Despertar Tamara Cordero

Cada plato vacío es culpa de todos

Manos Unidas arranca su campaña anual bajo el lema ‘Contagia solidaridad para acabar con el hambre’, marcada por las consecuencias provocadas por el coronavirus entre los olvidados. Las estimaciones actuales indican que cerca de 690 millones de personas padecen hambre crónica y que la actual pandemia podría añadir entre 83 y 132 millones más al número total de personas subalimentadas en el mundo en 2020.

l número de camas UCI disponibles en los hospitales se ha convertido en un dato conocido por todos los españoles. De repente, este 2020 hemos sido conscientes de lo bajo que es este rango con respecto a otros países de Europa. Ha crecido en nosotros un sentimiento de preocupación por el estado actual de nuestros profesionales sanitarios y hemos alzado la voz para pedir mejorar nuestro sistema sanitario público, seña de identidad de este país. En España existen, según los últimos datos publicados por el Ministerio de Sanidad, 90 camas UCI por cada millón de habitantes. Y en Alemania, el país que mejor puntuación obtiene en la Unión Europea, el número asciende a 340. También ha pasado con los profesionales de la salud: en nuestro país, con una posición muy inferior con respecto al resto de miembros de la Unión Europea, contamos con 40 médicos y 50 enfermeras por cada 10.000 habitantes.
La crisis de la COVID ha puesto de manifiesto que esta cifra es irrisoria con respecto a la que sería correcta y aceptada por los organismos internacionales. Suspendemos en Europa. Pero, ¿hemos comparado nuestra situación con África o Latinoamérica? Porque según la Organización Panamericana de la Salud, en Latinoamérica y Caribe hay 21,4 médicos y 15,8 enfermeras por cada 10.000 habitantes, y con los datos publicados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) podemos afirmar que en África subsahariana hay cinco camas de UCI por cada millón de habitantes, no solo parar hacer frente a la pandemia, sino también a otras enfermedades mortales: el dengue, la malaria, la tuberculosis, el ébola o en el caso de la infancia, la diarrea o la desnutrición.
“Durante el 2020 hemos podido comprobar que vivimos en un mundo global en el que nadie, por muy poderoso que sea, es inmune a una crisis como la actual”, afirma Clara Pardo, presidenta de Manos Unidas, aunque recalca: “De cualquier forma, siempre hay unos colectivos de población para los que una pandemia puede tener un impacto brutal. Me refiero a las personas refugiadas, a los migrantes, a los trabajadores en precario, a las minorías étnicas y tribales, a los niños, a los ancianos, a las mujeres… Y no podemos permitir que la pandemia haga que caigan en el olvido los millones de personas que viven, de por sí, en una crisis permanente de hambre y pobreza”.
A los países más pobres, la COVID les afecta de una manera diferente. Con mucha más intensidad. Incluso aunque el número de enfermos y fallecidos pueda ser menor en algún caso concreto. Las autoridades sanitarias mundiales coinciden en la necesidad de prevención e higiene para hacer frente a este virus y, en el mundo, hay 3.000 millones de personas que no tienen en su casa agua para el lavado de manos. También actualmente hay 2.200 millones de personas privadas de acceso al agua potable para beber y cocinar, y otros 4.200 millones que carecen de sistemas de saneamientos seguros. Además, alrededor de 1.000 millones de personas se enfrentan diariamente al hacinamiento y a graves carencias de alimentos, agua, saneamiento, gestión de residuos o asistencia médica. Y todo esto concentrado en tres continentes de nuestro inmenso planeta.
Datos alarmantes que, aunque por desgracia no son novedosos, este año adquieren un significado diferente. “Es verdad que la pandemia del coronavirus nos ha hecho testigos de gestos de solidaridad impensables en otros momentos, pero seguimos inmersos en esta crisis terrible que nos pide seguir siendo más solidarios que nunca”, explica Pardo.
Al frente de esta lucha se encuentra Manos Unidas, la organización de la Iglesia católica en España para la lucha contra la pobreza, que quiere frenar la mayor pandemia que sufre el planeta desde hace décadas, y que no es la COVID, sino el hambre. Los 1.300 millones de personas que había a principios de 2020 sufriendo pobreza multidimensional (de los cuales, el 84,5% vivían en Asia del sur y África subsahariana), podrían aumentar este año en 500 millones, a causa de la pandemia.
En este momento de crisis: sanitaria, económica y social, que vive el mundo, hay que reafirmar la dignidad de todo ser humano y sus derechos y, sobre todo, la urgencia de crear condiciones de vida más humanas, centradas en la dignidad de la persona y el bien común. El Papa Francisco recuerda en su encíclica Fratelli tutti que “la solidaridad es una palabra que no cae siempre bien… pero expresa mucho más que algunos actos de generosidad esporádicos” (cf FT 116). Para Francisco, solidaridad es “pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (cf FT 116). También es para el Papa, “luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales” (cf FT 116).
“Solo con la solidaridad bien entendida -afirma Pardo- podremos acabar con el hambre y la pobreza”. La solidaridad es una exigencia de nuestra dignidad humana compartida. Por solidaridad, cada cual debe asumir las causas del otro, haciéndolas causas propias. Y es que “la responsabilidad de cuidarnos tiene implicaciones tanto entre nosotros y las comunidades deprimidas del Sur, como entre las propias comunidades entre sí”, aseguran desde Manos Unidas.
En los países más desfavorecidos del mundo no solo luchan contra la COVID. Con unos sistemas sanitarios muy débiles y faltos de recursos humanos y materiales, esta pandemia se suma a otros retos a los que se enfrentan día a día como el VIH, la malaria, la tuberculosis o la desnutrición. En Europa tenemos puesta nuestra confianza en la vacunación. Sin embargo, en los países más pobres del planeta ya saben que las vacunas no llegarán, o al menos, no lo harán en la misma medida que a Europa o a Estados Unidos.
La OMS ya ha denunciado que existe una clara desigualdad entre los países del hemisferio norte y los del sur haciéndose necesario el asegurar que África tenga acceso a la vacuna de la COVID-19. En los países más pobres aún no se ha empezado a vacunar. En Guinea, un país con más de 12 millones de habitantes, solo se han vacunado a 25 personas. Para evitar este claro problema se creó el programa mundial COVAX. Su objetivo era que los países ricos hicieran donaciones para distribuir dosis entre los más pobres. Pero en la actualidad, el balance es de cero donaciones. Mientras que en el mundo, a finales de enero, ya se habían suministrado más de 40 millones de dosis de la esperada vacuna, en 50 países en su mayoría de renta alta, los más desfavorecidos siguen esperando. Y aunque en África, la coalición se ha comprometido a vacunar al 20% de la población a lo largo del 2021, el futuro al que se enfrentan no es muy halagüeño, hecho que la OMS debería denunciar una y otra vez hasta conseguir la igualdad en el acceso al proceso de vacunación. A esta reclamación ya se sumó el papa Francisco, en su mensaje Urbi et Orbi el pasado 25 de diciembre, solicitando a los organismos internacionales y a las empresas, la cooperación y la no competencia para buscar una solución que sirva para todos: “Vacunas para todos, especialmente para los más vulnerables y necesitados del planeta”, pedía el Pontífice.
Acabar con la desigualdad no es una utopía. Aunque solo con la implicación y participación de todos en la construcción del bien común, a través de la cultura de la solidaridad, conseguiremos caminar hacia un mundo donde los derechos humanos dejen de ser una declaración de intenciones para convertirse en una realidad.

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