Despertar

Mateo González

Cardenal Arzobispo de Rabat: "Hablamos poco con los musulmanes"

Nacido en 1952 en Vélez-Rubio (Almería), su infancia la pasó en Badalona (Barcelona) donde fue al colegio salesiano. Tras profesar en la congregación a los 32 años fue a Paraguay, donde estuvo hasta 2003 cuando iría por primera vez a Marruecos. Cardenal desde hace apenas unos meses, recibió al papa Francisco en el país alauita el pasado marzo.

 

Cuando en 2003 Cristóbal López Romero fue enviado como director de la comunidad salesiana de Kenitra, a 50 km de Rabat, la capital de Marruecos, no podía imaginarse que –tras pasar un periodo como provincial en Bolivia y España y habiendo pasado varias décadas en Paraguay– iba a ser nombrado en diciembre de 2017 arzobispo de Rabat. 

Cuando Francisco dejó Marruecos dijo que había visto muchas “flores” y que los “frutos llegarían”. ¿Qué es lo que ha visto brotar ya?

Aun se están dando algunos de los frutos del viaje que san Juan Pablo II hizo hace 30 años. El viaje ha sido muy importante por la presencia del Papa y por el hecho de escuchar al rey Mohamed VI decir en público, entre otras cosas, que el diálogo interreligioso es insuficiente tal como se ha hecho hasta ahora o que el momento de la tolerancia y de la coexistencia han pasado y tienen que ser sustituidos por el conocimiento mutuo, la estima, el respeto y el trabajo conjunto para construir un mundo de fraternidad. Todo esto está empezando a fermentar en la sociedad marroquí y he notado ya, a partir de la visita, un mayor interés de muchas autoridades religiosas y políticas por el diálogo interreligioso o el acercamiento a la Iglesia. Este es un primer fruto, aunque el camino es largo.

Y la comunidad cristiana, ¿se ha visto fortalecida con este viaje?

El papa Francisco ha quedado muy satisfecho con el viaje, y lo ha dicho varias veces. En la comunidad cristiana quedó una sensación inmediata de paz, de esperanza y de alegría extraordinarias. Estábamos todos como flotando en el aire… y esa sensación ha generado una especie de elevación de la autoestima de nuestra comunidad cristiana, insignificante en cantidad pero significativa en calidad, y ha elevado también el nivel de compromiso de los distintos agentes pastorales para que lo que vivimos pueda ser útil a la Iglesia universal. Estoy convencido de que lo que vivimos puede ayudar mucho a Iglesias como la de España.

Emiratos Árabes, Egipto y Marruecos son ejemplos que Francisco ha puesto a la hora de señalar el diálogo con el islam. ¿Qué pasos son necesarios todavía?

Estamos extendiendo a toda la base esta convicción “todos somos hermanos y juntos tenemos que luchar por hacer un mundo mejor, construir la fraternidad universal”. Hay que extenderlo entre los cristianos y los musulmanes, ya que todavía hay muchísima gente en un lado y en el otro que ven las cosas en clima de hostilidad. No me cansaré de repetir que los musulmanes no son nuestros enemigos o nuestra competencia, son hermanos con los que compartimos muchos elementos de nuestra fe y con los que estamos llamados –como creyentes que somos, hijos todos de Abrahán, hermanos en Adán, criaturas de Dios– para construir ese mundo de fraternidad que nos propone el Papa. Hace falta una gran campaña, de un lado y del otro –del Mediterráneo norte y sur, del cristianismo y del islam– para extender esta mentalidad: todos somos hermanos y vivimos en un mundo que es la casa común de todos.

En un lugar con una comunidad cristiana tan heterogénea, ¿cómo se vive?

Precisamente, nosotros alardeamos un poco de ser muy católicos, en el sentido etimológico de la palabra: muy universales. Somos pocos, pero de cien nacionalidades diferentes. Esto es muy hermoso, pero es un desafío extraordinario construir la comunión entre europeos y africanos, entre marfileños y cameruneses, entre congoleños y senegaleses… que no son todos iguales. Ser signos de comunión y fraternidad más allá del color de la piel y de la nacionalidad o la lengua y la cultura es ya una manera de predicar el evangelio que tenemos nosotros los cristianos. Cuando en nuestras comunidades rezamos juntos estas personas tan diversas, estamos lanzando un mensaje, sin abrir la boca, sin transmitir ninguna consigna… estamos diciendo: un mundo de hermanos es posible, aquí lo estamos viviendo. Aunque esto no es fácil.

La Iglesia en Marruecos sabe, literalmente, lo que es predicar en el desierto. ¿Cuál es la propuesta pastoral que se puede hacer en este contexto?

Los agentes pastorales dedicamos nuestro tiempo en construir la comunidad cristiana, tenemos catecumenado, catequesis, hay movimientos cristianos… También hay diferentes actividades culturales, como son las 15 escuelas que tenemos con 12.000 alumnos en las que trabajan 800 musulmanes. Hay religiosos trabajando en ellas o en actividades sanitarias, centros de promoción de la mujer… y hay muchas personas insertas en las estructuras civiles marroquíes, religiosas trabajando en la salud pública o en asociaciones o empresas. Los laicos evangelizan en la vida de cada día con su testimonio en la universidad –hay unos 5.000 estudiantes católicos–, en las empresas… hay diplomáticos o comerciantes que tienen que llevar el evangelio donde se encuentran. No con la Biblia bajo el brazo, sino construyendo y transformando las realidades en las que están insertos según los valores del evangelio. En nuestras sociedades de tradición cristiana se ha llegado a identificar evangelización con una actividad “oral” pronunciando palabras, pero eso no basta… Aquí tenemos la suerte de descubrir que evangelizar es llevar el evangelio a todas las realidades, y esto es válido para toda la Iglesia, en todas las circunstancias y lugares del mundo. 

Y esta tarea, ¿es fácil o hay signos de aridez política o social?

Hay personas que perciben esta realidad como árida porque se esperaban mucho fruto, aunque también hay quienes ven brotes verdes, ven la botella medio llena. Yo me he encontrado muchos signos de la presencia y del crecimiento del Reino de Dios en medio de nosotros. Por eso no puedo dejar de estar contento. A algunos le parecerá que estos signos son algo ordinario, pero es donde crecen el Reino. No hay grandes espectáculos o conversiones masivas, pero sí hay brotes del Reino que crece más allá de nuestra tarea, o también gracias a nuestra colaboración en la obra del Espíritu que actúa.

Uno de esos signos será el diálogo, ¿puede ser la aportación más importante que los cristianos están haciendo al Marruecos del futuro?

Creo que sí, el acercamiento, el salir al encuentro del otro… hay quien valora mucho nuestras escuelas o centros médicos. Yo valoro más un espíritu de acercamiento y de superación de historias pasadas y de confrontación e, incluso, de guerra. Esto, aunque es menos cuantificable, tiene más valor. Nuestra aportación a la sociedad marroquí y a la Iglesia católica universal es esta experiencia de convivencia, de fraternidad, de trabajo conjunto de musulmanes y cristianos.

Por ello, también la aportación formativa de las iglesias cristianas del país.

En efecto, con el Instituto Ecuménico Teológico Al Mowafaqa, creado entre protestantes y católicos, busca formar agentes de pastoral capaces de actuar, en sus iglesias respectivas, en este clima de diálogo interreligioso. Hay un curso de cuatro meses en el que se forma para ejercer este diálogo. Esta es una aportación que puede servir a muchas personas de Europa.

Dentro de la Iglesia, se oyen voces de quienes ven en este diálogo, encuentro y apertura con recelo respecto a la tradición. ¿Qué experiencia tiene la Iglesia en Marruecos?

Si existen cristianos católicos con este planteamiento les digo –y que me perdonen– que eso es pecado. No aceptar el trabajo por una fraternidad universal es anticristiano, va contra el mensaje fundamental del evangelio y de Jesucristo. Y quienes ven todavía a los musulmanes como el enemigo a combatir no han leído el Vaticano II, que en Nostra aetane dice que la Iglesia “mira con aprecio a los musulmanes” (núm. 3) con los que compartimos elementos fundamentales de nuestra fe. Y pasadas unas décadas apenas hemos dado el primer paso por acercarnos. Es una pena que en España se hable tanto de los musulmanes y se hable tan poco con los musulmanes. Animo a todos a esto, cuando alguien habla con los musulmanes por primera vez acaba diciendo “son como nosotros”. Claro, ¿qué pensabas que son extraterrestres? Son personas como nosotros, hijos de Dios. En esto muchas Iglesias históricas necesitan conversión, es una buena tarea para la próxima cuaresma.

En materia religiosa, ¿la comunidad cristiana vive con serenidad en Marruecos?

Siempre hemos tenido la posibilidad de vivir tranquilamente nuestra fe, lo que no quita que aún queden muchos pasos que dar en la mentalidad cultural. En el ambiente social hay todavía mucha tarea que hacer en los ciudadanos de una y otra religión.

Marruecos –con sus diócesis de Rabat y Tánger– es tierra de frontera, de llegada y salida. Tras la jubilación de Monseñor Agrelo, ¿cómo sigue siendo la acogida que se ha vivido siempre la Iglesia?

He notado mucho el cambio porque he tenido que asumir parte de sus responsabilidades como administrador apostólico. Monseñor Agrelo se implicó muy a fondo en esta tarea de atención a hermano en situación de migración, construyendo la delegación diocesana de migraciones que continúa esta labor. Aunque en lo que él hacía personalmente nadie le puede reemplazar, ni yo ni nadie. La estructura que él creó sigue en pie y cada vez con mayor fuerza porque, por desgracia, el flujo no disminuye y las situaciones por las que pasan en su largo trayecto es más complicada. El fenómeno de las migraciones –no son un problema, son las consecuencias de problemas políticos, económicos, sociales o, incluso, religiosos– seguirá mientras el mundo globalmente no reaccione y tome medidas para cambiar el sistema económico vigente que, en palabras del Papa, es un sistema que mata. También en el comercial hay mucho por hacer, con leyes que no sean injustas con los países productores de materias. En este sentido, es aberrante que Europa, en un gesto de “extraordinaria generosidad” haya dado 680 millones para ayudar al desarrollo de África mientras sus empresas expoliaban en un año 20.000 millones de euros. Esto clama al cielo, estamos en un sistema injusto que provoca la situación de las migraciones. Por más barreras, fosos, muros y fronteras que pongan en Europa no se va a acabar esto mientras se viva la desigualdad en la que estamos. Hay una frase que dice: si las riquezas no van donde están los pobres, estos irán donde están las riquezas. Nosotros intentamos practicar los cuatro verbos que el Papa propone para estas situaciones: acoger, proteger, promover e insertar. Atendiendo a los más vulnerables somos conscientes de que estamos poniendo un parche de bicicleta en una rueda de tractor; no estamos resolviendo ningún problema pero estamos poniendo paños calientes a personas que los necesitan y hacemos un bien.

Usted en poco tiempo ha pasado de la vida salesiana a ser un cardenal en medio del desierto, ¿cómo ha vivido este cambio?

He pasado de ser un salesiano –es decir, un cristiano enamorado de Cristo y de los jóvenes– a ser un salesiano en Marruecos. He cambiado de habitación pero sigo en la misma casa, que es el mundo. He cambiado de personas que están a mi alrededor, pero sigo en la misma familia que es la humanidad. Tengo la misma misión que antes aunque he cambiado algunas actividades… pero no cambian las cosas en profundidad. Cambia el vestido que te pones, pero no tu personalidad. Mi misión es la misma, antes y después, construir el Reino de Dios, aquí y allí. Y lo hago con unas personas distintas a las de antes en unas actividades diferentes pero los fundamental sigue siendo lo mismo. Además, tengo interés en seguir siendo el mismo, simplemente Cristóbal, el “portador de Cristo”. Al darme el nombre mis padres y mi familia me dieron ya mi plan de vida. Dios quiera y las oraciones de muchos amigos me ayuden a llevar adelante ese proyecto. No pretendo otra cosa y esa era y es mi vida. 

 

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