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Tamara Cordero

Héroes en urgencias... y en casa

Son las 8:30 horas y Luis acaba de llegar a casa de un turno de trabajo en una clínica privada. Primero se dispone a ducharse. Después desayunará y, a partir de ahí, dormirá unas horas para volver a la lucha contra el COVID-19 a las tres de la tarde en un hospital público. Mientras, en la trinchera, su familia. Es la realidad de los sanitarios en estos días en los que su hogar es el mejor refugio.

 

Luis Soler es enfermero. Trabaja a tiempo completo en el Hospital Quirón en Málaga, aunque también compagina su jornada laboral con la bolsa de empleo del Servicio Andaluz de Salud. En plena crisis sanitaria del COVID-19 también está trabajando a jornada completa en el Hospital Regional de Málaga. Lo único que le ha pedido a su supervisora en la pública es que tenga en cuenta respetarle los horarios de la privada, ya que, al tratarse de una pandemia y por cuestiones de seguridad, no puede cambiar turnos. Es joven y comprometido con su trabajo. “Se están haciendo las cosas bien –nos cuenta-, por lo menos en Málaga. Los hospitales están haciendo cambios estructurales que son buenos para atender este tipo de pacientes, por ejemplo, en urgencias se separan los posibles positivos del coronavirus de los demás, para no poner a más personas en riesgo”. 

A él, como a todos los sanitarios, le preocupa cómo se está gestionando la sobrecarga de trabajo, y sobre todo como se sienten psicológicamente sus compañeros: “Yo cursé el máster de urgencias, emergencias y catástrofes por lo que ahora estoy viviendo, en la realidad, todos los ejercicios prácticos que he llevado a cabo estos años; creo que por eso tengo toda la parte psicológica más controlada, pero me preocupa el estrés de mis compañeros, el estado de ansiedad de pensar que esto es muy grande y que no podemos con ello”, nos cuenta desde su casa en unos de los pocos momentos de descanso que está teniendo estos días. 

Luis vive con su mujer, Mercedes. Son jóvenes y ninguno de los dos ha presentado síntomas hasta ahora. Por eso intentan seguir haciendo una vida normal el tiempo que tienen libre, eso sí, sin salir de casa. Luis llega, se quita la ropa a la entrada y deposita todos los objetos que trae del hospital en un mismo sitio, cada día. Entonces pone una lavadora con toda su ropa y seguidamente se da una ducha. Estos pasos son indispensables para dejar al virus en el felpudo de la entrada de casa. 

Nos lo cuenta también María del Rosario Colastro, administrativa de un hospital de Madrid: “cuando vuelvo del trabajo pongo la lavadora para evitar cualquier tipo de contagio y me voy directamente a la ducha para lavarme rigurosamente pelo y cuerpo. Además, en casa nos duchamos todos dos veces al día y usamos desinfectante de manos en cada una de las habitaciones. Yo soy la única que sale al exterior”. Es duro, su trabajo ha cambiado mucho en los últimos días. Ella, como otros tantos profesionales del sector de la salud, está adquiriendo un rol muy importante en el triaje de pacientes que llegan al hospital con síntomas de infección por COVID-19: “Mi trabajo antes era administrativo, ahora me toca discriminar lo importante de lo urgente a la llegada de los pacientes”, nos cuenta y añade: “Lamentablemente en el hospital no se cuenta con una gran cantidad de EPIs (Equipos de Protección Individual), de modo que lo poco que se tiene se le ofrece a los médicos y a las enfermeras. Son, sin duda, quienes más lo necesitan. Nosotros contamos con guantes y gel desinfectante si nos hace falta”. En casa evitan todo tipo de contacto, desayunan por turnos y “ya no hay beso de buenos días”, nos dice apenada.  Sin embargo, también destaca que todos lo entienden. “Salgo porque debo arrimar el hombro y en el fondo estoy en una situación privilegiada: vivo cerca del hospital y el ambiente de trabajo es de absoluto compañerismo”, nos cuenta. 

Por su profesión, se enfrentan cada día a momentos muy complicados y difíciles de gestionar. Alex Soriano, jefe del servicio de enfermedades infecciosas del Hospital Clínic de Barcelona nos cuenta que “no podemos permitirnos tener a sanitarios de baja y somos conscientes de que si aplicamos las medidas de prevención adecuadas el riesgo se flexibiliza. De momento en Barcelona disponemos de material suficiente, y lo que más nos preocupa es la enorme afluencia de pacientes que puede comportar una saturación del sistema con faltas de cama de UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) para los pacientes más graves”. Una situación con la que se encuentran cada día los diferentes hospitales de la geografía española. 

No se vive de forma muy distinta desde casa. Raquel –nombre ficticio– es residente de tercer año de medicina familiar y comunitaria en un hospital madrileño. Hace 10 días que está de baja por un posible contagio de COVID-19. Aunque no estuvo en contacto directo con pacientes positivos, sí que lo hizo con médicos que trataban a estos pacientes. Ella aún no está contabilizada en los datos del Gobierno español, ya que después de casi dos semanas en casa, todavía no tiene el resultado de la prueba diagnóstica que confirme su caso. Como Raquel, muchos médicos y sanitarios se han contagiado ya, y se quejan de las pocas medidas de seguridad que se están llevando a cabo. Ella es una más en una lista que ya roza los 12.000 sanitarios infectados cuando escribimos estas líneas. 

Raquel siente impotencia al no tener ni siquiera el resultado de la prueba: “Estoy con la incertidumbre de saber cuándo podré incorporarme para ayudar a mis compañeros que están saturados en este momento”. Ella vive con sus padres, uno de ellos con factores de riesgo, y se encuentra aislada en una habitación de la que solo sale para asearse cada día. “Me gustaría que, ahora que tenemos tiempo, todos dedicáramos unos minutos para reflexionar y valorar el uso que damos a nuestra sanidad pública”, nos pide desde su cuarentena.  

En estos momentos se hace más presente que nunca el nivel de compromiso y la vocación de servicio público de estos profesionales que se están enfrentando a jornadas infernales, ponen en riesgo su propia integridad física y siguen atendiendo a los pacientes con una sonrisa. “Vivo mi trabajo con responsabilidad y preocupación, quiero hacerlo lo mejor posible”, nos cuenta Isabel Cisneros, enfermera de UCI del Hospital Virgen de la Victoria, en Málaga. “Los compañeros intentamos mantenernos unidos, pero es cierto que el cansancio, la preocupación, la responsabilidad y la falta de material aumenta el estrés al que nos vemos sometidos”, recalca. 

“Lo que más fuerza me da en el trabajo es la actitud de los médicos y todo el personal sanitario, que estamos unidos para dar una respuesta ante el reto que supone tratar pacientes con una nueva infección y ofrecerles la mejor asistencia posible”, nos dice Alex, después de cenar, en su único momento libre del día. 

Estos héroes son la primera línea de defensa de nuestro país ante una situación tan complicada como es la lucha contra un enemigo invisible. Conseguiremos doblegarlo. Y cuando cierran sus taquillas en el vestuario del hospital y vuelven a casa, la situación que se encuentran roza lo surrealista: “Es como una película de ciencia ficción –nos dice María del Rosario- nos saludamos los pocos que quedamos por la calle, pero es desolador”. 

Sin embargo, al cruzar el umbral de la puerta del hogar, Luis, Alex, Isabel y María del Rosario, se resguardan en las trincheras contra el virus: sus familias. Ellos son los que los acompañan en los momentos de descanso, los que intentan poner todo de su parte para que las horas que puedan pasar en casa sean lo más normales y rutinarias posible. 

“Todo es cuestión de equilibrio entre mi trabajo, mis hijos y mi marido – nos dice Chesca, la mujer de Alex-. Él realmente está viviendo una situación muy dura y las pocas horas que pasa en casa intentamos animarlo y estar con él. A mí me gusta mucho cocinar y nunca tengo tiempo, por lo que estoy aprovechando estos días. Le esperamos para cenar y comentamos juntos el día, jugamos un rato y hablamos en familia. Y más tarde, le escucho, me cuenta cómo le ha ido y con qué situaciones se ha encontrado”. La mayor parte del tiempo, Alex sigue trabajando cuando llega a casa. Debido al puesto que desempeña en el Clínic de Barcelona tiene que seguir recibiendo y respondiendo las llamadas que llegan a su smartphone, informándose y formándose a través de la lectura de diferentes artículos científicos y actualizando los protocolos de actuación del centro hospitalario. Aun así, llegar a casa es para él un alivio: “es muy importante en estos momentos tan duros el apoyo incondicional de la familia”, nos dice. 

Seguir con las rutinas previstas, dedicar tiempo a estar unos con otros y liberarnos de cargas para poder atender y acompañar a estos profesionales en su tiempo de descanso, son las medidas que están adoptando sus familias. “En casa es el único momento que puede desconectar de todo el horror y el frenesí que vive desde que llega al hospital hasta que se va. Creo que lo que más le anima es sentarse con nosotros a cenar y saber cómo nos ha ido el día. Somos como un pequeño kitkat que le da fuerzas para seguir trabajando”, prosigue Chesca. 

“Mi familia vive con preocupación esta situación y también el que tenga que ir a trabajar cada día, aunque intentan en todo momento darme fuerzas en casa y el resto de personas de mi entorno lo hace con muestras de cariño virtuales”, nos dice Isabel en una conversación que mantenemos entre turno y turno de trabajo. 

Ella vive con su marido y sus dos hijos. Lucía, la mayor, llegó hace unos días desde Reino Unido, donde suspendieron las clases universitarias. Nos cuenta que “está siendo muy duro, principalmente por mi madre, porque tiene que trabajar muchas horas y casi no la vemos, pero intentamos ayudarla como podemos: ocupándonos de las tareas de casa y reservándonos tiempo libre para pasarlo con ella el rato que está de descanso antes de volver al hospital”. 

¿Recordáis cuando de pequeños jugábamos al pilla-pilla y definíamos una columna del patio del colegio como “casa”? Ese lugar seguro donde no podía pasarnos nada, donde nos resguardábamos de la adrenalina que nos provocaba el correr a toda prisa mientras huíamos del que “la llevaba”… En esto se han convertido las familias de los sanitarios. Ya lo eran, pero hoy cobran más fuerza ante situaciones desbordantes de trabajo, pocas medidas de seguridad y un ascenso de casos que les hace estar muy preocupados por el futuro más inmediato de esta crisis sanitaria. En sus hogares descansan, desconectan y cogen fuerzas para seguir luchando, en el campo de batalla, contra el COVID-19. 

Una cena especial, llegar del trabajo y saber que no tienes que encargarte de otra tarea en el hogar, un juego de mesa que te espera abierto para cuando termines de ducharte, el esfuerzo de tus hijos que se quedan en casa por el bien de todos, un rato de silencio, una vídeollamada de tus padres… Todo se torna especial cuando no podemos abrazarnos, ni darnos un beso, pero especialmente para ellos, nuestros héroes sin capa gracias a los que venceremos en esta guerra invisible.

 

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