Mirar Ricardo Olmedo

De corazón a corazón

Un grupo de especialistas en cardiopatías congénitas lleva quince años organizando misiones médicas en países como Etiopía, Kenia o Jordania. Esta es la historia de unos sanitarios que ya han salvado a más de 300 niños de una muerte segura.  

Todo comenzó en un quirófano del madrileño Hospital Ramón y Cajal. Los esfuerzos de una ong hicieron posible que una niña etíope de tres años- y con poco más de tres kilos de peso- fuese intervenida de urgencia de una cardiopatía congénita. La pequeña llegó al límite de sus fuerzas pero salió bien. Al pie de la mesa de operaciones estaba la doctora Tomasa Centella, cirujana cardiovascular.
A raíz de eso, misioneras salesianas que trabajaban en el sur de Etiopía, le preguntaron a Tomasa si ella podía ir a ese país africano a hacer cirugía cardíaca. La doctora Centella hizo las maletas junto a una cardióloga, una intensivista y una enfermera de UVI. No tenían muy claro qué se iban a encontrar allí. Se ofrecieron al único hospital posible y no la quisieron por ser mujeres, así que se fueron a echar una mano a la misión salesiana. Hasta que un par de años más tarde ya les pidieron organizar un viaje para hacer intervenciones quirúrgicas. Y ahí comienza la historia de este grupo de profesionales que llevan más de una década escribiendo unas de las más bellas, y poco conocidas, páginas de solidaridad.
Me encuentro con tres de ellas en un despacho del hospital Ramón y Cajal. Son Tomasa Centellas y Luz Polo, ambas cirujanas cardiovasculares, y Ana Coca, pediatra intensivista. Y durante un buen rato me cuentan esta impresionante aventura de organizar misiones médicas destinadas a operar cardiopatías congénitas a niños en distintos lugares del mundo. Inicialmente se formó un grupo del Ramón y Cajal que sacaban días de sus vacaciones, se pagaban los viajes y se organizaban por su cuenta. Así comenzaron los viajes a Etiopía, donde no solo operaban sino que también hacían cardiología intervencionista. Más tarde, alguna ong contactó con ellas, se podían financiar parte del coste de la misión y se abrió el campo de actuación: Kenia, norte de Etiopía, El Salvador… Finalmente, la ong internacional Chaine de Spoir, les pidió que fueran a Jordania para atender a refugiados sirios. Y así hacen desde 2016.
La misión de Jordania tiene un carácter mixto, es decir, colaboran con los profesionales locales, que cobran por hacer su trabajo con la ong, mientras que nuestras protagonistas lo hacen de forma voluntaria. En la última misión a Jordania han ido cinco profesionales. En estos años, se han incorporado compañeros de otros hospitales y ahora mismo -reconocen- hay lista de espera.
Unos 300 niños y niñas han sido intervenidos de cardiopatías congénitas en estos años. Hay que tener en cuenta que sus cirugías son muy largas: un paciente por día. Las cifras no tienen nada que ver con las clásicas campañas de cirugía pediátrica general en la que se intervienen a muchos pacientes en un día.
Las propias características de la misión médica requieren, entre otras cosas, un trabajo de diagnóstico previo que ellas afirman que se suele hacer bastante bien porque hay cardiólogos formados. Lo que no hay son cirujanos o algunas infraestructuras necesarias para las intervenciones. Lo que sí ha avanzado es el diagnóstico ecocardiográfico por videoconferencia. Por ejemplo, en los recientes viajes a El Salvador y Jordania han tenido una sesión previa con los cardiólogos de allí. En el caso jordano, los niños del campo de refugiados sirios van a Amman, le hacen una eco y ellas por videoconferencia preseleccionan qué rango de complejidad tiene la cardiopatía para ver si es posible la operación.
Y aquí viene el problema: hay casos en los que no es posible operar, sobre todo si se prevé alguna complicación severa en el postoperatorio. Ellas están entre diez y quince días y no pueden correr el riesgo de dejar a un niño con una complicación grave. A veces, las restricciones vienen por la propia política sanitaria de los países: en Etiopía no les dejaban operar a niños con síndrome de Down. O, a veces, por la escasez de medios.
“Cuando estuvimos recorriendo Etiopía -recuerda Tomasa- había hospitales en los que el oxígeno no estaba centralizado. Nosotras para operar el corazón necesitamos una bomba que hace de corazón mientras lo paramos. Imagínate si la bombona de oxígeno se acaba en mitad de la cirugía. Hay cosas imposibles. Bueno, aunque también hemos hecho cosas imposibles”. Y en el apartado de imposibles recuerdan el día que pusieron un marcapasos a un niño y se iba la luz cada vez que encendían el aparato para ver por dónde iban. Ana Coca recuerda a Kali, “un niño etíope al que había que cerrar la comunicación entre aurículas, pero el peque se puso muy malo por una transfusión y la anestesista y yo retrasamos unos días el regreso para atenderle, hasta que tuvimos que volver a Madrid. La situación era tan mala que regresamos a Etiopía, lo encontramos muy deteriorado por la falta de nutrición adecuada pero, finalmente, conseguimos extubarlo, el niño se recuperó y al año siguiente vino a vernos cuando volvimos al país”.
Tomasa recuerda su primer viaje a Etiopía. Ellas llegaron después de una misión italiana que había dejado a dos niños en la UVI. Uno de ellos, con insuficiencia renal, a punto de morirse. La cuestión era cómo hacer una diálisis en aquel lugar. Entonces Ana se inventó un sistema para realizar una diálisis peritoneal casera y el niño salió adelante. En otra ocasión, Ana le pidió las botellitas de aceite de oliva que llevaba para su desayuno. Se trataba de alimentar por sonda nasogástrica a un niño muy deteriorado. Y lo consiguió con el aceite y un poquito de leche.
De las últimas misiones en Jordania para atender a niños refugiados sirios vienen especialmente afectadas: “nos han producido mucho más dolor que los etíopes. Estos nada tienen y están acostumbrados a la pobreza absoluta. En el caso de los sirios es muy diferente. Allí en los campamentos hay familias que venían de vivir una vida más o menos cómoda, pero con su trabajo y sus ilusiones.Y llevan años viviendo bajo plásticos, no tienen derecho a nada, encerrados en el campo, y sin ninguna esperanza. Recuerdo a unos padres jóvenes que llevaban nueve años buscando a alguien que operara a su hijo y que en sus condiciones de vida anterior lo podrían haber hecho sin problema alguno”, comenta Tomasa .
Luz insiste en que son conscientes de ser unas privilegiadas: “hay mucha gente que hace cirugía cardiaca y le encantaría hacer esto. Por otro lado, ya sabemos que hay otras necesidades previas, que la gente se tiene que alimentar, hay que vacunar a los niños, hay que prevenir otras enfermedades. Sí, de acuerdo, pero también hay niños que nacen con una cardiopatía congénita y algunas se pueden curar con una cirugía simple. Es muy doloroso que un niño se muera por no acceder a esa intervención. Es verdad que es una cirugía que no es barata, especialmente en países como el nuestro en el que si un niño no sale bien de esa intervención se le pueden ofrecer otras alternativas hasta llegar a un posible trasplante. En esos países a los que vamos esto no es posible”.
“Las cardiopatías congénitas son bastante frecuentes -comenta Luz- ocurren en uno de cada ocho recién nacidos vivos. Es verdad que hay un conjunto de causas por la que se dan y no se asocian directamente al nivel socioeconómico. Lo que sí es cierto es que en los países desarrollados hay un buen diagnóstico prenatal y existe la posibilidad de interrumpir el embarazo. En países empobrecidos se diagnostican ya cuando nacen o muchos años después. Lo que sí influye de forma determinante en la salud cardiaca es la fiebre reumática, que sigue existiendo en muchos países por falta de higiene, de vacunación, de antibióticos y eso sí que influye en muchos niños”.
Profesionalmente, es un reto para ellas porque a veces se enfrentan a patologías que en España ya no se ven. No porque la cardiopatía sea distinta sino porque aquí se coge a tiempo y en otros sitios ha evolucionado y no se ha corregido. Han visto cosas que solo conocían por los libros y que han tenido que poner en práctica sobre la marcha.
Recuerdan un drenaje venoso anómalo en una niña de catorce años. Tomasa me aclara: “eso tiene una placa muy característica que yo había visto en los libros: el corazón tiene forma de muñeco de nieve. Yo conocía las técnicas por haberlas estudiado, pero jamás me había enfrentado a eso. E iba a hacer lo de siempre cuando me di cuenta que era imposible levantar el corazón por su tamaño y tuve que hacer otra técnica descrita en los libros pero que no la había hecho nunca. Probé y salió bien. Pero podía haber salido mal. Me estoy acordando de otra niña con nueve años y una hipertensión pulmonar severa que tenía una comunicación interventricular y no teníamos cateterismo. Se nos ocurrió hacerle una eco, ver cómo iba el cortocircuito, ponerle oxígeno a todo lo que se pudiera y en una hora veríamos hacia dónde iba la sangre. Lo hicimos, abrimos el esternón y resultó que no solo tenía una comunicación interventricular sino que había un hemitruncus, cuando una arteria pulmonar viene directamente desde la aorta. Pues se nos presentó otro dilema porque no sabíamos cómo iba a reaccionar ese pulmón después de nueve años sometido a una presión alta. Y fuimos para delante. En España yo no habría hecho eso nunca, sin estar segura y cargada de razones de que todo va a ir bien”.
“Hay veces -recuerda Luz- que sale bien y otras que no, que te la juegas. Recuerdo a un niño que nos trajeron el último día de nuestro viaje, que se paró en la mesa de quirófano y no salió bien. Había que intentarlo. Hay que tener en cuenta los medios que tienes, hasta dónde puedes llegar y que las complicaciones vienen, aquí y en todos los sitios. Ahora bien, en España, en Europa, no se concibe que no haya curación para las enfermedades. No les entra en la cabeza. En otros países cuentan con eso: muchas veces no se van a poder curar”.
Implicadas hasta el final con sus pacientes y compartiendo sus conocimientos con los profesionales locales, estas doctoras creen que la clave del éxito de las misiones está en trabajar sin creerse superiores a sus compañeros del lugar que los acoge, comprender la realidad y aprender de la situación, además de respetarse profesionalmente. Y todo en un contexto de estrés y agotamiento. Aunque también cuentan con esa parte buena de salir, cambiar de realidad y trabajar voluntaria y gratuitamente sin la presión de la cotidianeidad que les produce su trabajo.
Ahí siguen, deseando que la siguiente misión se ponga en marcha para hacer las maletas y dar lo mejor de sí mismas para salvar vidas a muchos kilómetros de este hospital madrileño en el que me cuentan ahora su aventura.

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