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María José Carmona

La hora de los mayores

La pandemia ha situado a los ancianos en el epicentro, como el colectivo más vulnerable y, por tanto, más castigado por la letalidad del coronavirus. ¿Servirá esta crisis para abrir un debate sobre el valor que como sociedad damos a la tercera edad?

Se llaman Loli, Mari y Andrea. Las tres se presentan y saludan desde lejos con un rápido movimiento de pestañas. Ninguna se quita la mascarilla hasta que el camarero llega con el café. “Ojalá la gente joven tuviera la misma precaución”, comentan.

Tienen 66, 75 y 73 años. Saben que cuidarse no es ninguna tontería y que aunque ahora estén disfrutando tranquilamente de un café al aire libre, no hace ni tres meses que les tocó encerrarse en casa y no rozar la calle ni para tirar la basura. “Esto que hemos vivido ha sido de verdad muy duro”, insiste Loli y con razón. Sobre todo para esos nueve millones de personas, nueve millones de mayores de 65, que han vivido la pandemia del COVID-19 desde la zona roja, desde ese umbral invisible que las señalaba como población de riesgo.

Ellas y ellos han sido los protagonistas involuntarios de esta crisis sanitaria que ha obligado a la sociedad a rendir cuentas con sus miembros más antiguos y abrir debates pendientes como la soledad, los cuidados, el derecho a vivir y a morir con dignidad. “Ha sido la vez que recuerdo en más de 40 años que los mayores han estado absolutamente de actualidad”, admite Juan Manuel Martínez, presidente de la Confederación Española de Organizaciones de Mayores (CEOMA). “Pero es una desgracia el por qué”, añade a continuación, “una desgracia que ha causado más de 20 mil muertes”.

¿Cómo hemos llegado a esto?, ¿hasta qué punto hemos vivido de espaldas a la vejez? Como explica el antropólogo Alejandro de Haro, autor del libro Etnografía de la vejez, hace ya tiempo que los mayores han ido perdiendo la centralidad que ocupaban. “Antes los mayores simbolizaban un referente, atesoraban conocimiento y experiencia y por eso se respetaban. Ahora, en la posmodernidad, predominan unos valores radicalmente contrarios. Hay una exaltación de la juventud, la velocidad, lo efímero, lo competitivo”. 

Por eso la vejez se oculta, se rechaza, se envuelve en una serie de estereotipos negativos que la asocian a la enfermedad, el deterioro, la incapacidad. Esos clichés son la base de lo que hoy se conoce como ‘edadismo’ o discriminación por edad, una forma de marginación muy similar al racismo o al sexismo.

“En una sociedad moderna, que ha avanzado en el respeto a todas las personas y diversidades, existe un principio básico y es que todos somos dignos, todos tenemos el mismo valor y ese valor no puede ser cuestionado en razón de la edad”, señala Lourdes Bermejo, de la Sociedad Española de Geriatría  y Gerontología (SEGG). Sin embargo, según la gerontóloga, con la llegada de la crisis del Coronavirus, ese principio ético “ha estallado”.

Basta con recordar algunas de aquellas expresiones tan utilizadas a principios de marzo para restar importancia a la emergencia sanitaria. “El Coronavirus solo afecta a los mayores”, se decía con cierto alivio culpable, como si así doliese menos.

¿Se discriminó a los mayores durante la pandemia? “La discriminación hacia los mayores ha adquirido en esta crisis una dimensión social, pública y hasta institucional”, asegura Lourdes Bermejo y, en su opinión, esto tiene mucho que ver con el lenguaje que se ha estado utilizando, con explicar el covid-19 como una guerra y no como una crisis sanitaria.

“Cuando se está en guerra significa que hay una situación de excepción que permite que ciertas éticas y normas sociales se rompan. Lo que en una sociedad normal no se permite, sí se hace en contexto de guerra”, indica la vicepresidenta de Gerontología del SEGG, por ejemplo negar a una persona el acceso a ciertos recursos sanitarios solo por su edad o encerrar a una persona en la habitación de su residencia durante meses y sin explicarle el motivo o dar por hecho que los mayores –todos ellos, sin importar su salud física o mental- merecen un confinamiento más largo y estricto que el resto de ciudadanos.

¿Qué hubiese pasado si se hubiesen impuesto esas mismas medidas a cualquier otro grupo social o de edad?, ¿cómo habría reaccionado la sociedad entonces?

“Por supuesto que hemos sido una población discriminada”, afirma Juan Manuel Martínez de CEOMA, “imagínate cómo han podido sentirse esas 375 mil personas que viven en residencias o cómo se han sentido esos más de dos millones mayores de 65 años que viven solos y no han tenido ninguna política directa para ayudarles en su soledad”.

Afortunadamente ese olvido, admite Juan Manuel, se ha visto compensado en parte por el trato de buena parte de la ciudadanía, de todas esas personas que han hecho la compra, llevado medicinas o simplemente dado un rato de conversación a sus vecinos más mayores. “Yo mismo tengo 75 años y cinco vecinos vinieron a ofrecerse para hacernos la compra a mí y a mi mujer”, explica.

Este fenómeno es lo que Lourdes Bermejo denomina las “islas de solidaridad”, reacciones individuales, iniciativas pequeñas e informales que en muchos casos han servido para cubrir el vacío institucional. “En un contexto de extrema dificultad también sale lo mejor, el problema es que no se ha puesto en valor lo suficiente y, lo que es más grave, no se ha aprovechado para construir unas redes de solidaridad que luego se queden en el entorno. Lo que hay que hacer es mantener eso, tenerlo activado porque pasado mañana lo podemos necesitar”.

Vejez no es sinónimo. de fragilidad. Cualquier discriminación, sea del tipo que sea, se alimenta de prejuicios. El más habitual es la generalización, pensar que todas las personas que tienen un rasgo en común –en este caso la edad- deben ser iguales.

En ese sentido, la imagen del mayor como persona frágil, dependiente, incapaz de cuidar de si misma, se ha repetido de manera reincidente durante estos meses en discursos políticos y medios de comunicación, una simplificación que en absoluto concuerda con la realidad.

“Se ha estigmatizado mucho a las personas mayores en cuanto a colectivo de riesgo, como si todas fueran enfermos por definición, cuando la realidad es muy distinta. La vejez es compleja, diversa y heterogénea”, explica Cristina Segura, directora del Programa de Personas Mayores de la Fundación la Caixa.

Retratar únicamente el lado frágil de la vejez, enfocarse solamente en su papel de víctimas, hace flaco favor a los mayores. Ocurre igual que cuando se les nombra con apelativos como “nuestros mayores” o “nuestros abuelos”. De alguna manera se les infantiliza, se minusvaloran sus capacidades. Esa visión paternalista de la tercera edad nos lleva a enfocar el debate desde el lugar equivocado. No se trata de provocar lástima, se trata de reivindicar sus derechos y su dignidad.

Durante el confinamiento, la Fundación La Caixa seleccionó a 43 personas mayores de distintas características y puntos de España para hacerles un seguimiento y tener así un retrato más real de la vejez confinada. El resultado de la investigación no destaca su fragilidad sino sus fortalezas, su capacidad para afrontar el estrés, la soledad o la incertidumbre, incluso mejor que generaciones más jóvenes.

“Hay personas mayores que tienen una muy buena manera de saber estar solos. Ese aislamiento ya lo experimentaban antes en algún caso y por eso lo han llevado mejor. Además, muchas han sabido bajar la intensidad y vivir a un ritmo más pausado. A otros nos ha costado mucho más”, cuenta Segura.

Una de esas historias que retrata la investigación de la Caixa es la de Santiago Rubio. Él fue una de tantas personas en nuestro país que padecieron el virus y una de tantas que lo superó. Tiene 90 años.

“Estuve tres noches y dos días y medio en el hospital, esperando cama en un sillón. Fue muy duro, para ir al servicio tenía que saltar por encima de personas que se estaban asfixiando. Yo calculo que habríamos unas 400 personas allí. Gracias a Dios, a mí no me apretó mucho”, relata ahora.

Tras salir del hospital, Santiago tuvo que pasar veinte días más de cuarentena, solo, aislado, si poder ver a su familia. “El miedo se pasa por la cabeza claro, sobre todo estaba preocupado por mis hijas y mis nietos, pero yo me encontraba perfectamente. Como vivo solo estaba acostumbrado. Me puse a leer, veía la televisión. Al final me leí tres libros”, explica. ¿Y ahora qué?, ¿tiene miedo? “Ahora no, para nada. Yo me pongo mi mascarilla y voy a todos lados, al autobús, al metro”, cuenta. A esto se le llama resiliencia.

Tratar como frágiles a todos los mayores sin excepción oculta testimonios de superación como el de Santiago, pero también historias de compromiso como la que comparten Loli Única, Mari Villeda y Andrea Carrasco. Ellas tres, a través del proyecto “Aguja Solidaria”, dedicaron toda la cuarentena –y todavía hoy continúan– a coser mascarillas para sanitarios, policía o guardia civil, invirtiendo todo el tiempo que tenían. Doce, trece horas al día. “Para mí esto de las mascarillas ha sido una medicina”, cuenta Andrea, que tuvo que desempolvar su vieja máquina de coser del 73. “Cada vez que hacía una mascarilla pensaba que estaba ayudando a una persona, eso era una satisfacción enorme”.

Hoy muestran orgullosas sus manos encalladas, hablan de las horas sin comer y sin dormir, del día que cosieron cien y luego doscientas y luego trescientas mascarillas. “Yo me siento muy orgullosa de lo que hemos hecho, ahora cada día pienso a ver qué idea puedo aportar para hacer algo más”, confiesa Loli. “Los mayores siempre estamos al pie del cañón, podemos aportar muchas cosas”, recuerda Mari. De hecho, eso ya ocurrió durante la crisis anterior.

Lecciones para el futuro. Ocho de cada diez personas mayores hicieron hueco en sus mesas y en sus casas a hijos y nietos tras la crisis de 2008. Todos ellos se quitaron parte de la pensión y los ahorros para ayudar a pagar hipotecas y gastos de estudio, pero también se quitaron tiempo para cuidar de sus nietos, a veces invirtiendo en ellos tantas horas o más que una jornada laboral.

Nadie duda de que ahora volverá a ocurrir lo mismo, en cuanto la crisis sanitaria amaine y arrecie la social. “Los mayores van a ser un pilar fundamental. Todavía no hemos entrado en las consecuencias económicas de la pandemia, pero cuando entremos va a pasar lo mismo que en 2008, que van a resolver esta situación los mayores”, advierte Juan Manuel Martínez.

La COVID-19 ha dejado muchas cicatrices, demasiadas pérdidas importantes, pero también ha puesto por primera vez a los mayores en el foco de atención y esto –opina Juan Manuel– puede ser una oportunidad.

“Hasta ahora los mayores hemos sido oídos pero no escuchados, nunca se nos ha tenido en cuenta en las decisiones, pero yo creo que con todo lo que ha pasado, algo está cambiando. Nunca hemos tenido una posibilidad tan grande de ser escuchados por la sociedad como ahora. Esta desgracia servirá para que nos tengan en cuenta”, asegura el presidente de CEOMA.

De momento, su organización ha sido una de las llamadas a participar y aportar sus propuestas en la Comisión para la Reconstrucción Social y Económica del país. Allí donde nunca antes habían sido escuchados, las organizaciones de mayores han reivindicado la igualdad de derechos para todos, han insistido en la necesidades de planes contra el maltrato y la soledad no deseada, han reclamado pensiones dignas y más recursos para la residencias, han exigido un compromiso firme de lucha contra la discriminación por edad, comenzando desde las propias escuelas.

“Si a un niño de 9 años le explicas cómo es una persona mayor, cómo es el envejecimiento biológico y psicológico, no nos encontraremos en el futuro con las situaciones de abuso y maltrato que vivimos ahora”, confía Martínez.

Las organizaciones de mayores se sienten ahora más fuertes que nunca para recuperar ese papel central que habían perdido, ven que el cambio es posible, si bien, como apunta la gerontóloga Lourdes Bermejo, llevará su tiempo. “Los cambios sociales necesitan décadas. Fíjate en lo que ha pasado con la lucha por la igualdad entre blancos y negros, se avanza muy poco a poco”, añade la especialista, por eso insiste en que “no cambiaremos de verdad hasta que no haya una revisión crítica de lo que ha sucedido con los mayores, no solo en España, sino en todo el mundo”.

La pandemia del coronavirus ha demostrado hasta qué punto todos podemos ser frágiles -las personas, los sistemas sanitarios, las sociedades-, pero también hasta qué punto todos somos valiosos e interdependientes, cómo el pequeño gesto de uno solo –desde el simple acto de colocarse una mascarilla– afecta a los demás. “Por eso es tan importante poner en valor el cuidado como elemento vertebrador”, concluye Cristina Segura, de la Fundación la Caixa. “Lo hemos visto ahora, vulnerables somos todos, todos necesitamos cuidados y si a ese cuidado se le da poco valor las cosas se ponen peliagudas”.

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