Mirar

Tamara Cordero

Amaqtedu: una palabra imposible para cambiar el mundo

A las puertas de la pandemia, en España se contabilizaban 8,5 millones de personas en riesgo de exclusión social y 40.000 personas sin hogar. Unas cifras que irán a más en los próximos meses y que están haciendo aflorar cientos de iniciativas solidarias. En esta clave se mueven un grupo de jóvenes que crearon una asociación que acompaña a personas sin recursos a través del desarrollo artístico. Ahora su creatividad, como la crisis, se ha redoblado.

 

Empoderar: dícese de hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido, dándole autoridad, influencia o conocimiento para hacer algo. Un verbo que se ha hecho muy popular en el ámbito social pero que traspasa las barreras del lenguaje. Javi, Eli y su grupo de amigos de la universidad de Alcalá lo saben. Ellos pusieron en marcha Amaqtedu, una iniciativa a modo de proyecto de emprendimiento que imparte cursos de formación y desarrollo personal relacionados con el arte para personas sin hogar y en riesgo de exclusión con una duración de entre cuatro y ocho meses en diversos centros sociales de la Comunidad de Madrid. 

En marzo de 2017, Javier Cascón llegó a clase con la idea de presentar un proyecto a un concurso de la facultad y lo comentó con sus amigos. Al día siguiente, Elizabeth de la Oliva le propuso trabajar con personas sin hogar por medio del arte. “Me impactó, nosotros lo consideramos un milagro porque esa idea rondaba en mi corazón desde años atrás cuando ya había pensado en crear un centro para personas sin hogar en Aluche, mi barrio”, expone Javier. “Nos pusimos en marcha en septiembre de 2017 y desde entonces son muchos los que se acercan a ayudarnos y colaborar. Actualmente Amaqtedu lo forman un equipo de 27 personas, cada una con el nivel de compromiso que puede adquirir”. Si contamos todas las personas, voluntarias y colaboradores que han puesto su granito de arena en esta iniciativa, por Amaqtedu, en estos tres años, han pasado más de 150 voluntarios. “Comenzamos con un taller semanal cada domingo, y en algunas épocas hemos tenido taller también en dos centros diferentes, en este tiempo hemos realizado más de 100 sesiones”. 

Los talleres desarrollan a través de diferentes metodologías el objetivo de empoderar a las personas haciéndoles conscientes de que tienen unos dones y habilidades que desconocen. “El arte es el medio para conocer a estas personas, para que ellos se conozcan a mejor a sí mismos y para que se relacionen unos con otros”, señala Elizabeth de la Oliva, una de las fundadoras de la asociación. “Con las obras que se desarrollan en los talleres –prosigue– pueden expresar lo que sienten y también lo que están viviendo en ese momento. En ellas plasman un cachito de su historia que dan a conocer posteriormente a las personas que se acercan a ver o comprar las obras”.

Lienzos vitales los llaman. “Lienzos tan cotidianos como los que cuelgas en tu vivienda, pero esta vez con un sentido concreto. Los Lienzos vitales cuentan las historias de personas en situación de calle y de aquellas que las acompañan”, anuncian en su página web (https://amaqtedu.es/), en la que también cuenta con tienda online para adquirir las obras. 

 Y es que estos chicos no solo ayudan presencialmente a las personas en riesgo de exclusión social a través de la realización de los talleres de artes plásticas, fotografía, artesanía, escritura y oratoria u ocio y desarrollo personal, si no que también han puesto en marcha toda una estructura en la que firman acuerdos con empresas, salas de exposiciones y hoteles para exponer las obras resultantes de la iniciativa, venderlas al público y así poder autofinanciarse. “Amaqtedu destina el 100% de sus beneficios a financiar la formación y reinserción de personas sin hogar y en riesgo de exclusión. Nuestro producto, los lienzos vitales, dan luz a historias de la calle, no solo mediante trazos y colores, sino también mediante un suplemento que consiste en la historia del lienzo, escrita por su autor: personas sin hogar y en riesgo de exclusión -comparte otro de los integrantes del equipo, Jesús García Melgar-. De esta forma el objetivo primordial es el primero de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, el fin de la pobreza. Con la venta de las obras reinvertimos los beneficios directamente en estas personas”. 

Javier García Balvín nos cuenta que se puede colaborar con ellos de manera económica y también organizando uno de sus eventos en nuestra empresa, organización o centro. Sin embargo, no es lo que más recomienda: “Aunque sabemos que es lo que más cuesta, lo que creemos más bonito es compartir nuestro tiempo con las personas de los centros, ya sea para acompañar, para dar una sesión si eres especialista en alguna disciplina o para pasarlo bien”. 

A sus talleres han asistido más de 160 personas, con una media de 25 integrantes por curso, han destinado más de 3.000 euros para la formación y la reinserción y ya han vendido más de 50 obras que nada tienen que envidiar a la de otros autores conocidos en cuanto a su nivel artístico. Y son muy jóvenes. Compaginan la actividad de la asociación, la que les gustaría que en el futuro fuese una empresa social, con sus estudios y su vida profesional. Y es que tienen entre 21 y 27 años. “Somos jóvenes y por eso creemos que ahora es el momento adecuado para este proyecto. ¡Tenemos tiempo, menos responsabilidades que los adultos y muchísima energía!”, dice Javier Cascón. “Nos sabemos afortunados y desde ahí nace nuestro compromiso. Vivimos rodeados de todo lo que queremos, de facilidades, de oportunidades y de personas que nos quieren. Esta es nuestra manera de intentar devolver parte de todo lo recibido”, añade. 

Oportunidades que saben que otros no tienen. Debido a la situación de crisis sanitaria que vive nuestro país, sus talleres tuvieron que cancelarse y no saben en qué fechas podrán retomarlos. Pero el ritmo de trabajo de la asociación no ha parado. En este tiempo siguen en contacto con los destinatarios de sus talleres e intentan hacerse presentes en su vida gracias a las nuevas tecnologías. Además, sabían que podían ayudar y no dudaron en hacerlo. En este tiempo de confinamiento están vendiendo cuadros a través de la página web y de las redes sociales para, de manera extraordinaria, pagar el alquiler de dos personas que iban a comenzar a trabajar en su asociación y que ahora se ven necesitadas de recursos económicos. Y están muy cerca de conseguirlo: “Recaudar lo necesario para la primera cuota de alquiler ha sido un regalo, ahora nuestro objetivo es poder pagar otro mes”, subraya Javier Cascón. Y no cesaran en su empeño.

“Queremos ir al encuentro verdadero y auténtico de las personas. Porque ese encuentro puede ser acogedor, como si se tratase de un hogar. Queremos brindarles un momento en el que no se sientan rechazados, sino queridos y muy especiales. Puede parecer que es poco, pero la presencia y las sonrisas pueden cambiar la actitud que tienen las personas ante sus vidas. A mi me mueve esto: querer transformar como el arte, darle profundidad a lo vivido, sacar de dentro lo valioso y ante todo sembrar un poco de esperanza en la desolación”, relata una emocionada Luz, parte del equipo de Amaqtedu, poniendo voz al lema de la iniciativa “Tú eres el arte que da vida”. 

Le preguntamos al grupo de chicos por cuál es el sueño que persiguen al poner en marcha esta asociación y lo tienen claro: “Cambiar el mundo, muy simple -contesta Elizabeth, que continúa-. Pensamos que el mundo cambia con cada pequeña acción que realizamos en el día a día y haciendo de lo ordinario algo extraordinario. Esto exige una entrega, un compromiso y un apostarlo todo para dar nuestro tiempo por los demás”. 

Y apuestan. Van con todo. Y por eso reciben agradecimientos y testimonios como el de Francisco Javier, enfermo alcohólico en rehabilitación que después de años perdido por la calle entró en el centro de día de Cáritas y decidió ir a los talleres: “Me dijeron que los domingos venía un grupo de jóvenes llamados Amaqtedu. En principio pensaba que por lo menos estaría calentito. Cuando llegó la tarde del domingo ocurrió algo espectacular. Cada domingo hacíamos distintos talleres, dibujo, teatro, juegos. Conseguían que las horas que estaba con ellos se me olvidaran los problemas que arrastraba, empecé a ver cada domingo cómo se iba afianzando en mí el pensamiento de que en el pasado era algo y que podía volver a serlo”, y les pide que “no dejéis nunca de luchar por las personas sin hogar, os necesitamos”.

 

Más artículos

no-results-found-landing-news
VER MÁS {{percentLoaded}}% loading...