacaban a pasear al perro. El texto no contenía ningún dato ni fuente oficial, se sostenía únicamente sobre el testimonio anónimo de personas que aseguraban haber sido víctimas de estos supuestos bárbaros a los que el periodista nombraba de manera insistente con una misma palabra: “menas”. “Los vecinos están viviendo un calvario”, leyeron los habitantes de Peñagrande aquel 23 de agosto -mitad confusos, mitad inquietos-, mientras la vida al otro lado parecía tan normal. 

“Si no hubiera sido por esa noticia te prometo que ninguno nos habríamos enterado”, cuenta Jaime Sorey, un vecino que sí quiere dar su nombre. Jaime asegura no haber visto ni oído nada sobre ese supuesto despliegue criminal. Es más, dice que la convivencia en el barrio era tan corriente que ni él mismo sabía que a unos metros de su casa habían abierto un centro de acogida para 14 menores extranjeros no acompañados, 14 “menas”. 

Días después de la noticia, la Asociación vecinal Islas de Peñagrande emitió un comunicado. En él dejaba claro que el suyo era “un barrio seguro” y, aunque sí reconocía algunos incidentes con un chico en concreto, puntualizaba: “no representa en ningún caso a la totalidad de menores acogidos en dicha residencia”. Sin embargo, ciertas palabras ya estaban ahí –terror, menas- golpeando la sien de padres y madres de familia, propagándose por los grupos de WhatsApp. Todavía nadie sabía muy bien qué había pasado y ya había vecinos recogiendo firmas para exigir que el centro de acogida se cerrara.

Lo ocurrido en Peñagrande pasó antes en el barrio de Hortaleza -Madrid- y en El Masnou -Barcelona- y en ciudades como Badalona, Lucena o Pozuelo de Alarcón, donde vecinos (algunos apoyados por sus alcaldes) llegaron a convocar manifestaciones para protestar contra estos centros, a veces antes de que estos abrieran sus puertas. Los rechazaban por  simple presunción de delincuencia. “Menas no, fuera menas”, escribieron en sus pancartas. Seguramente fue más fácil eso que “niños no, fuera niños”. 

Elisa García España es la persona que mejor conoce las aristas de la relación entre inmigración y delincuencia. Investiga este fenómeno desde hace más de 20 años. “No es cierto que estos niños delincan más que otros”, afirma categórica esta profesora de Derecho Penal cuando se le pregunta sobre los menores que migran solos. 

Los pocos datos que existen le dan la razón. Según la información del Poder Judicial, del conjunto de menores condenados en 2017 solo el 19% eran extranjeros (la cifra no distingue si son acompañados o no). Fundamentalmente fueron acusados de delitos contra el patrimonio, lesiones o pequeños hurtos. Existen algunos datos más concretos, por ejemplo de los Mossos D’Esquadra. Un informe de mayo de 2019 señalaba dos de cada diez niños migrantes tutelados en Cataluña habrían cometido algún delito. Dicho de otro modo: ocho de cada diez niños nunca lo hicieron.  

Estadísticas aparte, García España habla con la seguridad que le proporciona la propia experiencia. “Cuando uno se acerca a la realidad ve que se trata de chicos con unos factores de protección muy potentes, que la mayoría, a pesar de vivir circunstancias muy difíciles, sobreviven, son resilientes y no delinquen”. Esto no significa que todos los menores migrantes sean criaturas angelicales. Algunos cometen delitos, es evidente, pero existe una sobrerrepresentación de esa delincuencia, una alerta constante e injustificada que no nos deja hacernos las preguntas importantes. 

¿Cómo viven estos menores? Son las diez de la mañana y las habitaciones ya están recogidas, las ventanas abiertas, las camas hechas con más o menos esmero. Sobre ellas cuelgan fotografías, dibujos, imágenes de futbolistas... También hay libros sobre las mesillas y carteles en la pared. En uno alguien escribió un mensaje que haría temblar a cualquier gurú de la autoayuda: “Voy a decirme tú puedes cuando las cosas se pongan chungas”.

El lugar se llama “Ciudad de los Niños” pero a esta hora no se ve ni uno solo. “Están en clase”, apunta Lola Espinosa, la directora de este centro para menores tutelados de Málaga. El complejo, situado en un lugar recóndito entre una autovía y un cementerio, lo forman tres edificios. Uno pequeño donde viven 17 niños, otro más grande con 29 y una escuela. La mayoría de quienes ocupan estos cuartos nacieron en Marruecos, Mali, Guinea o Costa de Marfil y viajaron hasta España solos -en los bajos de un camión o agarrados a una patera- para “mejorar su vida”. En muchos casos, fueron sus padres quienes pagaron el viaje con tal de darles una “oportunidad”. 

“Cada niño es un mundo. Muchos vienen con la idea de trabajar y mandar dinero a la familia, pero aquí les explicamos que la prioridad es que estudien -dice Lola- como mínimo que se saquen el graduado escolar, porque es el único salvoconducto que tendrán cuando cumplan los 18 años y el sistema les expulse a la ciudad de los adultos. Hasta entonces aquí están protegidos y siguen las rutinas de cualquier casa de familia. Por la mañana van a clase, por la tarde estudian, hacen deporte, lavan la ropa, ven la tele. Un simulacro de vida normal. La mayoría de los niños aprovecha el tiempo, se integra en el centro. Lo único que necesitan es mucho seguimiento y también mucho apoyo afectivo”. 

En Ciudad de los Niños hay un educador por cada ocho niños. También hay una psicóloga y varios mediadores de origen marroquí. Pero en otros centros no hay nada de eso. Un informe de Unicef publicado en febrero de 2019 reconocía graves carencias en muchas casas de acogida de la “frontera sur” -que incluye Andalucía, Ceuta y Melilla-, la región donde viven más de la mitad de los 13.400 menores extranjeros tutelados en España. 

Entre ellas, denunciaba la falta de educadores, psicólogos, mediadores e intérpretes. “La calidad sigue siendo una asignatura pendiente en todas las comunidades”, lamenta Sara Collantes, responsable de migraciones de Unicef. “Muchos de estos centros no tienen recursos para atender a los niños como ellos necesitan, de forma individualizada”. Sin adultos suficientes y cualificados que les acompañen, les pauten unas normas o les hablen en su idioma, el resultado es un montón de adolescentes frustrados, incomprendidos, terriblemente frágiles. 

Observamos una fotografía. En ella hay un niño. La nariz diminuta, el pelo ralo, la piel imberbe. Es la de un chaval que no ha pasado de la secundaria, pero hay algo perturbador en sus ojos. Una mirada hueca, desahuciada de sí misma. La foto muestra el momento en que Mohamed tocó fondo. Entonces tenía 15 años.

Él había llegado a España dos años antes. En ese tiempo recorrió los centros de acogida de media Andalucía. “Nunca me escolarizaron, todo el día daba vueltas sin nada que hacer. Veía la televisión, repetía las mismas películas, me sentaba en las mismas sillas, una rutina agobiante”. Por eso Mohamed escapaba, volvía a ingresar a otro centro, volvía a escaparse. Así hasta los 15 años cuando Mohamed tocó fondo y, justo entonces, remontó. Encontró a personas que apostaron por él. Hoy con 20 años estudia segundo de bachillerato y trabaja como intérprete en un centro de menores: “Intento ser un referente para los chicos. Les digo que cuiden su imagen, que no griten, que no fumen, sobre todo que estudien”, nos cuenta ilusionado. 

“La adolescencia es el momento más difícil de la persona, donde está todo en ebullición emocional. Uno no sabe quién es, intenta romper con sus referentes. Por eso el punto álgido de la delincuencia siempre es a los 17”, explica Elisa García España. Y eso es universal, se nazca donde se nazca. La diferencia de estos adolescentes es que ellos deben afrontar además otra serie de dificultades. “La mayoría pone en riesgo su vida para venir. Te cuentan que han visto morir a compañeros o que ellos mismos han tenido mucho miedo”, comenta Iriana Santos, psicóloga e investigadora del Grupo sobre Familia e Infancia de la Universidad de Oviedo. 

“Luego cuando llegan, las expectativas que tenían no se cumplen, y eso también les frustra -añade- porque resulta que no pueden trabajar, porque los trámites para conseguir la documentación se eternizan, porque tienen miedo de encontrarse a los 18 sin papeles y en la calle, porque saben que es ahí cuando las cosas ‘se pondrán chungas’ de verdad”. Iriana repasa problemas emocionales comunes en estos niños: ansiedad, depresión, estrés postraumático. Problemas que casi siempre pasan desapercibidos porque ellos acuden mucho menos a tratamientos en salud mental. “He visto casos conflictivos, no te lo voy a negar. Casos de niños que consumen drogas, que se fugan, pero no son tan abundantes y cuando ocurren es por una mala intervención, porque no se les está atendiendo bien”. 

 “¿Por qué nos tienen tanto miedo?”, le preguntó una vez un grupo de chavales tutelados a Helena Pernias. “Si somos personas normales. Venimos aquí a trabajar”. Y a ella le tocó tragar saliva muy fuerte. Helena es educadora social en la Asociación Marroquí para la Integración de Inmigrantes. Su trabajo consiste en inculcar a estos niños valores como la convivencia, la justicia, el respeto. A veces le toca algo más difícil, como enseñarles los titulares del día. “Ellos tienen miedo también y sienten vergüenza, sobre todo vergüenza. Saben la visión que la gente tiene de ellos”. 

Utilizar la palabra “terror” para referirse a unos niños no es una decisión inocua, lo que hace es alimentar eso que las ciencias sociales llaman el “miedo al delito”. Es decir, la percepción subjetiva de inseguridad ante una amenaza que puede ser real o imaginada. Curiosamente en España, a pesar de ser uno de los países más seguros de Europa, tenemos una tasa de miedo al delito bastante superior. 

“En el caso de los menores, el miedo está muy ligado al desconocimiento”, apunta Laura Vozmediano, profesora de Psicología Social en la Universidad de País Vasco. “La etiqueta de MENA influye. Al no llamarles niños ponemos el peso en el hecho de que sean extranjeros y quitamos de esa etiqueta toda la situación de desamparo y vulnerabilidad que viven”. Ese miedo injustificado –continúa Vozmediano- perjudica “tanto a nivel personal como social en los barrios”. Perjudica incluso a quienes temen, ya que “pueden dejar de usar ciertos espacios públicos”. Pero sobre todo pone en peligro a estos jóvenes, “los convierte en objetivo”, y así lo demuestran las agresiones a menores y casas de acogida ocurridas en Madrid, Barcelona y Zaragoza. “Nunca antes habíamos visto un ataque tan grave a unos niños”, alertan desde Unicef, “necesitamos actuar cuanto antes”. 

Para eso “tenemos que dejar de aislarlos”, señala Nuria Empez, antropóloga y educadora social. Se refiere al hecho de que los niños migrantes sean separados del resto de menores tutelados españoles y colocados en centros “para menas”. Con eso –dice- los convertimos de entrada en niños diferentes. Si además esos centros se ubican en lugares remotos, opacos, cerrados sobre sí mismos, contribuimos a aumentar la desconfianza de quienes viven alrededor. “Lo que hay que hacer es abrir los centros”, insiste Empez. “Que los vecinos vean que no pasa nada”. Sobre todo porque los niños también necesitan esa sensación de pertenencia, poder construir una red social ya sea a través del colegio, de las asociaciones del barrio o del equipo de fútbol local, una experiencia que ya se está probando con éxito en varias ciudades. 

Proteger a los menores, como establece el mandato de la ONU, no consiste solo en darles alojamiento, comida o educación, también se trata de ayudarles a construir vínculos y para eso es imprescindible la labor de los ayuntamientos. Que en lugar de encabezar marchas de protesta, trabajen con la comunidad, informen a los vecinos, normalicen la presencia de estos niños. Porque así los discursos del miedo tendrán muy poco de qué alimentarse.

“La mejor garantía para tener un barrio seguro es la integración plena, la convivencia”, recuerda Sara Collantes de Unicef. “Ahí es donde hay que luchar y pedir firmas”. 

 

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