Despertar Tamara Cordero

Hermano Pablo Noguera: "El cardenal Amigo siempre fue fray Carlos"

El pasado 27 de abril nos dejaba el arzobispo emérito de Sevilla, el cardenal Carlos Amigo, que fallecía a los 87 años en el Hospital Universitario de Guadalajara. Junto a él se encontraba el hermano Pablo Noguera, que siempre lo ha acompañado desde humildad y la discreción más absoluta.

Hablar de don Carlos Amigo es hablar de un hombre de todos y para todos. Un hombre de palabra y de acción. Un hombre vestido de Cardenal. Un hombre muy de Dios. Desde la sombra, el hermano Pablo Noguera lo acompañó en su tarea durante más de 30 años. Ahora sus palabras y recuerdos resultan un bálsamo para el alma de muchos, porque con su testimonio mantiene vivo a su padre y hermano: fray Carlos.

El fallecimiento de don Carlos es una gran pérdida para todos los que tuvimos la suerte de conocerlo, más para usted que lo ha acompañado tantos años, ¿cómo se encuentra?
El sentimiento que tengo es que efectivamente se ha ido de nuestra vista, físicamente no le podemos ver, pero a la vez se ha quedado. A cada paso siento su presencia, su palabra acertada, su bondad. Estoy sereno, con un ‘dolor’ pero sereno, la serenidad de haber vivido con una persona buena, un creyente en Dios identificado plenamente con la figura de Cristo. Este es mi sentimiento más profundo, una serenidad y alegría interior de haber compartido con él.
Todos hemos sido testigos de su entrega sin límites pero, ¿cómo era el Cardenal en la intimidad?
Fray Carlos, don Carlos, el cardenal, como queramos llamarle, era siempre fray Carlos, era sencillo, humano y con la vista puesta a veces en lo más insignificante. Pero era una persona siempre igual, en público y en la intimidad.
Don Carlos supo armonizar contrarios y tender puentes, ¿era uno de sus mayores dones?
Bueno, él aplicaba el lema evangélico, el mandato de Jesús que nos decía en el propio evangelio. Yo se lo voy a decir en latín: ‘Ut unum sint’, es decir, para que todos sean uno. Entonces yo percibía que él sentía una fuerte llamada de Cristo para ejercer esta indicación, para que todo fuera una sola cosa. Y esta llamada de Cristo se unía a su ser franciscano. Porque él era creyente por encima de todo, pero tenía un estilo de serlo, y era franciscano. Y precisamente el espíritu franciscano urge al encuentro siempre, a la fraternidad. Y entonces, no era un encuentro en el que hubiera que perder la esencia de lo que uno era para acercarse al otro, sino ofrecerle al otro lo que el uno era. Este era el mejor servicio que podía prestar en el diálogo para con todos y por ello lo de tender puentes. No es que él lo pretendiera, sino que su persona misma era un puente, era una forma de comportarse y consideraba que este era el ejercicio que tenía que hacer, nacido del mismo mandato de Jesucristo, y por eso considero que más que uno de sus mayores dones era una respuesta, una urgencia que nacía de estar plenamente identificado con Cristo.
Hablaba usted de la sencillez franciscana que le caracterizaba, ¿cómo era don Carlos capaz de armonizarlo con su ser Cardenal de la Iglesia?
La clave estaba en que entendía muy bien el significado de cada una de esas condiciones o estados. Ser cardenal y ser franciscano o ser franciscano y ser cardenal. Él consideraba que ser cardenal era un servicio, y ser franciscano era un estilo de hacer ese servicio. Por eso combinaba perfectamente ambas facetas, era entender que en la Iglesia cualquier cargo es un servicio y entender que ese servicio tenía que hacerlo como él era. Porque fuere vestido de una forma o se presentase en ambientes más solemnes, no dejaba de ser franciscano, y además lo llevaba muy a gala y en cada uno de los sitios, con su forma de hacer, lo proyectaba.
Y su capacidad de oratoria era increíble…
Pues ciertamente. Era un don innato en él. Pero que lo cultivó también. Es decir, una cosa es que uno tenga facilidad, porque las personas nacemos con cierta impronta, con dones que cada uno tiene, pero él lo cultivó porque le preocupaba la comunicación, comunicar el mensaje, y era consciente de su responsabilidad como pastor. Un pastor tiene que estar permanentemente predicando la palabra y la doctrina y lo hacía de una manera especial, llegando al corazón. Era técnica pero yo creo que tampoco se esforzaba en hacerlo, porque le nacía. Él quería llegar al corazón pero sin dejar de predicar la palabra de Dios, no le gustaba predicar la suya, se ceñía muy mucho al Evangelio y quería hacerlo llegar al corazón.
El cardenal Amigo recibía a todo el mundo, trabajaba inagotablemente, también con su ayuda y colaboración que desde la sombra gestionaba todo lo relacionado con su presencia pública y privada, ¿cómo era su relación?
Quizás es la pregunta que más me cuesta porque fray Carlos era un trabajador nato y trabajaba mucho, su misma vida era un acicate para imitarle. Todos los que estábamos a su alrededor, circunstancialmente o más permanentemente, como fue mi presencia, nos sentíamos urgidos por la caridad de Cristo. Yo lo diría de manera muy sencilla: Con él se imponía la fraternidad. Yo lo sentí ciertamente un pastor, lo sentí un padre, y sobre todo lo sentí un hermano, un hermano que estaba siempre atento a cualquier necesidad.
¿Con qué momento se queda de los vividos tras tantos años a su lado?
La verdad es que cualquier momento para mí era único, cuando a uno le preguntan es que me quedaría con todos porque era irrepetible y para mí cualquier momento era importante. Yo me quedaría con él orando, quizás por destacar alguno. Pero casi que no me gustaría quedarme con ninguno en particular porque su vida era toda un momento que llamaba la atención y por otra parte lo entendía con toda naturalidad.
Don Carlos supo entender como pocos el potencial evangelizador de la piedad popular…
Bueno, él trabajó mucho por la piedad popular y además la consideraba un vehículo indispensable para la transmisión de la fe. don Carlos entendió que tenía que trabajar con los instrumentos que tenía. Él no podía imponer una forma. Para él, uno de sus mayores ‘retos’ o preocupaciones siempre fue la transmisión de la fe. Él estaba preocupado por esto en el sentido positivo. La fe del pueblo, él decía, nos evangeliza, y él se sintió también evangelizado por la fe de pueblo. Y se manifiesta en esta religiosidad que a veces es sencilla, a veces es de gestos o expresiones externas, pero él desde el primer momento la consideró como la forma que tenía que utilizar, y se sintió evangelizado por la religiosidad popular y la sirvió con una dedicación extrema, y con una responsabilidad también. Estuvo atento a esta realidad y bueno pues no solo creó los canales adecuados para que fueran atendidos en la formación, si nos referimos a las hermandades y cofradías, sino que también se implicó y las atendió directamente él, haciendo presencia en los actos que convocaban y lo hacía en primera persona, porque consideraba que la autoridad venía del ejercicio próximo a la persona no desde una mesa de despacho.
También le preocupaba especialmente la familia…
Le preocupaba positivamente la familia, ya que consideraba que era el espacio en el que se debía de transmitir la fe y los valores intrínsecos a la misma fe, de la familia surgía todo, si la familia estaba desestructurada ciertamente los elementos que componían la misma familia solo podrían ser aptos milagrosamente. Era como su primera urgencia: la familia. Era fundamental y de hecho era su gran preocupación, porque él pensaba que si trabajamos con la familia trabajamos con las personas y van a estar preparadas para trabajar en la escuela, y si trabajamos con la familia, la familia va a estar preparada para insertarse en la parroquia… Él siempre decía públicamente que había que poner de acuerdo la escuela, la parroquia y la familia, y en ese concierto, en esa relación, se podría llegar a algo. Esa era su inquietud, era trabajar por la familia, siempre fue primordial para él.
Además de su devoción a San Francisco que se reflejaba en su vida y en su manera de estar en el mundo también sentía un especial cariño por San Damián de Molokai.
Sí, así es. Y además desde muy joven sintió una atracción por la figura del Padre Damián, el apóstol de los leprosos, que luego más tarde se acrecentó, esa admiración y veneración, al tener como un colaborador más inmediato en el gobierno de la diócesis de Sevilla a un padre de los Sagrados Corazones., En Sevilla le llaman los padres blancos, y lo sentía al Padre Damián como una figura muy querida y próxima. De hecho, en la mesa de su despacho, solía tener una imagen que le regalaron los padres de los Sagrados Corazones que en sí no era nada atractiva, era el momento en el que el padre Damián contagiado de la lepra se fue físicamente deteriorando, pero era también un indicativo de lo que supone darse a los demás: que muchas veces hace hasta que nos rompamos y hasta que perdamos nuestra propia identidad para poder darnos a los demás. Él participó en la beatificación del Padre Damián en Bélgica y yo le acompañé, así como en la canonización en Roma, que también estuve con él. En fin, era entre comillas, la debilidad de don Carlos, siempre con los pobres y los menesterosos.
¿Hay algún aspecto de don Carlos que no hemos llegado a descubrir?
Yo no sé, creo que no nos ha quedado nada y nos ha quedado todo. Quiero decir, si don Carlos vive, y así lo creemos por nuestra fe, pues sigue entre nosotros. Y lo que debemos ahora, para los que queremos saber interpretar todos los gestos, lo que tendríamos que hacer es una reflexión interna de todo aquello que él predicó y vivió. Manteniéndonos en ese ejercicio nos daremos cuenta que cada día nos da una lección con su vida. Bastaría a lo mejor en “según que tema” hacer memoria de lo que él podía pensar sobre algo y tendríamos una respuesta, estoy seguro que sencilla, porque sus respuestas eran muy sencillas, muy prácticas. Y no digo que ‘de andar por casa’ no, sino sumamente evangélicas, porque la respuesta del Evangelio es muy sencilla, no se anda con rodeos. No veo que haya quedado nada por decir, fray Carlos vive y si vive su enseñanza está ahí. Podemos acudir a sus escritos, mensajes...
También podemos recurrir a usted que nos ayuda a seguir amando la persona del Cardenal y lo que hacía a través de sus palabras y cómo lo vive. ¿Siente responsabilidad por transmitir su legado?
Su legado, en mi humilde opinión, vive en los corazones de todos aquellos que le hemos conocido y es el mejor libro que sostiene los escritos a fuego de la vida y misterio de fray Carlos. Mi responsabilidad, si es que tuviera alguna, es decir que Dios existe, que nos ama y que nos cuida. Y puedo decir que, si Dios existe, nos ama y nos cuida, nos manda señales. Una de las señales ha sido fray Carlos, porque como Dios nos ama y nos cuida, nos manda personas que nos alienten, que nos enseñen, que sea maestros en la fe y entendería como responsabilidad decirlo. Decir que don Carlos, al menos para mí, fue un maestro, fue una gran compañía en el camino de la fe y eso es lo que diré siempre mientras que tenga un hálito de vida.
¿Algún día se atreverá a compartirlo?
Desde hace tiempo lo estoy compartiendo. Esa es la frase que tengo para contestar. Yo he aprendido muchas lecciones de don Carlos. Y una de ellas es que nunca había que hablar de sí mismo. Lo que quisiera es compartir con mi vida misma lo que don Carlos fue, sin muchos discursos, pero ojalá que mi vida pueda transparentar a don Carlos porque eso será transparentar al amor de mi vida que ha sido Jesucristo, como para él. Su vida no fue otra cosa que llevar a Cristo a los hombres, ojalá que yo pudiera portar ese legado con mi humilde existencia. La alegría de la fe es la que nos mantiene si no, la vida sería una pérdida. Seguimos caminando, no exento del dolor de la separación de las personas a las que se quiere, pero se trata de un dolor sereno, un dolor con esperanza.

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