Mirar Laura C. Liébana

Cuando el abrazo educa más que la mascarilla

Los colegios de Educación Especial, que suman un total de 37.000 alumnos, han vivido con preocupación y angustia la falta de medidas concretas respecto a cómo deben reabrir sus puertas. Los protocolos adoptados para evitar los contagios perjudican, además, el desarrollo educativo, mental y social de estos niños, que tanto necesitan el contacto físico.

María Isabel Bonete aún no ha olvidado aquel domingo en que salió a por el pan y regresó llorando. En un recorrido de poco más de 15 minutos, varios vecinos de los edificios por donde transitaba salieron a sus balcones a increparla: “¡Estás loca!”. “¡Dejad de pasear!”. “¡Sois un peligro para todos!»”. Bonete y su hijo Miguel, de 17 años, autista y enfermo de Phelan McDermid —síndrome caracterizado por un retraso en el desarrollo y el habla— eran los dos únicos transeúntes de aquella avenida de Albacete. El acompañamiento y asistencia de personas con discapacidad o dependientes era, por aquel entonces, una de las excepciones que se añadieron al Real Decreto del Estado de Alarma.

Ya han pasado meses desde aquellos días. En el momento en que se escriben estas líneas, Miguel se prepara para afrontar su tercera jornada de colegio. Bonete lamenta: “En el confinamiento mi hijo perdió todo lo conseguido en el aula en los dos últimos años. Ha retrocedido. Y como él, muchísimos alumnos. No se estancan, retroceden”. Además, sufrió varios brotes violentos y de ansiedad. “Algunos de ellos fueron provocados por los insultos recibidos en la calle, pero la mayoría por la situación de aislamiento, por la alteración de sus rutinas -muy importantes para la salud emocional de los niños con trastorno del espectro autista (TEA)-, por llevar mascarilla y que no se le entienda, por no ver a sus compañeros de clase y profesoras… Mi hijo está más retraído aún en actividades repetitivas (obsesiones como alinear objetos) y juegos solitarios de lo que estaba antes de comenzar la pandemia”.

El inicio del curso escolar ha estado marcado por la inquietud, los recelos y la falta de certezas. Estos sentimientos se han multiplicado en el caso de Bonete y otras muchas familias con hijos en escuelas de Educación Especial. “Durante la cuarentena y hasta la fecha, solo he recibido ayuda por parte del colegio; las administraciones públicas nos han hecho sentir muy solos y abandonados”, lamenta. “Por eso, no tengo miedo de que mi hijo se contagie en el aula. Al contrario: en casa todos estamos deseando que acuda”, explica, “porque mi máximo temor es que no recupere su salud mental. Quiero a mi niño en la escuela, que esté con sus amigos y que vuelva a ser como era antes”.

Hay unos 200.000 alumnos de Educación Especial en toda España, que necesitan atención temprana y continuada. Grosso modo, -esta simplificación se complica por la diversidad que presentan-, hay dos grandes bloques. Los que requieren una pedagogía terapéutica, enseñarles por ejemplo, a ganar movilidad y autonomía; y los relacionados con la audición, el lenguaje y el conocimiento. Los colegios de Educación Especial, que son en torno a 400 y suman un total de 37.000 alumnos, han vivido con preocupación y angustia la falta de medidas concretas respecto a cómo deben reabrir sus puertas.

Los protocolos adoptados para evitar los contagios perjudican, además, el desarrollo educativo, mental y social de estos niños, que tanto necesitan el contacto físico (sobre todo los que tienen síndrome de Down o discapacidad visual), el uso de la boca para poder entenderse (en el caso de los alumnos con sordera o problemas del habla), o las rutinas (su alteración supone un problema para los TEA). Pero la comunidad educativa de Especial coincide en que lo que más necesitan y echan de menos estos alumnos son “los abrazos”.

«Llevamos seis meses de no asistencia al aula», señala Pascal Ramos, director pedagógico del colegio de Educación Especial de la Fundación Instituto San José, en Madrid. Allí atienden a 51 alumnos con discapacidad intelectual y física asociadas, de difícil manejo en el ámbito familiar, así como a alumnos con encefalopatías o con patologías degenerativas del sistema nervioso central. El 74% de los alumnos presentan, además, epilepsia fármaco resistente. Todos reciben clases en función de su discapacidad y de la disminución de sus posibilidades educativas, así como de integración laboral y social. Seis meses sin ir a clase es “mucho tiempo” para ellos.

Este colegio ha adoptado una serie de nuevas pautas que incluyen el uso de termómetros a la entrada, gel hidroalcohólico, sprays, desinfección de las suelas de los zapatos, distancia de seguridad o grupos burbuja. Sin embargo, Ramos ha manifestado su sorpresa con el comportamiento ejemplar del alumnado. “El hecho de que sean discapacitados no conlleva que puedan realizar ciertos protocolos. Los niños con autismo se han guiado mucho por esa rutina y nos están dejando asombrados. Tenemos alumnos con una afectación importante que están haciéndolo muy bien, la verdad”, celebra su director. “Incluso los chavales con graves problemas de conducta están haciendo uso de las mascarillas, gracias al trabajo de las familias”.

Siempre hay excepciones. “Hay casos en los que tenemos que seguir trabajando y ampliar su tolerancia a las mascarillas, porque solo pueden llevarla unos segundos”, explica María José Alonso, profesora y tutora de aula. Asimismo, los hay menos autónomos en el lavado de manos “y el agua no es tan de su agrado”, por lo que deben estar más “pendientes y enseñarles”. Esto, confiesa Alonso, “ha influido en nuestra forma de trabajo”.

El equipo docente tiene “una mayor carga asistencial”, interviene Ramos. “La parte pedagógica se ha tenido que variar en tiempos, objetivos y programa. El aseo y las medidas de seguridad conllevan en este momento mucho tiempo del que se pasa en el aula”, comenta. Alonso se sincera y expresa que “ahora mismo, es más importante para nosotros que los niños estén higienizados que enseñarles que dos más dos son cuatro. Doy más énfasis a la parte asistencial que a trabajar conceptos matemáticos, lingüísticos o de Conocimiento del Medio”.

De la misma opinión es Laura Muñoz, coordinadora de las unidades de Educación Especial específica en las Escuelas San José y tutora en el colegio San José en Valencia. “Ahora mismo, lo que más nos importa es su salud. Por ello, hemos incorporado el área Habilidades, donde cada semana vamos a trabajar algo específico relacionado con el Covid: un día limpieza de manos, otro, la distancia a la que deben sentarse en el autobús... para anticiparnos a lo que pueda pasar”.

En el San José de Valencia también conviven estudiantes de educación convencional y especial. Estos últimos conforman un total de 40 alumnos en la etapa de secundaria. Su discapacidad es moderada y hay un abanico amplio de patologías: “Diferentes síndromes, Down, TEA, alumnos sin diagnóstico pero con fallos neurológicos, enfermedades raras…”, enumera Muñoz. Cuando le preguntan a qué colectivo ha afectado más las medidas higiénico sanitarias implementadas en este tiempo, lo tiene claro: “Los más complicados son los jóvenes con autismo”.

Sus rutinas establecidas y su falta de comunicación y comprensión “son complicadas, y ahora todavía más”, apostilla. “Sobre los demás, quizá, los síndromes de Down, porque son superdotados emocionales y en esta situación (con mascarillas y distancia de seguridad), esa emoción no la pueden transmitir y se pierde ese afecto”, comenta. “En Educación Especial, la salud mental y lo pedagógico están separadas por un fino hilo, y hemos tenido situaciones de problemas psicológicos agravados o que han aparecido durante el confinamiento”, explica. ¿Las razones? “Los alumnos han padecido una distorsión completa de su realidad y los apegos han desaparecido: el contexto social de la escuela, sus amistades… solo les ha quedado la familia. Por eso, la salud mental es lo que ahora nos tiene más alerta. Nos preocupa que desarrollen problemas, que se autolesionen, que lesionen a sus familias o que sufran alucinaciones”.

La situación que atraviesa Empar, una alumna de 20 años con TEA, es muy similar a la de Miguel. De hecho, todavía no ha sido capaz de reincorporarse totalmente a la escuela. “Durante el confinamiento ha tenido episodios de depresión y ha desarrollado fobia hacia el género masculino sin motivo”, explica Muñoz. Las nuevas rutinas le ponen “muy nerviosa” y, por el momento, solo habla para preguntar “qué toca ahora” y “con quién” de forma ansiosa, porque, al moverse en grupos burbuja, las aulas han variado. “Estamos haciendo una entrada gradual con ella, para que pueda adaptarse. Pero le conviene muchísimo venir a clase. A Empar le encanta la música y, cantando, es capaz de aprender un montón de vocabulario”.

Durante el confinamiento, Alonso, Muñoz y docentes de toda España han ejercido “casi 24 horas al día”. A veces atendían dudas educativas por teléfono o Skype, pero otras “hacíamos la labor de psicólogas y estábamos ahí, simplemente, para el desahogo de las familias”. Los diez alumnos de Muñoz, dice, son sus “diez soles”. Por eso lamenta haberse sentido “muy incapaz” de poder ayudar a algunos de ellos de manera telemática. Ahora, y por ello, han añadido un área de Prevención y Salud mental entre las materias. Asimismo, han confeccionado nuevos horarios “tratando de mantener al máximo las rutinas adquiridas por nuestros alumnos con TEA”.

En general, la capacidad para adaptarse ha sido “brutal”, destaca. Muñoz relata el caso de un alumno con síndrome de Down que vivían en la otra punta de Valencia y solo tiene a su madre, soltera y trabajadora. “El segundo día Bruno vino solo al cole, tuvo que coger el autobús con 13 años. No nos lo creíamos. Hizo algo que a mis hijos les daría miedo, pero, cuando la necesidad de venir al cole les aprieta, son capaces de hacer cosas increíbles”, asegura. La coordinadora de Educación Especial destaca que sus alumnos son “super-conscientes de que necesitan venir al colegio, por lo que, aunque haya que echarse gel siete veces o no nos podamos abrazar, lo aceptan porque quieren seguir acudiendo al centro”.

Lo peor es que “ya no podemos fomentar su autonomía”, relata. Antes les mandaban tareas como desplazarse solos hasta la secretaría para promover su independencia, pero ya no es posible. Los alumnos con discapacidad visual se enfrentan justo al reto contrario: “No podemos tocarlos o cogerlos del brazo para guiarlos, por lo que se están haciendo independientes antes de tiempo”, expone Raquel Muñoz, profesora de inglés en el Centro de Recursos Educativos (CRE) de la ONCE en Madrid.

El mayor obstáculo al que se enfrentan es, también, psicológico: “Tienen un miedo extra a tocar cosas que no deberían, porque no saben si están contaminadas o no”. Esto es un problema porque “el 90% de su aprendizaje llega a ellos mediante el tacto; para ellos, es prácticamente imposible no tocar. Con los más chiquitines es muy duro, porque están acostumbrados a tocarnos para comunicarse”. El mayor obstáculo de aprendizaje que arrastran estos alumnos tras el confinamiento es la lectoescritura, que tuvo “un parón muy serio”, porque “no hay opción tecnológica ni telemática para suplir un libro en braille”, indica. Para el inicio del curso les ha tocado preparar mucho más material, que antes compartían. “Lo que hemos hecho es hacerles aprender que lo que se toca es de uno y de nadie más”, describe.

El contacto también es esencial para los alumnos con discapacidad auditiva. Lo cuenta Mariví Calvo, directora pedagógica del Colegio La Purísima para Niños Sordos, donde acuden 142 escolares: “Los abrazos aquí son continuos, es nuestra forma de expresarnos, decir te quiero a través de una mascarilla o con gestos no es suficiente. Yo sé que el niño lo necesita. No es solo una de privación sensorial, es afectiva”. Una de las mayores dificultades que el virus ha añadido es el uso de la mascarilla, que influye en la expresión facial e imposibilita la lectura de labios que es esencial.

A esto se suma otro hándicap: las mascarillas transparentes, que son especialmente útiles para las personas con trastornos de autismo o discapacidad auditiva, aún no están homologadas. “Para nosotros eso es un problema; mis niños necesitan verme”, reclama Calvo, así que “cuando damos explicaciones nos ponemos la inclusiva y tierra de por medio”. El resto del tiempo llevan las dos encima, además de la pantalla: “Todos sabemos el riesgo que corremos y la falta que les hacemos a nuestros pequeños”.

En general, en el aula, ha cambiado todo radicalmente, recalca Alonso, del colegio de la Fundación Instituto San José. “Hemos tenido que adaptar los materiales, no hay un ‘acceso libre’ y todo está bajo llave. Hemos perdido el contacto físico, hemos suspendido ciertos servicios como salas multisensoriales y de psicomotricidad... Eran herramientas y salas muy, muy beneficiosas para los alumnos y las hemos perdido. Pero sabemos que es la realidad que nos ha tocado, y evitar una vuelta a casa es nuestra prioridad”. Empar, Miguel y el resto de alumnos de Educación Especial de España, sin duda, no pueden permitirse otro confinamiento.

Más artículos

no-results-found-landing-news
VER MÁS {{percentLoaded}}% loading...