Despertar

Carlos González García

José Carlos Bermejo: "Es el amor el que puede salvar"

El religioso camilo y doctor en teología pastoral sanitaria relata en primera persona cómo se ha enfrentado y superado el COVID-19: “He sentido miedo por mi entorno”

 

Hace escasamente dos meses que hablé con él. Le preguntaba a José Carlos Bermejo, director del Centro de Humanización de la Salud y de la Unidad Cuidados Paliativos San Camilo, por el voto solemne que hacen los camilos de cuidar a los enfermos, “incluso con peligro de la propia vida”. Y el religioso confesaba que sí, que lo estaba haciendo “a pie de obra” en el Centro de Tres Cantos, para mayores y enfermos al final de la vida. Quién nos iba a decir a nosotros que, diez días más tarde de aquella conversación, estaría en la UCI del hospital La Paz, infectado por el COVID-19. Hoy, instalado ya en su hogar, vuelvo a llamar a la ventana de su corazón bueno. Responde cansado, con las fuerzas a medio vestir, pero tan amable como siempre. 

Toda su vida hablando de cuidar en la fragilidad, de acompañar hasta el final, de darse hasta el último aliento… Y, de repente, en la intemperie del dolor, se infecta de Coronavirus. ¿Qué sintió su corazón cuando se enteró de que estaba contagiado?

Estoy viviendo el proceso de infección de Coronavirus como algo muy natural, es decir, como parte de la naturaleza. Mi expresión al Comité de Dirección en los primeros días, antes de que me afectara a mí, fue: viene un huracán, se llevará un cierto número de hojas del árbol, algunas de las más frágiles y que parecen más secas; también algunas verdes. Y no sé qué tipo de hoja soy, pero sin haberme llevado el viento, me está zarandeando de una manera intensa y sin poder saber cómo y cuánto dura el vendaval.

No me he hecho planteamientos sobre el porqué, sino sobre cómo vivir esta situación de incertidumbre. Porque de lo que más tiene es de incertidumbre, puesto que los médicos saben muy poco y van contemplando lo que acontece, sin saber lo que tienen que buscar y cómo tratarlo… 

¿Ha sentido miedo?

He sentido miedo por lo que sería de mis seres queridos y entorno, sin mí y precisamente en estas circunstancias. Porque la enfermedad es siempre una amenaza de muerte. Y esta, además, cargada de contenido social y simbólico (en medio de una pandemia, víctima de ella).

Y durante sus días de hospital, ¿qué o quién mantenía su mirada en pie? 

En mi habitación de casa, aislado, y en el hospital, he pasado muchas horas conviviendo con la desgana, el cansancio, la fiebre… Me he dado muchos mensajes de paciencia. “Tengo esperanza y, por tanto, paciencia y tenacidad”. Haber escrito, justo antes y al principio de enfermar, un trabajo que saldrá publicado con el título “La esperanza en tiempo de coronavirus”, me ha ayudado a vivir en esta clave. 

He imaginado los escenarios más feos, debido a la situación de soledad, sin visitas, y la información sobre los fallecidos e infectados durante la pandemia. Los malos pensamientos los he tenido que neutralizar con fantasías, imaginando lugares bellos de la naturaleza, repitiendo el Avemaría secretamente, evocando la conexión de lo que veía a mi alrededor con lo que vivió san Camilo y entonando el himno de la Orden mientras me conmovía reiteradamente. La experiencia de pertenencia y fraternidad la he vivido gracias a los mensajes (los oportunos, porque hay de todo), las llamadas y la información sobre la cadena de oración en comunión. Esto es un gran recurso para saberme perteneciente y apoyado. Es el amor el que puede salvar.

Y de nuevo aquí, tan sonriente como siempre. Pero algunos se van. Y perder a un ser querido duele. Y mucho. Máxime cuando no es posible acompañar –de cuerpo presente– a quien se va. ¿Cómo es posible afrontar un duelo en estas circunstancias?

Recuerdo un ingreso hace 15 años por otro tipo de neumonía. A mi lado, en urgencias, una persona esperaba resultados de pruebas porque habían muerto cuatro de sus familiares en su país y no había podido participar en nada, más que enviando dinero. Aquello era terrible. Este duelo sin presencia física es desolador, genera mucho sufrimiento. Impide todo aquello que veníamos diciendo que ayuda: acompañar al final, recapitular, despedirse, agradecerse, pedirse perdón, contemplar el misterio, celebrar comunitariamente… De repente, la casa se convierte en un tanatorio, la comunicación se reduce a lo que permite el teléfono, el contacto físico desaparece, el abrazo se desvanece o hace virtual… Los seres humanos tenemos capacidades inexploradas que despertar. Buscamos el mejor modo de significar para no sucumbir, y el mejor modo posible de acompañarnos. Y surgen iniciativas que expresan lo mejor del ser humano, gracias a Dios.

Hay personas que, tras perder a un familiar, siguen viéndole en su sillón, encontrándose con él en el pasillo o preparando comida para cuando vuelva a casa… ¿Cuáles son los pasos que hay que seguir para superar el duelo?

Hay personas que hacen experiencias de presencia en la ausencia, de alucinaciones o pseudoalucinaciones asociadas a la intensidad del dolor. Son más frecuentes de lo que creemos. Aceptar la pérdida y expresar el dolor es duro, y cualquier mecanismo de negación acampa en nosotros. Vivir sin el ser querido cuesta, encauzar la energía en nuevos vínculos y relaciones no es algo que se pueda hacer sin tiempo y trabajo. Estos son los caminos del duelo, que nos resistimos a recorrer mientras la negación esté al alcance de nuestra mano. Llega un momento en que no siendo posible negar, toca realmente aceptar y reinventarse.

¿Cómo se puede aceptar la muerte cuando el amor hacia el ser querido que se va es lo que daba la vida a quien se queda?

Uno tiene que reinventarse. Como nacer de nuevo. La tristeza, la rabia, la culpa, la soledad, la desolación, el sinsentido…, han de ser toreados con el propio estilo, hasta encontrar alguna armonía fruto de la integración del sufrimiento. Hay vínculos que lo llenan todo y cuya pérdida es más difícil de elaborar. Son muchos los factores que influyen en el cómo se atraviesa el duelo. La personalidad, el modo de morir, la ambigüedad o claridad de la relación, el momento vital en que las personas se encontraban, los proyectos truncados, las experiencias anteriores de pérdidas, los recursos sociales y espirituales con los que se cuentan… Todo esto influye en quien se queda.

Y sin poder despedirse, siquiera, de cuerpo presente…

La ausencia de acompañamiento y ritos al final, puede convertirse en un factor que aumente la vulnerabilidad al duelo complicado. Cabe esperar no instalarse en la mera lamentación y derrotismo, sino conseguir dar un sentido al drama, convertir las circunstancias de la pérdida en una decisión de amor a la salud de uno mismo y de la humanidad.

También podemos ayudarnos mediante símbolos, modos virtuales de expresión de la dimensión mistérica, oraciones en asambleas virtuales, planificación de ritos presenciales cuando sean posibles, intercambio de fotos y otros recursos que compensen aquello que no pudimos hacer presencialmente por la persona que se iba.

Tal vez, en esos instantes, cuando creemos que es imposible seguir viviendo lejos del amado, llegamos a tomar consciencia de la importancia de un beso, un abrazo, una caricia, un te quiero…

Los profesionales de la salud han hecho milagros, cosas dignas de ser admiradas, para que la expresión de los afectos llegara por los teléfonos a los pacientes. También hay programas y centros que se van especializando en acompañar el duelo complicado y promover la expresión de los sentimientos que provoca la ausencia de la piel y la palabra en vivo y en directo. Quizá estamos tomando conciencia del valor de la proximidad y en particular, del tocarnos. El contacto corporal tiene mucho poder. Con él se puede transmitir salud y destruir a una persona. Su ausencia pone en valor lo que teníamos y deseamos recuperar.

¿Qué papel juegan, en esos momentos tan duros, la fe, la mirada creyente y la mano silente de Dios?

La fe es una mirada a la realidad desde los ojos inundados por el Creador, que todo lo hace bueno. La presencia de Dios en la pandemia es más palpable que nunca, quizás porque el mundo está lleno de sus ángeles, de tantos profesionales del servicio, del cuidado, de la salud, que transmiten la bondad, expresan el amor desinteresado. Un mundo de cuidados entrañables es un cielo donde Dios todo lo ilumina y lo hace amable. Al Buen Padre le podemos agradecer el amor que surge en torno al dolor, ese amor que nos salva. La salvación toma cuerpo en el cuidado del cuerpo enfermo y sufriente.

Hoy, mientras releo la realidad, pienso mucho en María de Nazaret, en cómo afrontaría su duelo tras perder a su propio hijo. ¿Puede acaso una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?

El objetivo del duelo no es olvidar al ser querido. No es posible, ni deseable. Y mucho menos a un hijo. Y menos aún muerto por comportamiento cruel de otros seres humanos. El objetivo del duelo es atravesar el dolor poniendo luces de sentido, dejándose querer, cultivando sanamente el recuerdo, agradeciendo lo vivido, depositando en el misterio lo que no se puede comprender, decidiendo seguir viviendo para seguir amando.

San Camilo invitaba continuamente a “poner el corazón en las manos”. Ante esa potente clave de humanización, y después de haber logrado vencer al COVID-19, ¿hasta dónde sigue dispuesto a entregar su propia vida?

El corazón es la sede de la sabiduría, donde se hacen planes, desde donde se ve, donde se decide, donde se discierne. El corazón puede ser de carne o de piedra, blando o estar embotado como de grasa. La Sagrada Escritura es muy rica al presentar los calificativos del corazón. Yo me siento exhortado por Camilo de Lelis a poner el corazón, firme y amoroso, al servicio de los demás. También tierno, como de buena madre, para construir un mundo más humano que pueda ser más amable. No estar en esta, es perder la vida, dejar que se vaya. Apuesto por poner el corazón en las manos, con todo el cariño que pueda, a mi alrededor, y en todos los alrededores en los que voy decidiendo situarme cada día.

Si hoy le tuviera a Dios cara a cara y solamente pudiera hacerle una pregunta… ¿qué le preguntaría?

Aprovecharía mi única intervención para expresar mi profundo agradecimiento por la vida regalada por Él, una vida en abundancia

 

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