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José Ignacio Martínez

Cuando el banco regala TIEMPO y olvida el dinero

Hace más de 20 años nació la primera asociación en España que intercambiaba dones y servicios sin mediar un euro de por medio. Hoy, unas 150 organizaciones mantienen activo un sistema de trueque que pone el foco en las relaciones humanas, en la necesidad de acompañarse, de vivir con la satisfacción de dar y recibir. Así funcionan los llamados bancos de tiempo. 

 

Hay bancos que rebosan lealtad, presumen de honradez y abogan sin censuras ni cordones sanitarios por todo tipo de relaciones humanas. Bancos a los que acuden las personas a depositar ilusión, o a generarla, y que no mira, porque no le importa, que sus usuarios sean pobres, humildes, parados, ancianos o personas a los que la vida ha castigado con una soledad tardía y no deseada. Bancos cuyos préstamos consisten en sonrisas y agradecimientos y que no luchan por acumular dinero, riquezas o por escapar de cualquier deuda, sino por almacenar e intercambiar horas de trabajo. Por alentar el calor humano. 

Johnattan Stivens, colombiano de 29 años, piel mestiza, pelo rizado, conoció uno de estos bancos al poco tiempo de aterrizar en España. Él llegó a Sevilla, donde se asentó, hace solo un par de años. “Entonces estaba con una chica que sabía que me gustaban este tipo de historias y, un día, me dio un folleto que ponía ‘Bancos de Tiempo’. Me dijo: ‘creo que esto te puede interesar’. Así que decidí llamar por teléfono y mira, hasta hoy”, afirma Johny (así dice que le llaman sus amigos) sin disimular su orgullo, sentado en una silla del Centro de Servicios Sociales y Comunitarios San Pablo, un conocido barrio de la capital hispalense.

Un Banco de Tiempo es, en realidad, un sistema gratuito de intercambio de tiempo donde la moneda en circulación es la hora. Un sistema de ayuda entre iguales en donde cada participante ofrece algo de su tiempo a otra persona y, a cambio, recibe un servicio de otros usuarios para lo que él precise. Cada Banco de Tiempo es un proyecto independiente con financiación igual de independiente; puede surgir de un colectivo cualquiera de un barrio cualquiera, de una AMPA, de alguna empresa, de titularidad municipal… Cada uno con sus normas particulares, sus estructuras propias, sus usuarios, sus voluntarios o sus trabajadores. El primero de España nació hace ahora 21 años en Barcelona, en el barrio de Horta, con un enfoque femenino de conciliación de la vida laboral y personal. Hoy, la semilla que germinó en la capital catalana hace que Cataluña sea la comunidad con más Bancos de Tiempo, unos 60 de los 150 aproximadamente que se mantienen activos en todo el país. 

“Al principio no sabes ni qué puedes ofrecer ni qué te puede hacer falta a ti. Conforme pasa el tiempo ya no te ocurre más. Yo he descubierto otras cosas que no pensaba que iba a poder ser capaz de hacer. Ahora, por ejemplo, voy una hora a la semana a enseñar a leer y escribir a una mujer que no sabe hacerlo. Al final, el intercambio se convierte en mucho más que eso”, explica Johny. Y reconoce también que él ha necesitado muchos servicios de otros usuarios. “Desde una llamada, a un ‘Hola, ¿cómo estás?’, a una invitación a una reunión… A mí me llena más eso que algo técnico, que también está chulo y es necesario aunque yo me decante más por lo otro”, dice. 

El Banco de Tiempo donde Johny ofrece sus horas echó a andar en 2011 y es de titularidad municipal; el Ayuntamieto de Sevilla es el encargado de su gestión. “Pero ya han pasado por el gobierno el PP y el Psoe y se ha mantenido. Todos los gobiernos de la ciudad lo han conservado”, afirma María Isabel, trabajadora social del proyecto. La zona San Pablo/Nervión, barrios populares y populosos de esta ciudad andaluza, fue la primera en disfrutar de este servicio. Después se fueron uniendo más, hasta llegar a los 13 centros de servicios sociales que mantienen su Banco del Tiempo en la actualidad.

“Yo creo que el banco de Tiempo es una gran familia de personas que quieren ayudarse mutuamente. Es como volver a recuperar las casas antiguas de vecinos: acompañarse al médico, elaborar un bizcocho para una persona que no sabe hacérselo… Ahora somos alrededor de 800 personas en toda Sevilla, unas 500 de ellas activas con toda normalidad que hacen algún intercambio al año”, añade María Isabel, que dice también que los usuarios más necesitados suelen ser parados o personas mayores sin familiares o amigos que pasen horas con ellos. “Lo que más se demanda son temas de arreglo doméstico, acompañamientos, cosas de informática (incluso teléfonos móviles, que todavía hay mucha gente que no sabe utilizarlo), intercambios de cocina, muy popular en las pasadas Navidades…”.

Hacen crecer a las personas. “Cada Banco de Tiempo es completamente independiente, pero la columna vertebral de todos ellos es la misma: crear una red de contactos para hacer crecer a las personas, ofrecer y pedir servicios. Lo que se busca, en realidad, es interactuar con el entorno”, sostiene Maria Nikolopoulou, presidenta de la Asociación para el Desarrollo de los Bancos de Tiempo, colectivo cuya función es facilitar las herramientas (sobre todo lo que tenga que ver con la parte administrativa) de manera gratuita para que estos proyectos salgan adelante y para facilitar que todos los bancos de tiempo, en la medida de lo posible, estén conectados entre ellos. 

Comenta también Nikolopoulou que la idea no resulta demasiado novedosa, que es una réplica forzada de la manera de interactuar con la vida de los pueblos de antes, una forma de romper la desconfianza entre los vecinos. Y que no se sabe bien dónde comenzó; hay quien dice que fue en Estados Unidos, otros que en Italia, o en Japón… Y que no es lo mismo ser usuario de un Banco de Tiempo que realizar un voluntariado, aunque ambos términos tienden a confundirse. “Se diferencia por la bilateralidad del proyecto; en el voluntariado solo hay una dirección, en los bancos de tiempo todo el mundo tiene que ofrecer un servicio y aceptar otro. Por eso se paga con horas. Pero, en realidad, estos servicios son la excusa para que la gente interactúe, para crear vínculos sociales. Además, el voluntariado es una acción puntual y nosotros intentamos crear conexiones, algo que solo te permite la regularidad de las acciones. Aquí somos todos iguales”, explica. 

Johny, el colombiano afincado en Sevilla, admite que estas peculiaridades, este sentimiento de pertenencia, le ha calado tan hondo que incluso desistió de mudarse a otro país. “No duré fuera ni siquiera unos días. Cuando no había pasado ni una semana ya había vuelto y, en gran parte, fue gracias a todas las personas que he conocido en el Banco del Tiempo. Me he dado cuenta de que todos podemos ser útiles de una forma muy simple”, dice Johny, que actualmente estudia Electrónica, trabaja como ayudante de cocina en un restaurante y también da clases particulares. “Esto para mí es como una familia”, resume con rotundidad y con una sonrisa que no ha abandonado en toda la charla. 

María Isabel se expresa en los mismos términos. “Se han hecho parejas, familias, hemos creado red familiares, vecinos que no tenían quién los sacase ahora son amigos del que vive enfrente suya. Se ha establecido una red de ayuda impresionante”. 

De la misma manera, también añade que todo ello alivia los meses de parón, los meses de verano en los que el movimiento de personas y vecinos es nulo (sobre todo en ciudades como Sevilla, donde el calor no da tregua en esa época del año). “Hay usuarios que dicen: ‘no necesito pedir, si no solo dar. Y cuando lo necesite, pues te llamo’. Por eso organizamos actividades de compensación, para que esas personas puedan recibir algo a cambio de sus horas”. 

Y finaliza: “Animo a la gente que se apunte porque no solo ayuda a otras personas. También te paras a pensar en ti mismo y en la gente que te rodea en tu día a día”.

 

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