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Enrique Losada ss.cc.

Lo que sé de ti: Juan Martín Velasco

 

Desde que conocimos la muerte de Juan de Dios Martín Velasco, en la tarde del pasado Domingo de Ramos, las reacciones ha sido múltiples. La mayoría en términos de elogios hacia una persona que tantos como lo hemos conocido le reconocemos bueno, sabio, excelente profesor de Fenomenología de la Religión y uno de los mejores conocedores de la Mística, así como gran filósofo y teólogo y, un pastor cercano, cariñoso, que buscaba con denuedo que la fe llegara a la vida de todos, en un tiempo de ausencia de Dios en la cultura. 

Desde estas páginas de R21 quiero agradecer a Juan de Dios los estupendos servicios que en diversas ocasiones y de formas diversas nos ha prestado a la Congregación, titular de esta revista. En primer lugar en la Formación Inicial de nuestros hermanos. Cuando cerramos el Escolasticado que la Provincia de España tenía en El Escorial, mandamos a nuestros estudiantes a que hicieran los Estudios Eclesiásticos en el Centro de Estudios de San Dámaso, vinculado al Seminario Conciliar de Madrid, de los cuales era Director y Rector Juan de Dios respectivamente. Poco tiempo después, me nombraron formador de los profesos que asistían a las clases en San Dámaso y entonces conocí a Juan personalmente, ya que no tuve la suerte de ser alumno suyo, aunque le había leído con sumo interés y aprovechamiento de tal manera que le admiraba mucho. Estoy hablando de hace treinta y cinco años. Me acogió con la sencillez y simpatía que le caracterizaba y para mí fue un buen apoyo en aquellos momentos que yo me estrenaba en esas lides. Más tarde tuvimos que sacar a nuestros candidatos de San Dámaso cuando su gran período de formación tanto intelectual como espiritual se trastocó por el momento que pasaba la diócesis y Juan sufrió en primera persona. Aunque le dolió nuestra salida, lo comprendió perfectamente. La segunda vez que tuve que ver con él personalmente fue cuando se me pidió la elaboración de un plan de Formación Permanente para la Provincia. De nuevo Juan se puso a mi entera disposición y me facilitó totalmente las cosas. La última vez que solicité sus servicios fue durante mi breve paso por la Secretaría General de la Confer. Una vez más le encontré, como siempre, dispuesto a la colaboración. Fue entonces, cuando en mi despacho, le dije: ¡qué gran obispo hemos perdido al no nombrarte a ti! Su respuesta fue rotunda: “No, Enrique, yo no valgo para obispo”. Desde luego, has valido para comunicar fe y esperanza a muchas personas que han buscado vivir su fe en un mundo que tantas veces daba de lado a Dios y que tú no querías dejar de amar y buscar cómo hacerle llegar al Misterio que nos habita, expresión esta tan tuya.

Insistir en que Juan fue un excelente colaborador de esta revista y que su columna mensual siempre fue motivo de interés y de reflexión profunda para los lectores, supongo que no es necesario, pues otros lo harán. Pero esta revista le debe mucho y desde que él ya no estaba, yo le echaba en falta.

 

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