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María José Carmona

En negro sobre blanco

MEX2327.CANCÚN (MÉXICO), 08/06/2020.- Una trabajadora limpia una habitación del Hotel Riu Palace Península, el 7 de junio de 2020 en Cancún Quintana Roo (México). Alrededor de un 20 por ciento de los 200 hoteles de la zona turística del Caribe mexicano reanudaron este lunes su actividad con una reducida ocupación y con estrictos protocolos sanitarios. EFE/Alonso Cupul
© Alonso Cupul

Cuidadoras, limpiadoras y temporeros han sido esenciales durante la emergencia pandémica. Hoy continúan abocados a la precariedad, con salarios bajos o contratos inexistentes

En medio del confinamiento, a Olha le salieron unas manchas en la cabeza. De un día para otro, unos racimos rojos y oscuros le empezaron a crecer a la altura de las cejas y, aunque en un principio se confió –parecían inofensivos–, con el tiempo aquellas sombras continuaron remontando frente arriba, con violencia, desgarrándole la piel igual que a una sábana vieja. “El médico me dijo que era culpa del estrés”, cuenta ahora.

Olha no vivió un confinamiento normal. Lo suyo fue un doble confinamiento, una cuarentena extrema. A ella le tocó encerrarse durante tres meses en su puesto de trabajo, la casa de una mujer de 86 años a la que cuidaba. Sin poder ver a su familia, sin poder despejarse ni descansar las dos horas diarias que estipulaba su contrato. Cuidando, limpiando, aseando, entreteniendo, aguantando 24/7. De ahí el estrés y las manchas.

“La abuela estaba muy nerviosa. Muchas veces me trataba mal, me gritaba. Yo tenía que aguantar y aguantar, no podía salir para no ponerla en peligro”, explica. Aun así Olha intentó tranquilizarla, le dejó su propio móvil para que pudiera conectarse por videollamada con sus hijos, “hasta le hice de peluquera”, cuenta, “pero ha sido duro, muy duro”. 

Al mismo nivel que los sanitarios o las fuerzas de seguridad, las cuidadoras no han podido parar, han resultado ser esenciales, igual que las trabajadoras del hogar, las limpiadoras de residencias y hospitales o los temporeros que en mitad de esta crisis han seguido yendo al campo. Todos ellos trabajos invisibles, precarios, ocupados en su mayoría por personas inmigradas.

“Las empleadas del hogar no han parado durante todo el estado de alarma. La mayoría de las trabajadoras, sobre todo las internas, se han visto desbordadas”, asegura Carolina Elías, presidenta de la Asociación Servicio Doméstico Activo (SEDOAC). “Sin embargo, nunca nos proporcionaron ni mascarillas, ni gel, ni guantes, ni nada”, añade.

Sin medidas de protección ni posibilidad de mantener distancias, trabajando en permanente contacto con población de alto riesgo, el miedo a contagiarse o a contagiar a sus propias familias ha sido una constante. “Cuando llegaba a casa, mi hija me esperaba en la puerta con un cubo de lejía”, reconoce Roxana que durante toda la cuarentena cuidó a un matrimonio mayor.

En el caso de los trabajadores del campo, el riesgo no ha sido menor. Teniendo en cuenta las condiciones de hacinamiento y falta de higiene en las que viven, librarse del contagio ha sido un milagro. “Éramos 36 personas en una casa con diez habitaciones. El distanciamiento era imposible”, cuenta María Alejandra, que marchó a la campaña del fruto rojo en Huelva en pleno mes de abril. Al cabo de una semana tuvo que volverse. “Mientras trabajábamos teníamos que usar un baño portátil para cientos de personas. Lo dejé porque me dio una infección urinaria de tanto aguantar las ganas de orinar”, relata.

Ahora que esta crisis ha resignificado la palabra “esencial”, cabría esperar que a aquellos que han sacrificado la salud para ocuparse de la higiene, de cuidar a los más frágiles, de asegurarnos la comida al menos se les reconociese, se les recompensase. Y en algunos casos ha sido así. “Hay personas que sí han empezado a valorar más a su trabajadora de hogar”, señala Carolina Elías, pero “son casos muy excepcionales”.

Desgraciadamente a muchos les ha pasado lo que a Olha, que, a pesar del estrés y de las manchas, no recibió un solo céntimo de más, no recibió ni las gracias. De hecho, después de pasar los peores momentos del confinamiento, la despidieron.

Excluidos de las ayudas. Según una encuesta realizada por la asociación de trabajadoras de hogar “Territorio Doméstico”, un 53% de sus compañeras habría sido suspendida de empleo y sueldo durante la pandemia y un 24,5% despedida sin indemnización. Los datos son dramáticos, sobre todo cuando uno recuerda que el trabajo del hogar y los cuidados es el único que no tiene derecho a paro.

En los últimos meses, algunos colectivos han puesto en marcha cajas de resistencia para apoyar económicamente a aquellas que se han quedado sin empleo. Uno de ellos es la asociación de Trabajadoras del Hogar y Cuidados de Zaragoza. “Hay personas que las han echado y no les han pagado nada, ni siquiera los días que les debían; compañeras que se han contagiado y las han dejado en la calle. Con la caja de resistencia nos hemos dado cuenta de la situación tan crítica de muchas mujeres que no han podido ni seguir pagando la habitación donde vivían”, cuenta Patricia Giraldo, portavoz de la asociación.

Esta desprotección absoluta llevó a las trabajadoras del hogar a movilizarse y presionar al Gobierno para que las ayudara, igual que ya se hacía con otros muchos empleados a través de los ERTE. Finalmente el 31 de marzo se aprobó el primer subsidio extraordinario para empleadas de hogar, un paso histórico. “Es un paso adelante y lo celebramos, pero también lo consideramos insuficiente”, explica Carolina Elías. “Para poder solicitar el subsidio hay que estar de alta en la seguridad social y sabemos que en este sector hay un alto porcentaje de economía sumergida. Calculamos que un 40% no está dada de alta, ya sea por la negativa de sus empleadores o por encontrarse en situación administrativa irregular”.

Es el caso de Roxana que aguantó tres meses trabajando para una familia con la esperanza de que le hicieran contrato. “Cada vez que les preguntaba me lo iban retrasando hasta que, de un día para otro, me mandaron un audio de Whastapp diciendo que se llevaban a la madre a una residencia. Como no tenía contrato, no tengo derecho a nada”, cuenta.

Trabajar en la informalidad y sobre todo, sin papeles, excluye a muchos de estos trabajadores esenciales de todas las ayudas de emergencia puestas en marcha durante la crisis del Covid-19, también del recién aprobado Ingreso Mínimo Vital. Es por eso que un millar de ong y colectivos impulsaron una campaña para pedir la regularización extraordinaria de personas que hoy trabajan en nuestro país sin documentos –unas 600 mil–, igual que se hizo en Italia o Portugal.

“La crisis del coronavirus está siendo muy difícil para nosotros”, insiste Mohamed Lamine del Colectivo de Trabajadores Africanos de Lepe. “Aquí la mayoría no tiene papeles y a algunos que sí los tienen tampoco les hacen contrato”, asegura.

Es precisamente en estos campos donde, a causa de las restricciones fronterizas por el Covid, se ha sentido más que nunca la falta de mano de obra –el propio Gobierno admitió que se necesitaban unas 80.000 personas para garantizar la producción–. Por eso el 8 de abril se aprobó un Real Decreto para contratar a nuevos temporeros, incluidas personas migrantes, pero solo aquellas que tuvieran permiso de residencia. Como ya ocurrió con las trabajadoras de hogar, la mayoría tampoco pudo acogerse a esta medida.

Mientras tanto, la situación en el terreno estaba muy lejos de lo que alguien estaría dispuesto a aceptar para un trabajo “esencial”. Muchos temporeros tuvieron que enfrentar serios problemas de alimentación, higiene y alojamiento. “En primer lugar no tenemos vivienda, tenemos que vivir en chabolas porque no nos quieren alquilar pisos. Hemos estado viviendo cinco, seis, hasta catorce personas en una chabola, con miedo. Además, como no había agua potable, teníamos que coger la bicicleta para ir hasta los puntos de agua más cercanos. La Guardia Civil siempre nos paraba”, denuncia Mohamed.

Ellas también son esenciales. Al grupo de empleadas delhogar, de los cuidados y del campo se suman otras trabajadoras esenciales que, si bien han permanecido en segundo plano durante el confinamiento, tendrán que asumir ahora la primera línea en la nueva normalidad. Son las que limpian las habitaciones de los hoteles, las Kellys. Otro sector imprescindible e igualmente precario.

Si bien ellas representan más del 30% del personal de los hoteles, desde la reforma laboral de 2012 la mayoría fueron subcontratadas a través de empresas de servicios. Eso significa que ninguna ha podido acogerse a los numerosos ERTE declarados en el sector turístico. Con el estado de alarma las echaron sin más.

“Justo una semana antes de que se declarase el estado de alarma hubo una bajada en la ocupación de los hoteles y mandaron a todas las kellys de vacaciones porque les debían días. Estando de vacaciones las despidieron”, afirma María del Mar Jiménez, portavoz de Las Kellys de Madrid.

“Las empresas de servicios te despiden cuando les da la gana”, reconoce también Ada, otra camarera de piso. Ella tuvo que pedir la baja un par de semanas antes del confinamiento tras sufrir un accidente laboral. “Bajaba cargada de ropa, toda la fuerza se me fue al hombro y se me desgarró. Estando de baja me despidieron”.

En estos meses muchas kellys han buscado trabajo como limpiadoras en hospitales, en casas, en residencias de mayores. Las que no han podido reengancharse, han tenido que recurrir una vez más a la ayuda de las compañeras. “Hemos tenido que buscar ayuda en asociaciones, ir a bancos de alimentos, gracias a eso las chicas han podido ir agarrándose a algo”, reconoce María del Mar.

No obstante, como indica la portavoz de las Kellys, lo peor está por llegar. “Cuando se abran las puertas al turismo vamos a estar en primera línea, igual que lo hemos estado hasta el final y si vamos a tener unos estándares de limpieza mucho más exigentes necesitamos bajar el ratio de habitaciones”, comenta. Es el mismo temor que aterroriza a Ada.

“Si nos sacaban el jugo antes, cuando todo estaba bien, con una sola persona haciendo 16 habitaciones. ¿Ahora qué va a pasar? Una no se va a poder tomar ni agua”, advierte. “Los hoteles han estado tres meses cerrados, con ansiedad por las pérdidas, y yo me temo que justo ahora se va a despertar el egoísmo y la explotación, el sálvese quien pueda. Yo no sé la gente vulnerable dónde iremos a parar, lo que viene va a ser muy duro”.

La precariedad, otra epidemia. Los trabajadores precarios lo admiten, tienen miedo a un retroceso. Les asusta que la crisis social que seguirá a la sanitaria desbarate todos los pequeños logros que han venido peleando hasta ahora. Temen que las familias dejen definitivamente de hacer contratos a las cuidadoras, que los temporeros vean aún más lejos la posibilidad de obtener papeles, que a las kellys se les duplique el trabajo por la mitad del sueldo. Temen que el país vuelva a tener la tentación de recuperarse económicamente a costa de su sobreexplotación.

“Yo veo ahora con el coronavirus, la misma situación que había en 2001 cuando llegué a España. En todo este tiempo, con tanta reivindicación que hicimos, la gente se ha ido concienciando pero ahora hemos vuelto como veinte años atrás”, asegura Patricia Giraldo, de las Trabajadoras de Hogar de Zaragoza. “Ahora las familias, como no van a tener ingresos, van a querer aprovecharse más. Si antes no querían hacer contrato ahora todavía menos”, coincide Olha.

los datos delantan. Durante los meses de confinamiento por la pandemia entre 16 y 17 mil cuidadoras desaparecieron de la lista de cotizantes. “Nos tememos que va a aumentar esta situación porque la necesidad de cuidados sigue siendo imperante”, alertan desde SEDOAC. “Además están aumentando las ofertas de empleo para internas. Después de lo que ha pasado, muchas personas no quieren dejar a sus mayores en residencias. Prefieren contratar a internas en condiciones de precariedad”.

Su presidenta, Carolina Elías, recuerda que igual que “en el estado de alarma se adoptó una primera medida a favor de las empleadas de hogar, debería hacerse mucho mejor en la nueva normalidad, algo que no sea transitorio”. Para eso –insiste-, hay que cambiar las leyes. “Necesitamos que se reconozcan nuestros derechos, que podamos cotizar por nuestros salarios reales, que podamos tener paro”.

La nueva normalidad será un momento decisivo para determinar hacia qué lado se inclina la balanza: hacia reivindicar la importancia de estos trabajos esenciales y equipararlos en derechos a todos los demás o, por el contrario, invisibilizarlos aún más hasta desdibujarlos del todo.

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