Despertar Ángeles Conde

Valentina Alazraki: "Como vaticanista lo más importante es ver y escuchar"

Valentina Alazraki es una fuerza de la naturaleza. Durante 47 años, -y los que le quedan por delante-, ha narrado desde Roma la historia y la intrahistoria del Vaticano para una audiencia millonaria al otro lado del océano, en México. Es una toda una estrella, aunque a esta comunicadora no le guste verse como tal. 

Ha informado sobre cinco papas y ha recorrido el mundo en más de 150 vuelos papales. Pero dice que lo que más le conmueve son las historias de las personas que entrevista en la plaza de San Pedro. Porque después de 47 años solo una pandemia ha impedido que cada miércoles, micrófono en mano, pulse el sentir de los peregrinos que pasan por la Ciudad Eterna. Valentina Alazraki es maestra, profeta en su tierra -y muchas otras- y la periodista de referencia si de Vaticano se trata.
En noviembre de 2021 el Papa Francisco le concedió una importantísima distinción, la llamada Gran Croce dell’Ordine Piano. Años antes, el Papa Benedicto XVI también le otorgó otra importante condecoración, la medalla de la Orden de San Silvestre. ¿Qué se siente al ser tan reconocida?
Me siento como el primer día de mi carrera. Y muy honrada por haber recibido estos reconocimientos, pero, al mismo tiempo, sé que tengo que seguir trabajando exactamente como lo llevo haciendo desde hace 47 años, es decir, con los mismos ojos de cuando no tenía experiencia y todo me asombraba. Creo que, si pierdo esa capacidad de asombro y de servicio, -de estar al servicio de la noticia y no de que sea yo la noticia-, habré perdido todo y estas condecoraciones no servirían de nada. Yo veo esta distinción como un reconocimiento del papa Francisco al gremio periodístico después de dos años muy complicados por la pandemia y por las dificultades que tenemos como vaticanistas. Porque es un ámbito difícil debido también al auge de las redes sociales que hacen todo mucho más complicado.
¿Las redes sociales han propiciado el fenómeno del periodista-protagonista?
Creo que sí. Por ejemplo, en la cobertura de esta guerra. Ha habido periodistas extraordinarios que se han puesto al servicio de la noticia y han desempeñado su trabajo en medio de situaciones muy complicadas con el único fin de hacernos entender lo que estaba sucediendo en el terreno. En otros casos parecía que los protagonistas eran los periodistas, por encima de quienes estaban viviendo esa tragedia.
Volviendo a aquel encuentro de noviembre, el Papa aseguró que la misión del periodista es la de explicar el mundo, de hacerlo menos oscuro. De acuerdo con su experiencia, ¿eso cómo se consigue?
Me gustó muchísimo su discurso que se centró en tres aspectos de nuestra profesión como son escuchar, profundizar y contar. En cualquier cobertura, lo más importante es ver y escuchar. Es decir, cuando estás con una persona y realmente la sabes escuchar, puedes profundizar. Por ejemplo, en el caso de la pandemia, hice una experiencia fantástica. Al entrevistar online me di el lujo de tomarme mi tiempo y tuve unas vivencias humanas increíbles. Si sabes escuchar y buscar, puedes narrar ese aspecto positivo. Es una modo de transformar un hecho dramático en un hecho menos oscuro y así, a su vez, dar esperanza a otros.
Pero no es una periodista de salón. Después de 47 años ejerciendo, sigue cada miércoles en la plaza de San Pedro entrevistando a los peregrinos tras la audiencia con el Papa.
Pisar la calle es fundamental. Recuerdo que, cuando me trasladé a Italia para estudiar periodismo con 19 años, el que luego fue mi jefe me dijo: “tú ve, estudia, haz prácticas con nosotros en Televisa y un día podrás ser mis ojos y mis oídos en el Vaticano”. Y yo le dije: “¿ser corresponsal es tan fácil, ser oídos y ojos?”. Y me dijo: “eso es”. Es una gran lección de periodismo. El periodismo hay que hacerlo en la calle.
En todos estos años de coberturas e historias, ¿cuál le ha llegado especialmente?
Son muchas las historias de cada miércoles, con excepción de estos dos años. Hace como un mes, cuando escuché de nuevo el canto de la guadalupana en el Aula Pablo VI no me lo creía porque los mexicanos no han podido venir a Italia hasta marzo. Las historias son muchísimas, pero las que más me han conmovido son las historias, por ejemplo, de hijos que habían venido con sus padres y después estos murieron y regresaron al Vaticano, o de padres que habían venido con un hijo y luego el hijo murió. Las más conmovedoras son las historias humanas que quizá no son extraordinarias como para una primera página.
Usted es toda una estrella en México tan reconocida por los peregrinos que llegan a Roma como lo es el mismo Papa.
Yo no me veo como una estrella. Entendí después de muchísimos años que en realidad me tocó ser una especie de puente entre México y el Vaticano o entre México y los papas. Lo más bonito de todo no es que estas personas me pidan un autógrafo, sino que se acercan para darme las gracias porque he sido quien les ha acercado a los papas.
Te ‘heredan’ de padres a hijos.
De hecho, me dicen que soy parte de la familia y que es como si me conocieran de toda la vida. Cuando me encuentro a alguien joven siempre me dice: “ay es que mi mamá es tu mayor fan”. Y luego siguen con: “y mi abuelita”. Y yo digo: “mira, con que no digas, ‘también mi bisabuelita’, todo va bien”.
En su caso, Valentina, se puede aplicar eso de mejor pedir perdón que permiso. En 1979 Juan Pablo II anuncia que va a México y a usted le piden un imposible: una entrevista al Papa. Y lo consiguó.
Creo que me impulsó el miedo a ser despedida cuando apenas empezaba mi carrera. Mi jefe me dijo: “bueno me tienes que entrevistar al Papa”. Le dije que los papas no daban entrevistas y me respondió: “bueno chiquita luego me cuentas cómo resolviste tu problema”. Y colgó. Yo siempre digo que se necesita suerte en la vida. Mi suerte fue que el viaje era un jueves y el miércoles había audiencia general. Pasé toda la noche sin dormir hasta que se me ocurrió ir de madrugada a casa de un amigo a pedirle un sombrero mexicano. A la mañana siguiente, me escondí con el cámara detrás de unas plantas a la entrada del aula de las audiencias. Llegó el automóvil del Papa y bajó el monseñor francés que era el prefecto de la casa pontificia, Jacques Martin, que me fulminó con la mirada. En ese momento, también me miró Juan Pablo II que vio a una pelirroja de 23 años con un sombrero mexicano, enredada en un cable y al pobre cámara blanco como una sábana. Y entonces el Papa sonrió. Ahí pensé: “el que manda aquí es el polaco y no el francés, así que vámonos”. Me acerqué con el micrófono y el sombrero y el Papa me contó que quería arrodillarse ante la Virgen de Guadalupe. Le pedí también una bendición para el pueblo mexicano antes del viaje. Mandé el material a México y mi jefe me dijo: “ah muy divertido, pero mañana en el avión me lo entrevistas de verdad”. Me habían contado que el papa Pablo VI entraba a la cabina de los periodistas, pero era él quien hacía las preguntas, nunca nadie le preguntaba. Al día siguiente, en el vuelo cuando Juan Pablo II vino a saludarnos, yo directamente le metí el micrófono y entonces todos los periodistas hicieron lo mismo. Esa fue la primera rueda de prensa de un papa en un avión.
A propósito de esto, su llegada en el grupo de los vaticanistas no fue muy amigable. Por joven y por mujer.
Antes de 1978, cuando entraba a la sala de prensa del Vaticano era como si entrara un fantasma. Era invisible. Fue con el viaje a México cuando los compañeros, sobre todo italianos, al ver que estaba todo el día transmitiendo entendieron que, a pesar de ser mujer y joven, yo trabajaba.
Y resulta que años después,su amistad con Juan Pablo II le llevó incluso a ser testigo en la causa de beatificación.
Fue una sorpresa, me quedé sin habla cuando me llegó la comunicación de que me habían elegido como una de las 10 testigos en Roma. Por eso, me enteraba de las cosas del proceso con mucha antelación, pero nunca conté nada, siempre fui la que informaba más tarde que el resto porque así me comprometí con el postulador. En la positio final se incluyó una aportación, a partir de mi testimonio de mujer laica, sobre la relación de Juan Pablo II con las mujeres. Hablé de la mirada tan limpia de Juan Pablo II y de cómo admiraba la belleza femenina. Por ejemplo, cuando íbamos a África, en las misas, había jóvenes africanas prácticamente desnudas. Todo el séquito del Papa que se ponía rojo y bajaban la mirada. El Papa, sin embargo, las miraba de frente, con una mirada abierta y con una gran limpieza. Tenía una forma natural de ser con las mujeres creo que porque desde joven se acostumbró al trato con ellas, cosa que no es natural en un prelado.
Su relación con Juan Pablo II es bien conocida y su relación con Francisco la estamos viviendo ahora mismo. ¿Cómo fue su relación con Benedicto XVI?
La verdad es que no hubo esa relación humana como con Juan Pablo II o el papa Francisco, sencillamente porque el carácter del papa Benedicto es diferente. Él es un Papa que hay que leer y escuchar, pero no se le puede pedir ese carisma o esa empatía de Francisco o Juan Pablo II. Por eso, fueron injustas las comparaciones que se hacían, que yo misma hacía consciente o inconscientemente. Creo que muchos de nosotros tenemos una deuda con Benedicto XVI porque él cargaba con toda una serie de prejuicios cuando era cardenal que se perpetuaron durante el Pontificado.
Fueron años difíciles en los que surgieron escándalos tremendos como el del fundador de los Legionarios de Cristo. Era difícil informar desde Roma de una cuestión tan delicada para la Iglesia y en especial la Iglesia Mexicana.
Creo que fue una de las historias más complicadas que me tocó cubrir, sobre todo, por las consecuencias negativas que podían derivarse para el Pontificado de Juan Pablo II. Porque hubo personas que llegaron a decir que Juan Pablo II encubrió a Maciel. Yo hice muchísimas investigaciones, tanto en Roma como en México, y no hubo ninguna fuente que me confirmara algo así. Y sí tengo muchas fuentes que me decían que la información llegaba de forma muy incompleta a la mesa del Papa, porque había de por medio mucho dinero y mucha corrupción.
En tiempos recientes, ¿fue quizá el de Chile el viaje más hostil del Pontificado de Francisco?
Yo había estado en Chile con Juan Pablo II y parecía otro país. También la información que llegó a la mesa del papa Francisco fue incompleta e incorrecta. Ahí está la importancia de la transparencia porque son los papas quienes pagan en primera persona las consecuencias. Si observamos las crisis que han vivido los últimos tres papas, muchas han estado provocadas por la falta de comunicación o por una comunicación equivocada. Por ejemplo, cuando fuimos a Colonia con Benedicto XVI nos dimos cuenta de que en los discursos de Auschwitz no estaba la palabra shoah. Advertimos de que supondría un problema con la comunidad judía internacional. Se lo dijimos al portavoz y este logró hacer comunicar al Papa la cuestión. Cuando visitamos el campo de concentración, la palabra shoah estaba en el discurso y así evitamos una crisis. En Ratisbona, cuando incluyó aquella cita de Mahoma, entendimos que después de eso nadie iba a leer toda la lección magistral y solo se destacaría esa frase. Intentamos hacer lo mismo, pero el portavoz no logró actuar a tiempo. El Papa la pronunció tal cual y se desató una crisis tremenda con el mundo musulmán.
En 2019 su intervención en el Vaticano sobre la protección a los menores en la Iglesia se centró precisamente en destacar que el periodista es el aliado. ¿La Iglesia sigue considerando a los informadores como el enemigo?
Creo que tanto en el Vaticano como en las Iglesias locales hay de todo. Hay personas que han entendido que es mejor que seamos aliados, pero ser aliados significa estar del lado justo, es decir, del lado de las víctimas y no del de los abusadores. Creo que es una mentalidad difícil de desarraigar porque durante demasiado tiempo ha sido más fácil echar la culpa a los periodistas que destaparon los escándalos.
¿Cómo encuentra al papa Francisco y cuál cree que es el reto más difícil que tiene por delante?
Creo que a nivel general está bien, pero está padeciendo mucho por la rodilla. Es evidente que se cansa mucho y no puede estar de pie. En cuanto al reto, diría que hay varios porque no es un momento fácil. Creo que es un momento importante para que el papa Francisco pueda demostrar que tiene firmes las riendas de la Iglesia y que no hay dos Iglesias, ni cismas. Una cuestión es que haya distintas formas de opinar y otra que haya pronunciamientos que no respetan la doctrina tradicional de la Iglesia. Creo que el reto es también que haya mucha claridad en esta sinodalidad porque si no, se corre el riesgo de que haya confusión. Las redes sociales no ayudan nada y además hay muy pocos periodistas que profundicen. Yo me siento mucho más responsable a nivel ético hoy que hace 40 años porque hace 40 años tenía todo el tiempo de confirmar fuentes y no había inmediatez, ni viralidad, ni redes sociales. Creo que era más fácil ser corresponsal hace 40 años. Parece raro, pero es así. Hoy necesitas un gran sentido de responsabilidad para informar bien. De lo contrario es una jungla.
Y precisamente, en todos estos años de coberturas e historias, ¿en qué medida ha pesado para bien y para mal conocer tanto la Iglesia y la mecánica de la Iglesia?
Yo he tratado de mantenerme objetiva, entre comillas. Siempre pienso que la Iglesia tiene 2.000 años, que ha sobrevivido a historias terribles y que está hecha por hombres. Trato de reconocer lo bueno y también lo malo y de que no influya en mi forma de ser o mi fe personal. Pero claro, hay situaciones que te hacen dudar. Aunque sé que hay algo que está por encima de todo esto.
Dice que la Iglesia está hecha por hombres, ¿lo estará por mujeres?
Lo veo un poco complicado. Es mi impresión. Podrá haber una mujer más o una menos, pero creo que tenemos que hacernos a la idea de que es una institución de hombres.

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