Despertar Nacho Moreno Santamaría

Un futuro para Kinshasa

En esta tierra de fuertes contrastes que se enfrenta a una situación humanitaria desafiante, los kineses luchan por un futuro mejor ayudados por instituciones religiosas que les acompañan en su sufrimiento.

Kinshasa es la capital y mayor ciudad de la república Democrática del Congo. Con 17 millones de habitantes, si están bien contados, es el centro administrativo, económico y cultural del país. Se encuentra a la orilla del río Congo y se extiende sobre más de 30 kilómetros de este a oeste y sobre más de 15 kilómetros de norte a sur. Es un lugar rico, pero en el que se vive con gran pobreza. Allí las onegés e instituciones religiosas realizan una gran labor para acercar la educación, la sanidad y la vivienda a tantos congoleños que no pueden hacer frente a la vida diaria.
Camille Sapu es el superior provincial de la Provincia de África de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Nos espera a la llegada al aeropuerto de NDjili, para recibirnos y hacernos de guía en un viaje en el que perseguimos conocer y acercarnos a la situación que la Congregación vive en esta Provincia. Intenta contarnos en pocas palabras lo difícil que es hacer frente a la vida en las circunstancias de los habitantes de Kinshasa. “No puedes vivir con lo que se vende en la calle. Sabemos lo que están pasando estos vendedores callejeros. Lo poco que venden es para la comida y la casa, es para la salud de los niños, es para la escuela. Y para ellos, nada está cambiando”, cuenta el superior. Se refiere a la situación política actual de la República Democrática del Congo (RDC), dirigida desde 2019 por Antoine Tshilombo Tshisekedi. Su llegada ha llenado de esperanza a una población devastada y con malas experiencias de presidentes y gobiernos corruptos. Tshisekedi está intentando cambiar muchas cosas: la corrupción, el desorden, la injusticia. Ya ha logrado el cambio de la cúpula militar con menos presencia de policía y ejército en la calle pero “Tshisekedi no puede resolver las cosas de 50 años en un solo mandato, lo sabemos -continua Camille-. Su reto más difícil es cambiar la mentalidad, demostrar que va a pensar en el pueblo y no en su propio poder, y está trabajando por ello”. Cincuenta años de vacío porque desde que se consiguió la Independencia de la República Democrática del Congo, el 30 de junio de 1960, las circunstancias de este rico país han sido siempre difíciles. “Desde el principio la independencia significaba la libertad, pero este proceso no estaba muy bien preparado porque se entendió que esta libertad era hacer lo que cada uno quería, por eso se dividió el país. Por eso trabajamos para que la independencia sea para el bien del país, aunque el camino a recorrer sea muy largo todavía”, nos explica el religioso ss.cc.
La primera noche, recorremos poca distancia, pero a este viajero ya le van sorprendiendo las cosas más allá de la carretera del aeropuerto. Empieza la vida real de una ciudad de 17 millones de habitantes. Tierra, baches y gente a los lados de las calles, muchas personas, yendo y viniendo. Gente apostada vendiendo todo tipo de cosas, personas atestando camionetas y motos, a veces hasta tres o cuatro personas sobre cada una, ya que la utilizan como taxis. Autobuses en los que no cabe un alma, no ya un cuerpo. Vehículos que se cruzan y pitos, miles de sonidos de claxon para avisar. Los coches van llenos de sacos de verduras, carbón o mandioca, que no se caiga nada ya es una obra de arte. Y muchas personas que cruzan, de un lado a otro, desafiando al tráfico. Es notable, salir de casa es ya un propósito importante. De noche es aún más peligroso. Cruzar una calle sin que te atropellen es un misterioso milagro. Lo hacen con cosas sobre la cabeza, criaturas a la espalda, cargando un saco enorme o un atado de verduras en lo alto, corriendo y esquivando a tipos que cuando pitan es que ya han avisado. Siempre hay gente en todos lados. En un paseo hacia el centro pasamos por barrios llenos de gente y mercados precarios, Kimanseke, Masina, otros con algo más de orden como Matete y Limete y llegamos a Gombe, lugar de ministros y parlamentarios… y el colegio de los jesuítas. Pasamos la catedral, la universidad protestante y la católica. Nos cruzamos con rostros, muchos rostros. Hay vendedores jugándose la vida, andantes con rumbo, más mercados, calles con viviendas de madera y lata, atestadas de chabolas… ¿Qué harán estas personas cuando lleguen a su casa, un lugar que es aún peor que la calle? ¿Cómo se ducharán? ¿Tendrán un sofá para sentarse después del trabajo o lo harán en el suelo? ¿Dormirán en una mullida cama con edredón o en una estera en el suelo de tierra, polvo y sustratos? ¿Qué esperarán de mañana, lo mismo que hoy o quizá otra cosa? Me fijo en la gente que vive en los tejados de algunas casas, se alquilan por metros. Se pone una lona o plástico y se transforma en un ‘hogar’.
Sobrevivir es lo que hacen todas estas personas que ponen un paño en la calle o una mesa que transportan cada día y cada noche. Sobre eso algún producto: un balde de maíz, un montoncito de mandioca, algunas frutas, unas leñas o algo de carbón, o unos pedazos desmenuzados de hormigón de algún trozo caído por allí… Cada día, sin domingos ni fiestas, acuden hacia las cinco de la mañana y hasta la noche.
“El Congo es uno de los países más ricos del mundo. Pero la situación está fatal. Debemos despertar la conciencia de los que toman decisiones a nivel internacional, para que ellos también sientan el sufrimiento del pueblo con estos problemas. La gente necesita ayuda inmediata, no pueden esperar un cambio político”, pide el religioso ss.cc.
En este contexto, la Iglesia comparte con el pueblo su sufrimiento, se sitúa a su lado e intenta dotar de herramientas y formación a los kinéses para que puedan tener un futuro. “La Iglesia está trabajando mucho -continua el religioso- , los obispos están trabajando mucho, pero no son políticos y el actual cardenal está también empujando a los políticos católicos para hacer cosas diferentes de lo que han hecho hasta ahora”.
La religión mayoritaria en la República Democrática del Congo es el cristianismo, seguido por más del 79 por ciento de la población. Las denominaciones incluyen, de manera prioritaria, la católica en un 55,8% y la protestante en un 39,1%.
En nuestro recorrido concelebramos una Eucaristía en la Parroquia Mama wa Boboto (Virgen de la Paz). Participo de una celebración bonita, cantada, danzada, hablada, casi siempre en movimiento de personas vestidas para la ocasión con sus ropas de los domingos. Cristianos devotos que son la sencilla profundidad ya perdida en tantos sitios. La eucaristía dura mucho, pero no aburre, no entiendo nada, pero no importa, rezo con todos. “Hemos venido a rezar, nosotros no tenemos prisa”, le dijeron unos cristianos a un religioso que celebró una eucaristía de solo una hora en Navidad, “que venga otro padre que no tenga prisa”, le pedían. Impresiona. En las ofrendas un hombre carga un enorme saco de carbón y otras personas, comida para el sustento de los padres. Veo los rostros de la gente, ¿Qué le pedirán a Dios? ¿Qué preocupaciones tienen estas familias? ¿En quién ponen su esperanza? Es toda una lección de confianza en el Buen Dios. Se ve que para tantos y de verdad “solo Dios basta” (Santa Teresa). En otra eucaristía, en la parroquia San Francisco Javier, encontramos mucha menos gente, menos coro y menos tiempo de celebración. El COVID ha hecho que multipliquen las misas para que no haya tanta concurrencia.
La Congregación de los Sagrados Corazones acompaña a los que aquí viven y sufren desde que llegó al Congo. En este contexto, visitamos también a nuestras hermanas ss.cc., siempre acogedoras, que nos hablan de su presencia. Nos muestran el colegio que está creciendo y que cuando se termine tendrá más de 2.000 alumnos. También tienen una escuela de fisioterapia y un taller para mujeres, tan necesario en este lugar.
Uno siempre piensa que la educación es la herramienta que abre al futuro. La Congregación se desempeña bien en la tarea educativa. No hay una manera mejor de salir de la pobreza y de un presente oscuro y difícil. Sin embargo, la buena intención no es lo único que cuenta en un lugar como Kinshasa. Visitamos la zona de Bitsakuchaku, o la Montaña, una zona más alta. Llegamos a la parroquia St. Athanase y a la escuela junto a ella. Es una escuela infantil y primaria. Nos encontramos con niños. Niños simpáticos, movidos. Niños al fin. Vamos después a la escuela primaria Père Coudrin. Todos los niños nos esperan en el patio con una canción de bienvenida. Son 40-45 alumnos por clase, como cuando yo iba la colegio. Los pupitres son como los de antes, las pizarras también. Algunos suelos están embaldosados y otros no. Los niños están contentos y cantan y danzan. Les pido que no dejen de sonreír, es lo más cautivador después del camino recorrido. ¿Cómo es posible sonreír aquí? Pues lo es. Aunque es verdad que sin ayuda externa no se puede lograr casi nada, no se pueden mantener abiertos estos colegios que son la única herramienta para un futuro mejor.
El Colegio P. Damián de secundaria está al lado. También hay 45 alumnos por clase, pero son mayores y caben muy mal en las aulas. Tondisa Ebale es un centro de Formación Profesional para jóvenes en La Montaña. Aquí están pasando muy mal momento como consecuencia de las medidas sanitarias adoptadas para hacer frente al COVID. Los profesores de los colegios han renunciado hasta al 75% de su sueldo para poder seguir con su trabajo. Impensable en países ricos. En el futuro, la Congregación de los Sagrados Corazones también abrirá el colegio P. Eustaquio. Las obras salen adelante gracias a las donaciones de Países Bajos, Bélgica, España y algunos otros donantes. Todavía falta, pero es un motivo de esperanza. El barrio lo necesita.
Todos vemos algo importantE: crear obras educativas es bueno, pero también hay que mantenerlas y estar presentes, ofrecer un proyecto consistente a las familias y crear equipos de hermanos que trabajen en red. La Provincia africana de los Sagrados Corazones está presente en Kinshasa en tres comunidades: Mikondo, Padre Coudrin y La Montaña. En Mozambique se suman Marera y Beira. El grupo está formado por hermanos congoleses en su mayoría, algunos mozambiqueños, dos españoles y un polaco. Son unos 30 en total, cuatro novicios y varios postulantes. Un grupo joven y con mucha energía.
La labor que realizan las congregaciones e institutos religiosos en estos países es muy destacada. La Iglesia constituye una fuerza importante para la llegada de recursos y para el futuro de estos pueblos. África es rica pero la gente es pobre. Y esta situación solo pueden cambiarla ciudadanos libres y educados que asuman la responsabilidad ética y política, por ese orden, del país. Apoyar el trabajo de la Iglesia es contribuir al futuro de millones de habitantes.
El pueblo congoleño nos enseña a ser pacientes. Son hombres y mujeres que luchan por sobrevivir y mejorar el futuro de sus familias y de su país. Kinshasa es un rincón del mundo que nos da una visión distinta de las cosas, una abundante tradición cultural y una manera diferente de ser creyentes. El Congo también nos roba el corazón.
Decía Ana Medina, en una de sus oraciones desde el tren que: “Cada segundo fue cierto y mereció la pena. Has amasado el tiempo que me falta para llegar a ti y comprenderlo. Nada deja de ser, nada es olvido”. Que África y sus gentes no sean olvido para nosotros.

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