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Laura C. Liébana

El tsunami que arrasó las residencias

Brussels (Belgium), 25/05/2020.- Mariette, a resident of the Christalain residence has her hair styled by caregivers before the arrival of her daughter Patricia for a visit at Residence Christalain in Brussels, Belgium, 25 Mai 2020. Visits to the interior of the rest home are permitted since May 11, 2020. There are still rest and care homes that do not accept any visits to the interior of the residence. (Bélgica, Bruselas) EFE/EPA/STEPHANIE LECOCQ
© STEPHANIE LECOCQ

La pandemia ha golpeado a un sector con carencias acumuladas, necesidades desatendidas y pocos recursos materiales. Los geriátricos se preparan para hacer frente a los rebrotes pese a la falta de trabajadores sanitarios y reclaman un cambio estructural en los centros.

El “bicho” aún puede colarse por cualquier resquicio. Ocurrió una vez y es posible que vuelva a suceder. Por mucho que ponga todo el cuidado del mundo, la máxima responsable de los centros residenciales de Clece Vitam en Valladolid tiene la sensación de que hay un factor suerte que ni pudieron, ni pueden, ni podrán controlar. Teme una segunda oleada. No es de extrañar: Laura Cantero Poncio ha pasado meses en tensión, con la mirada puesta en la residencia Patio de los Palacios. Esta fue la única, de las cuatro que coordina, en la que entró la covid-19. Hasta el mes pasado se despertaba cada día de madrugada, dispuesta a luchar “por cada uno de los residentes”, mientras los equipos “Covid Residencias” del Sacyl (Consejería de Sanidad de Castilla y León) se paseaban por las camas y decidían a dedo quién iba al hospital.

Lo segundo que más preocupaba a Cantero era la salud emocional de Aída, que ejerció como “médico y superheroína”. Esta facultativa, y los enfermeros y gerocultores del centro, tuvieron que enfrentarse a una carga de trabajo sobrehumana para cuidar a los 150 residentes de Patio de los Palacios. Y eso que este espacio posee un ratio de atención sanitaria superior al que exige la Junta de Castilla y León a sus residencias, con cuatro trabajadores más por la mañana y otros cuatro por la tarde, todos los días de la semana. La atención médica también se mantuvo más horas de las establecidas. Esto fue, precisamente, lo que les salvó del caos. Llegaron a tener hasta 40 personas de baja a la vez a primeros de abril. “Para cuando llegó la Semana Santa nos queríamos morir”, confiesa.

Contaban, por suerte, con una gran empresa en la que respaldarse para pedir dotación. Cantero tuvo “la posibilidad de realizar contrataciones para taponar la fuga”. Otros lo tuvieron aún peor. Uno de cada tres fallecidos por covid-19 en España fue un anciano de residencia. El coronavirus se cebó con aquellas que no pudieron mantener los ratios de atención sanitaria mínima exigible, diferentes en cada comunidad autónoma, durante los peores momentos de la pandemia. Esta crisis ha dejado al descubierto los pocos recursos, tanto materiales como personales, con los que cuentan los geriátricos.

“Nos han faltado manos; hubo muchísimas bajas médicas entre las enfermeras y se incumplieron los ratios en todas partes… ha sido una locura”, cuenta, Pilar Lekuona, vocal de Geriatría del Consejo General de Enfermería y presidenta del Colegio de Enfermería de Guipúzcoa, al otro lado del teléfono. El mismo aparato por el que ha recibido múltiples llamadas de enfermeras llorando porque no podían más. Ella achaca el desbordamiento a que “no había personal cualificado que hiciera cumplir unos protocolos cambiantes”. Los ratios de atención sanitaria por número de pacientes en el País Vasco “no se han tocado desde el año 2006”. Llevan congelados más de una década, algo que sucede en la mayoría de las comunidades. A esto se suma que “los profesionales de geriatría en centros residenciales cobremos menos que lo que se paga en un centro de atención primaria por el mismo trabajo”. El Coronavirus, revela, “ha destapado la realidad que vivimos desde hace mucho”.

Las residencias de ancianos comenzaron a florecer en España a finales de los setenta. El ideal promovido era el de un hotel cinco estrellas. Pero aquello fue hace más de 40 años y, desde entonces, “el modelo de residencia apenas ha cambiado”. Lekuona lleva tres décadas trabajando en el ámbito de la Geriatría. En ese tiempo, ha visto evolucionar a los usuarios de las residencias. La media de edad de los residentes era de 76 años en 1981. Para 2019, aumentó hasta los 86, según fuentes del IMSERSO. Al principio, incluso se llamaban “residencias para mayores válidos”, porque así lo eran el 80%. Los ancianos autónomos no suman hoy más del 20%. Se trata de usuarios “con un grado de dependencia severa, pluripatológicos y con graves trastornos cognitivos que requieren muchos cuidados”, explica la enfermera.

El doctor Josep María Via, asesor de la presidencia de la Fundación Edad y Vida, dedicada a abordar los retos del envejecimiento, cita un estudio que esta entidad llevó a cabo hace cinco años. En él se concluía que el 80% de los ancianos de las residencias “presentan cuatro patologías crónicas activas, toman siete u ocho fármacos a diario y padecen, en un elevado porcentaje, incontinencia urinaria, úlceras o problemas cognitivos; pero la residencia continúa más o menos igual. Eso no es del todo malo (quitando la falta de recursos y ayudas económicas), significa que no ha fallado nada tal y como estaban concebidas, porque no son hospitales”.

¿Medicalización? No, dignidad. El concepto de medicalización al hablar de las residencias de personas mayores genera rechazo entre las voces expertas de un sector diseñado para “cuidar y acompañar”, explica Lekuona. “A nadie le gustaría vivir en un hospital. Por eso, no queremos transformarnos en uno; queremos el personal sanitario suficiente como para atender de una manera digna y no lo tenemos”, añade la experta. La clave, según los especialistas, es la integración sanitaria. Esto es: que el sistema de salud sea quien deba interesarse por los usuarios de los geriátricos; que los médicos y las enfermeras se acerquen a las residencias.

“Puede ser tan sencillo como una coordinación real y plena con los centros de proximidad”, interviene Esther Arenas, directora de la residencia Nuestra Señora del Carmen, en Socuéllamos, Ciudad Real, uno de los mayores focos de rebrote en Castilla-La Mancha en el momento de la entrevista. Allí los ancianos continúan confinados. Arenas, que ha tenido que reutilizar mascarillas “día sí, día también” y ha sentido “mucho miedo”, propone “dignificar y reconocer a los trabajadores”. Le acompaña María Ángeles Sánchez, secretaria general de Acescam (Asociación de residencias de la región), que coincide con ella en que “no puede ser que el sector social sea el hermano pobre del resto”. Conviene “poner en valor social y económico a unos trabajadores que se situaron en primera línea de la primera línea cuando no les tocaba”.

Pero, ¿cómo evitamos que esto vuelva a repetirse? “Estableciendo protocolos de actuación para recibir atención primaria fuera de los centros hospitalarios”, incide la directora de la residencia. El doctor Via propone a las administraciones, en esta línea, “que definan la cobertura sanitaria de cada centro con un mapa en la mano. No se entiende que existan áreas, como Castelldefels, en Barcelona, donde haya 17 residencias y solo dos equipos de atención primaria. Eso es claramente insuficiente”.

“La medicalización no puede ser la excusa para implantar una sanidad low cost a las personas mayores, que han dado su vida por nosotros”, reivindica Juan Vela, franciscano de la Cruz Roja y presidente de Lares, que engloba a más de 1.000 residencias de mayores en España. “Nuestros centros son hogares -recalca-; estamos ciegos si decimos que el problema lo tienen ellos: el análisis que deberíamos hacer no es ‘qué es lo que ha pasado en las residencias’, sino qué pasa en el sistema de salud pública”.

Vela cree que, más allá de lo que ha ocurrido, los centros necesitan una mejora general dirigida a su humanización: “Poner a la persona en la residencia y no imponer la residencia a la persona. Esto es, que no tenga que cumplir con un horario estricto de actividades y comidas, sino ofrecer flexibilidad y amoldarse al proyecto de vida de cada uno”. El nuevo modelo, según el presidente de Lares, tendrá que ir en esta línea: “Residencias familiares, donde desarrollarse en plenitud y cercanas a donde se ha vivido para poder participar de la vida comunitaria y asociativa del entorno, en un entorno normalizado”.

Llevará tiempo regresar a esa ansiada normalidad. El 7 de julio hicieron los últimos tests en Patio de los Palacios: fue el primer día que consiguieron cero positivos. “A Aída se le saltaban las lágrimas. Cada negativo era una alegría; los enfermeros bailaban”, relata la jefa de servicio de Clece Vitam. La tormenta ha amainado. Ahora, hay recursos de sobra y los trabajadores de la residencia centran sus esfuerzos en intentar que el día a día sea “lo más cotidiano posible”. Eso es “lo que más necesitamos”, suspira la jefa de servicio de Clece Vitam. No terminan de lograrlo. Las misas se han suspendido; “se acabó sentarse juntos en la parroquia, ver el coro en primera fila (aunque los cantantes lleven mascarilla), comer en grupo... Ya nada va a ser como antes”. No todavía.

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