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María José Carmona

La pena compartida

Una enfermedad en aislamiento. Una muerte en soledad. Una despedida sin afectos. Un duelo incompleto. El coronavirus deja heridas abiertas y profundas a los familiares de los fallecidos. 

 

Ha pasado más de un mes y el coche sigue aparcado frente al portal. Sin duda se trata de un fallo del sistema, algo que en condiciones normales no debería estar, que seguramente no estaría si este fuese un mayo cualquiera de un año cualquiera, pongamos un 2007 o un 2016. Pero estamos en mayo de 2020 y la vida sigue empeñada en recordarnos que no vivimos días normales. 

Es ahí, en lo más pequeño, en las diminutas grietas cotidianas, donde de pronto se nos revela que el mundo ya no es como siempre. En un coche que acumula telarañas y hojas secas entre la puerta y el retrovisor. Un coche que pertenecía a alguien que ya no está y cuyas pertenencias se han momificado. Y de ahí no se moverán hasta no se sabe cuándo. “Esta situación excepcional que vivimos hace mucho más excepcional todo lo doloroso”, cuenta Santi Riesco. Su padre, Ricardo, falleció el 19 de marzo a causa de un catarro diagnosticado como bronquitis o, como suele resumirse en estos días, a causa del COVID-19. Santi no pudo despedirse, como tampoco lo pudo velar. Sí lo enterró, pero fue un entierro raro, con guantes, mascarillas y metros de distancia que se sintieron kilómetros. El nuevo ritual de despedida, tan higiénico, tan prudente, tan incompleto.

“Nosotros ahora mismo sentimos que nos hemos saltado una página de nuestra vida y que tendremos que volver a ella. Necesitamos abrazarnos y llorar juntos. Necesitamos contacto físico para poder consolarnos, para sacar la pena de dentro y pasar la página bien”.

Los psicólogos dicen que esto no se parece a nada, que los duelos por COVID reúnen características muy diferentes a cualquier otro. “Hasta ahora los duelos por enfermedad eran un tipo de duelo anticipado. Cuando vemos venir la enfermedad nos preparamos psicológicamente pero con el Coronavirus no da tiempo”, explica Araceli Ortega, psicóloga sanitaria. 

Esto significa que estos duelos son más parecidos a los que se dan tras una pérdida traumática, rápida e imprevisible como un accidente de tráfico, pero a eso hay que sumarle el estrés por el confinamiento y sobre todo la falta de una buena despedida –con sus besos, sus abrazos sanadores-. Por eso este es un duelo excepcional y, como advierte la psicóloga, “tiene muchas papeletas para complicarse, pero no ahora, sino de aquí a los próximos meses. El duelo a diferencia de la depresión no se circunscribe a los dos o tres primeros días cuando fallece alguien. Es a partir del segundo o tercer mes”. 

Según las estadísticas, cada fallecimiento de una persona afecta de media a otras diez. Haciendo un cálculo aproximado y teniendo claro que en estos tiempos cualquier cifra queda desfasada de un día para otro, esto significa para nuestro país una comunidad de dolientes del tamaño de Pamplona. ¿Cómo vamos a afrontarlo?, ¿cómo haremos para ayudarles a aliviar su pena?

Debemos prevenir.“Todo es muy extraño. Ahora mismo que está todo parado y no podemos salir de casa creo que no somos conscientes de la pérdida. Yo lo sobrellevo con cierta tranquilidad, lo cual no significa que no me eche a llorar en cualquier momento”, relata Santi. 

Sus palabras recuerdan a aquello que escribió Joan Didion en “El año del pensamiento mágico”, el libro en el que narra su propio duelo tras la muerte repentina de su marido: “El dolor por la muerte de un ser querido viene en forma de oleadas, de premoniciones repentinas que debilitan las rodillas, ciegan los ojos, cancelan la normalidad de la vida”. 

Precisamente ahora que la vida es un poco menos normal, esa irrealidad habitual de los primeros momentos se acrecienta ante la repetición anómala e idéntica de los días. Asumir el cambio cuando todo permanece igual es como intentar subir por una escalera mecánica rota sin marearse.  

En todo caso, y como recuerda Didion, duelo viene del latín “dolium”, dolor. Todos los duelos duelen, pero hay veces que la pena se enquista, no se resuelve. Entonces se habla de duelo complicado o patológico. Suelen darse pocos casos –uno de cada diez- e incluso ahora puede que muchos dolientes no lleguen a sufrirlo. “Dependerá mucho de cada persona, cada duelo es diferente. Por eso es muy importante la prevención”, recuerda Ortega. Ella colabora como voluntaria en la asociación Alhelí, un colectivo dedicado a esta tarea preventiva. Cada semana terapeutas y familiares se reúnen – ahora lo hacen por Whatsapp- para hablar y compartir sus respectivas ausencias. “Ahora la situación es más alarmante porque hay más cantidad de pérdidas iguales, pero desgraciadamente eso de que se puedan ir personas sin poder despedirte ocurre a diario. Esté el COVID o no esté”, señala José. Él y su mujer llevan tiempo acudiendo a esta asociación tras perder a su hija y a su nieto de cinco años. Ambos víctimas de violencia de género. 

“Al principio piensas que no saldrás de ahí. Te preguntas por qué a ti, qué he hecho de malo. Nosotros tuvimos la ventaja de poder echar la culpa a alguien, pero en esta situación en la que nos encontramos, muchos se culpan a ellos mismos. Quisiera decirles que realmente no tienen culpa de nada, que las cosas pasan”, cuenta José. “Ojalá que no se rindan, que tengan fuerza y tengan la suerte de encontrar apoyo, es muy importante”, añade Isa, su mujer. Los grupos de duelo como Alhelí no abundan ni suelen contar con demasiado respaldo. “La muerte no vende, la gente no quiere hablar de ello”, lamenta Yolanda Verdugo, su presidenta, pero cuando toque recuperar la normalidad tendrán un papel fundamental, al igual que los servicios de salud mental o los médicos de atención primaria. “El 80% de las personas que sufren duelo lo primero que hacen es acudir al médico porque tienen síntomas físicos. Los médicos de atención primaria son los primeros que detectan si se está dando en esa persona un duelo complicado”, explica Sara Losantos, psicóloga de la Fundación Mario Losantos del Campo y especialista en duelo.

“Vendría bien reforzar los servicios de salud mental, que están bastante cortos y muy saturados, y sobre todo formar al personal en duelo”.

Despedir bien. Según la antropología social, los rituales funerarios cumplen una función imprescindible en cualquier comunidad. Sirven para socializar la pérdida, para marcar la transición, para apaciguar el dolor, la culpa, la incertidumbre. Si no hay ritual algo queda pendiente, esa página sin leer adherida a la anterior como en los libros viejos que en algún momento tendrá que retomarse. “Necesitamos despedir bien a nuestros difuntos”, asegura Jordi Moreras, antropólogo y profesor en la Universidad Rovira i Virgili. Acaba de iniciar una investigación para comprender cómo se están gestionando durante la pandemia lo que él denomina “duelos diferidos”.  

“Ese término se aplica normalmente a personas que mueren fuera de su lugar habitual, lejos de casa. Un marino, un soldado, un inmigrante. En esa circunstancia se suele hacer un acto funerario sin cuerpo. Hoy es a la inversa, tenemos cuerpos pero no hay actos funerarios. En ambos casos, el duelo no está cerrado, tendrá que hacerse más tarde”, explica.

Dice un antiguo proverbio que una alegría compartida se transforma en doble alegría, pero una pena compartida es una media pena. Las circunstancias obligan de momento a los dolientes por COVID a cargar con el peso al completo, con todos y cada uno de sus kilos de tristeza, pero llegará el momento de repartir. Santi piensa en ello a menudo. 

“Nosotros ya tenemos pensada la ceremonia en la parroquia del barrio. Aparte, mi madre nos ha pedido a mis hermanos y a mí que vayamos el día antes al cementerio para despedirle todos juntos, haciendo un responso como se merece. Luego iremos al huerto de mi padre a comer y beber juntos, a recordarle con la misma alegría que él tenía”.

Muchas familias seguramente ya anden planificando esos pequeños actos de recuerdo, esas despedidas definitivas, completas. A otras quizá les cueste más –ya lo decíamos, cada duelo es diferente-, pero desde luego los psicólogos recomiendan ese ritual de cierre, por pequeño que sea.   

“Luego como sociedad también tendremos que hacer algo”, apunta Jordi Moreras. “Seguramente haya homenajes públicos, se apelará incluso a las diferentes confesiones religiosas para despedir las almas, y esto es algo que tendremos que hacer sí o sí. Tenemos que ser capaces, todos, de situar a esas personas dentro del recuerdo colectivo”. 

El pasado 4 de abril, China rindió homenaje a todos sus fallecidos  por COVID-19 con tres minutos de silencio. Seguramente actos similares se repitan a medida que el mundo vaya recuperando su estado normal. “Muchos estados también levantarán memoriales”, señala Marta Allué, antropóloga especializada en el estudio de los cultos funerarios.

Según ella existe una “memorialmanía”, una moda consistente en dedicar esculturas y memoriales a las víctimas que se hizo muy popular tras los atentados del 11S. Pero Allué advierte: “hay quien lo agradecerá, pero a la mayor parte de las familias ya no le interesa eso, porque se intentará manipular con fines políticos”. 

Aún con todo, si España optase finalmente por el memorial debería ser en honor a todos los fallecidos durante el COVID, no solo a los fallecidos por el virus. Porque a los demás, los que perdieron la vida por un ictus, por un infarto, por la violencia tampoco se les ha despedido bien y merecen igualmente ser recordados.

La antropóloga sí reconoce, no obstante, la importancia de los actos y memoriales espontáneos que, por otro lado, ya se están dando. A través de las redes sociales donde se cuelgan fotos y mensajes en memoria de los que ya no están, donde se comparte la música que a ellos les gustaba, a través incluso de los balcones de las casas donde la gente recita sus nombres.

Algo parecido ocurrió durante la pandemia del VIH/sida. Entonces también se inventaron rituales más creativos, como tejer grandes edredones de patchwork, una porción de tela por cada persona que compartió su vida con el fallecido.

Quién sabe si este mundo raro que ha alterado la manera de despedir a sus seres queridos también sea el mismo que reinvente la forma de expresar su ausencia. “El componente traumático de esta situación es evidente, pero también hay una oleada de amor y compasión que recorre el mundo de punta a punta y esto no sucede en circunstancias normales”, defiende la experta en duelo Sara Losantos. 

“Normalmente uno cuenta con el apoyo de su familia, pero ahora vemos en redes sociales mensajes de apoyo, mensajes de consuelo por parte de gente que ni siquiera se conoce. Hay un movimiento compasivo del mundo entero que habíamos olvidado porque somos una sociedad muy individualista. Es verdad que nos faltan los rituales y el contacto físico pero este movimiento es histórico”, insiste.

Hay expertos que hablan estos días de un sentimiento de duelo colectivo, de esa aflicción que nos aturde a todos cada vez que nos pasan el conteo de víctimas con la misma regularidad con la que nos ofrecen la información del tiempo. Pero Losantos no está del todo de acuerdo.  

“Más que duelo colectivo lo que hay es un sentimiento de compasión. Estamos conmovidos por la pérdida, pero no podemos robarle la perdida, ni tampoco el duelo, a quien realmente pertenece”. 

Es probable que en los próximos meses sí padezcamos en conjunto otro tipo de pérdidas colectivas -laborales, económicas- y esas también dolerán, pero el duelo por los muertos es otra cosa. Ese corresponde en primer lugar a sus familiares, son ellos quienes necesitan esa compasión extraordinaria.

Seguramente el luto digital nunca sustituya al de siempre –en el amor ya dimos el salto a lo virtual, pero en la muerte seguimos siendo profundamente carnales–, pero algo ayuda, asegura la psicóloga. Quizá no comparta la mitad de la pena, pero algo alivia. 

 

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