Despertar Laura C. Liébana/ Foto: Jesús G. Feria

'Sí' a Dios en exclusiva

Como todos los jóvenes, tienen sueños e ilusiones. Pero los suyos son distintos a los de los demás. No aspiran a ganar mucho dinero y el número de seguidores o de ‘me gustas’ en las redes sociales no les preocupa. Ellos y ellas han elegido por vocación algo que la gran mayoría ni se plantea: dedicar su vida a Dios en pleno siglo XXI.

Irene tiene 26 años y es novicia en el Instituto Iesu Communio. Si no fuera por el hábito, cualquiera diría que es una chica “normal y corriente”. Una mujer de ciencias. Estudió Ingeniería y, desde bien pequeña, le apasionaron la física y las matemáticas. “Aún no seguía a Cristo, pero sentía que el universo, los planetas, todo me hablaba de Alguien que no conocía, pero por quien yo sentía mucha nostalgia”, expresa.
Antes de convertirse en religiosa, trabajó en una empresa de pararrayos. A menudo pensaba en Dios y se preguntaba para qué serviría la vida contemplativa. Un buen día, todo cobró sentido: “Cuando cae un rayo impacta sobre el pararrayos y, para que no dañe ninguna estructura ni a nadie, la corriente se introduce en la tierra y se extiende por ella. El Señor me explicó de este modo que eso era la vida contemplativa. El amor de un Dios poderoso que ha creado el universo se quería derramar en mí y, así, hacerlo llegar a la vida de tantos que no le conocen, que no encuentran un sentido que les impulse a vivir”.
La joven de cabellos rizados lo cuenta exultante, con una sonrisa que no se desdibuja de su cara, aun cuando tiene que hacer frente a la difícil tarea de explicar por qué ha tomado una decisión nada habitual en los tiempos que corren. Irene sentía que vivía en un mundo “muy superficial” que ella misma había construido para no sufrir, hasta que, en una Eucaristía, en el momento de la Consagración, se arrodilló ante Jesús y sintió que alguien dentro de ella oró: “Hágase”. Y así se hizo.
Cuando lo cuenta va ataviada con un hábito de tela vaquera tejido con tecnología ecoeficiente. Nada que ver con las prendas oscuras que habitualmente utilizaban las monjas de clausura. El azul es el color característico en el vestuario de las religiosas de Iesu Communio, la congregación más joven de España dedicada a la vida contemplativa y a la evangelización. Tienen dos sedes: una en La Aguilera, en plena Ribera del Duero, y otra en Godella, Valencia. Cada año acogen a jóvenes que, en su mayoría, no superan los 30 años.
Es el caso de Carla, una madrileña que, a sus 24 primaveras, decidió formar parte de esta comunidad. Ella revela que, a los 15 años, perdió a su padre de manera repentina. Eso hizo que decidiera alejarse de la Iglesia y de Jesús. “Le eché la culpa a Él”, cuenta, serena. En 2016, acudió a la Jornada Mundial de la Juventud y, en el trayecto a Polonia, los jóvenes cantaron una canción: “Nadie te ama como Yo”. Carla tuvo la certeza de que Dios se dirigía a ella.
La mayoría de chicas de su edad pensarían que el camino que ha escogido está lleno de renuncias, pero ella no lo ve así. “Al principio, la vocación me daba mucho miedo porque no podría ser madre”, revela, “pero cuando llegué a esta casa, descubrí que eso no era así, que la maternidad que me regalaba Jesús era inimaginable”.
María, que tenía 23 años cuando entró al mismo instituto religioso, también es de Madrid. “Jesús salió a mi encuentro cuando estaba terminando Enfermería”, recuerda. Cada vez se daba más cuenta de que su carrera no la llenaba y sentía una inquietud a la que “no le sabía poner palabras”. Lo intenta. “Los enfermeros y los médicos son muy necesarios, pero hay otras heridas como la falta de esperanza, la falta de sentido para vivir… Me preguntaba ‘¿quién llega a estas heridas?’ Solo Cristo puede sanarlas”.
Al conocer a sus hermanas, la joven recordó estas palabras del Papa: “El designio que Dios tiene para ti, hace cantar y bailar al corazón”. Entonces, se dijo: “María, ya sabes donde canta y baila tu corazón, y es en este lugar”. Desde entonces, expresa de manera jovial -y para que los de su generación la comprendan- que se siente “¡como si me hubiera tocado la lotería! Aunque mejor, mucho mejor”.
Sofía Parra también se sintió así con 20 años, cuando decidió unirse a las religiosas salesianas. Realizó su primera profesión en 2016. Hoy tiene 30 y disfruta de acudir a la montaña, practicar fútbol o ciclismo, leer poesía y ver Los hombres de Paco (aunque prefiere la serie original, también le gusta la secuela que han lanzado este año). “Las monjas somos personas como los demás”, sonríe. “En algún momento he sentido ciertos prejuicios; que las personas tenían una idea preconcebida de mí, pero eso cambia cuando te conocen. Y, sinceramente, me encanta cuando alguien descubre que no tengo nada que ver con lo que se creía”.
Nació en Guadalajara y ahora vive en la comunidad Nuestra Señora de Gracia, en Madrid. Estudió Matemáticas en la universidad y es profesora en el Colegio Escuelas Santísimo Sacramento. También participa dentro del Proyecto Puzzle de la Fundación Valsé, una propuesta socioeducativa orientada a niños/as y adolescentes que se encuentran en situación de vulnerabilidad o exclusión social, en el Barrio del Pilar. Se trata del barrio con mayor densidad de población de Europa y uno de los más altos índices de desigualdad social. Allí, el proyecto da servicio a más de 100 familias. La labor de Sofía es educar y acompañar a estas personas “que vienen de muchos países distintos y profesan diferentes religiones o son ateos. Además de hermanas, también hay educadores seglares”.
Junto a ellos se siente “alegre y en paz”; completamente realizada. No piensa en sus renuncias sino en lo que ha ganado: “Sí que tengo una familia (bien grande) y mi opción de vida, en realidad, es una opción radical por el amor. Cuando eres joven y el Señor te toca el corazón, lo vives con pasión y entusiasmo. No se miran las renuncias, sino el ir a por todas”. Y así ha seguido, yendo a por todas cada día. “El Señor siempre nos deja libres, quiere que vivamos en plenitud y que persigamos el sueño que tiene para cada uno de nosotros”.
Irene, Carla, María y Sofía son una anomalía en las estadísticas. Según los datos más recientes, salidos del informe ‘Jóvenes 2021’ de la Fundación Santa María, las cuatro se encuentran en ese 3,4% de las chicas entre 15 y 29 años que se declararon católicas practicantes en 2020, y en el menos del 1% de los jóvenes que ha valorado elegir la vocación religiosa como opción de vida.
Bernabé Rico, de 28 años, también es uno de ellos. Al contrario que sus coetáneos, no está suscrito a plataformas como Netflix o Amazon (por convicción propia) y tampoco enciende la televisión. Se declara algo “anti redes sociales”, aunque dice que “raro es el sitio donde no se pueda anunciar el evangelio” y admite que sí podría verse predicando en un canal de YouTube. Este valenciano de casi dos metros de altura fue ordenado sacerdote en mayo de este año, en la catedral de la Almudena, y vive en la parroquia de San Clemente Romano, en la capital.
La frase con la que algunos familiares recibieron la noticia de que Bernabé quería ser un Hombre de Dios, fue: “¡Ay, qué pena! Podrías haberte casado…”. Y es que, a él la llamada le llegó de forma inesperada. Ser cura no entraba en sus planes cuando era niño. Su familia era católica no practicante y él acudió a un instituto público. Pasó la adolescencia rodeado de libros y, a los 16 años, uno de ellos le atravesó el alma: Niebla, de Miguel de Unamuno, le animó a preguntarse los porqués de la vida.
Los años pasaban y Bernabé no encajaba con sus compañeros. “Yo era un niño muy inquieto intelectualmente y me encontraba un poco solo. Mis amigos de la ESO querían salir de fiesta y a mí me interesaban otras cosas”. Practicaba tenis, leía ensayos y quería ser médico. Comenzó a acudir a misa para “ser coherente” consigo mismo cuando se autodenominaba católico. “En mi iglesia de Elda -unos 52.000 habitantes- no había jóvenes y sigue sin haberlos. Pero allí, solo entre un montón de “abuelillas”, encontré en la Iglesia una madre y en Dios un padre”.
Entre tanto, las preguntas existenciales se le acumulaban y, en el último momento, se decidió por estudiar Filosofía y Ciencias Políticas en Madrid. El cambio de idea pilló desprevenidos a sus padres; aunque dos años después recibirían una sorpresa aún mayor. Su vocación surgió en sus años universitarios. Él quería concluir las dos carreras que había comenzado pero: “Dios me estaba pidiendo otra cosa y yo no estaba respondiéndole. No tengo conciencia de haber dicho “nunca seré cura”. Más bien le decía “sí, pero deja que primero haga mis planes”. Sufrí esa cierta lucha y, al final, me di cuenta de que allí estaba mi felicidad”.
En España hay 1.066 seminaristas, un 16,5% menos que hace 10 años, según la Conferencia Episcopal Española. Cada vez son menos los jóvenes que llegan con 18 años. “Vivimos en una cultura del éxito, de la inmediatez, de lo útil… todo eso hace que sea difícil escuchar el corazón y lo que Dios pone en él. Es complicado escuchar la llamada entre tanto ruido. Lo que pasa es que Él nunca grita, siempre susurra. En una sociedad que vive a gritos y con prisa es difícil escuchar”, concluye Bernabé.
Sobre si la Iglesia tiene que “reformarse” para atraer a más jóvenes, él apunta: “La Iglesia está viva. No es un cadáver que solo quieren estudiar los arqueólogos. Está llamada a ser signo en la sociedad en la que vive. Modernizarla no es ahormarla o “calzarla” a los criterios actuales de la sociedad. Perdería su autenticidad y dejaría de ser signo. Si cambiara con el tiempo, ¿para qué la Iglesia? De hecho, las reformas no deberían hacerse mirando hacia adelante, sino echando la vista atrás, a sus fuentes, a Cristo, al evangelio, a lo que está llamada a ser, lo que debería ser. Lo que no puede hacer es contentar a los hombres; tiene que contentar a Dios”.
Tomás Esquerdo es otra excepción a la regla. Nació en Sant Cugat del Vallés y con 19 años comenzó a formarse como religioso en la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Actualmente tiene 23, reside en la comunidad del Colegio de Martín de los Heros (Madrid) y renovará sus votos temporales en agosto del año que viene. Iba para Ingeniero Industrial, pero su vida cambió cuando se percató de que vivía dejándose «llevar por la corriente». Ahora estudia Teología.
Es el pequeño de sus hermanos biológicos, pero también el más joven de entre los religiosos de su comunidad. A veces bromea entre profundas reflexiones sobre el estado de la Iglesia. “Es cierto que los que la formamos debemos acercarnos más a los jóvenes”, considera, antes de detenerse y sonreír: “Mírame, ya hablo como un mayor”. Sin embargo, no se siente lejos de los intereses propios de los veinteañeros: “Creer que somos bichos raros es un poco absurdo. Si bien le dedico muchas horas a mis estudios (por las mañanas le toca repasar Cristología o Historia de la Iglesia Antigua), en mi comunidad, siempre tratamos de comer y cenar juntos. Después, vemos series. Ahora estamos con Juego de Tronos (en mi caso, la veo por segunda vez)”. Su personaje favorito es Jon Nieve.
Al recordar el momento en que sintió la llamada, explica: “Mi vocación es muy normal, ¡Dios no se me apareció ni nada por el estilo! Simplemente, surgió tras realizar una revisión de mi vida. Mi familia me ha educado en la Fe y en mi colegio esta se vivía como una relación con un Dios que es como un amigo, el más especial, con el que puedes contar siempre. Cuando llegó primero de carrera, surgieron las dudas. Como muchos jóvenes, no me había parado mucho a pensar qué quería en mi vida. Entonces, Dios entró en mi corazón y ganó la partida”.
Cuando se lo contó a su entorno, la respuesta apagó su nerviosismo y le llenó de gozo: “Por lo general, me decían ‘¡qué valiente!’”. A un joven que estuviera planteándose discernir, Tomás le diría: “Que sin miedo, que para adelante, que la vida es muy larga y Dios nunca nos abandona ni cuando nos equivocamos ni cuando pensamos que estamos perdidos y extraviados. La vida religiosa es una vida de muchísimas alegrías”. El joven concluye con una frase de Benedicto XVI que, sin darse cuenta, refleja perfectamente su propia vitalidad y carácter: “Dios tiene un gran sentido del humor” y completa: “Tiene una gracia divina”.

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