Mirar María José Carmona

Una vida aquí, la otra en Ucrania

Más de 143.000 personas constituyen hoy la diáspora ucraniana en España. Mujeres y niños que en febrero de 2022 interrumpieron sus vidas a causa de la guerra. Así viven ahora.

En medio de un cuartito con pupitres de madera, la luz entra agazapada bajo las persianas a medio bajar. Son casi las doce y Ruslana llega tarde al primer día de clase. Con timidez se disculpa inclinando la frente y ocupa su asiento, saca la libreta, los rotuladores. Ruslana Krust, que tiene 42 años, que hace tiempo se graduó en la Universidad, que en algún cajón de su casa guarda el título de ingeniera agrónoma, recibe de la maestra una cuartilla con las letras de molde de un abecedario. ¿Conocen esa expresión: empezar de cero? Pregúntenle a Ruslana.
La ingeniera asiste a clases de español en una parroquia de Cáritas, pero antes de eso, en marzo, escapó con su familia de Ucrania porque antes aún, en febrero -el 24 de febrero-, Vladimir Putin ordenó a las tropas rusas atacar su país.
Han pasado más de seis meses desde entonces, pero parece más. O menos. Es lo que tienen las guerras, deforman la percepción del tiempo, crean dimensiones paralelas. El allí donde aún suenan las bombas, el aquí donde Ruslana se sienta en un pupitre y con ayuda de una cuartilla deletrea en español U-c-r-a-n-i-a.
Su profesora, Sandra Olivares, conoce muy poco, casi nada de ucraniano. Desde el principio habla a sus alumnos en español para que las palabras les atraviesen como aguaceros, para lo demás se sirve de gestos, de imágenes. “Ahora vamos a recordar los colores”, les dice mostrando un rotulador rosa, luego uno negro, uno azul. “¿Este qué color es?”, pregunta levantando un rotulador amarillo. Ruslana duda, se atraganta. Su mente frustrada grita por dentro “zhovtyy, zhovtyy”. Amarillo en ucraniano.
Una diáspora es la dispersión de un pueblo por varios lugares del mundo. La diáspora ucraniana la forman -según ACNUR- 7 millones de personas, es la mayor en lo que llevamos de siglo, más aún que la de Siria, cuya cifra -todavía caliente y aun así tan olvidada- alcanzó los 6,6 millones.
Todas las diásporas tienen algo en común, rompen un país, pero en el caso ucraniano lo rompe de una manera muy concreta, como en los naufragios, mujeres y niños primero. La mayoría de los hombres de 18 a 60 años tuvieron que quedarse por si, llegado el caso, debían coger un arma y combatir. Ellas solas -cargados los brazos de niños, a veces de ancianos también- escaparon en una huida urgente que las llevó a países cercanos, a Polonia, Rumanía, Eslovaquia. Pero también a otros como España, donde no había proximidad pero sí familiares, amigos, conocidos. Una comunidad ucraniana fuerte.
En enero de 2022 había 95.627 ucranianos empadronados en España. En marzo -guerra mediante-, los empadronados sumaron 124.850 y 177.426 en abril. Los 200 mil se superaron en mayo.
Fue así en todas partes, la cifra de refugiados se multiplicó a tal velocidad que la Comisión Europea tuvo que aplicar una medida extraordinaria para agilizar los trámites y ofrecerles protección nada más llegar. Un permiso de Protección Temporal que les permitiera residir legalmente, trabajar, acceder a la escuela. Una papel para “empezar de cero” que a los refugiados sirios, a los venezolanos, a los senegaleses les toca esperar durante meses. A fecha de septiembre de 2022, 143.152 ucranianos -ucranianas, la mayoría- habían recibido protección internacional en España. Pero conseguirlo antes no significa, de ningún modo, que todo siga igual de rápido, igual de sencillo.
Iryna Yakovets -34 años- muestra en su móvil un vídeo de los Cárpatos ucranianos. En él se ve una colina blanca enmarcada de abetos aún más blancos y todo ese blancor resulta incomprensible desde el otro lado, desde una Málaga donde los termómetros marcan casi 30 grados. Iryna vivía en Chernivtsí. Una ciudad al suroeste de Ucrania conocida en las guías de viaje como la pequeña Viena pero que, en tiempos de guerra, se hizo popular por ser lugar de paso para los refugiados que huían hacia Rumanía.
A principios de marzo, Iryna cerró la puerta de su casa, miró por última vez sus muebles, su cocina, su sofá. De una mano agarró a su hijo Artem, de 8 años, de la otra a su hijo Mykhailo, con 11 y una minusvalía del 40% que le impide caminar. “Fue difícil dejar la casa, hacer ese cambio cuando allí lo tienes todo. A los niños les costó adaptarse. Los primeros meses lloraban, preguntaban ‘¿por qué nos has traído aquí?’”, cuenta Iryna aunque no directamente ella, sino a través de una traductora de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), la organización donde ella y sus hijos solicitaron acogida.
El sistema de acogida en España tiene tres fases. Está la Fase 0 donde se busca a quienes huyen un alojamiento temporal, un refugio inmediato para las primeras semanas que puede ser un hostal, un albergue -desde marzo, en un despliegue sin precedentes, se crearon en España más de 24 mil plazas-. Continúa la Fase 1 donde los refugiados pasan a un centro de acogida y allí permanecen seis meses mientras se recuperan, aprenden el idioma. Por último está la Fase 2 en la que se les ayuda a buscar un empleo y una vivienda donde recuperar -si eso es posible- algo parecido a la normalidad.
Este es el proceso habitual, pero la excepcionalidad del exilio ucraniano ha introducido cambios. Debido a la falta de espacio en los centros de acogida, su proceso se ha acelerado, de la Fase 0 pasan directamente a la 2. Esto es, llegan de la guerra y con las primeras palabras españolas en la boca, se les anima a hacer frente a dos mercados no precisamente acogedores, el inmobiliario y el laboral.
Iryna, por ejemplo, está en la Fase 2, no tiene trabajo, aunque sí un alquiler en un barrio sencillo de Málaga, cuyos gastos paga de momento CEAR. “Aquí estamos bien, podemos emocionalmente descansar”, dice. Su familia está lejos de la normalidad, pero al menos tiene casa propia y eso, estando las cosas como están, ya es un avance.
“Con la vivienda tenemos un problema importante”, reconoce Raquel Santos, coordinadora de Inclusión en CEAR. “Sobre todo en ciudades turísticas, el mercado está muy desvirtuado, no hay alquiler y si lo hay es difícil que quieran alquilar a personas sin aval ni contrato de trabajo”. La falta de vivienda frena la integración de las familias ucranianas y las obliga a esperar más tiempo de la cuenta en la Fase 0, en esos hostales y albergues pensados para unas semanas y donde algunos llevan viviendo meses.
Aun así la mayoría de las mujeres y niños ucranianos no están ni en pisos de alquiler ni en albergues, sino en casas de familiares, de amigos, de esa comunidad ucraniana que ya vivía asentada aquí. No llegaron a entrar en el sistema oficial de acogida, porque les acogieron sus propias redes o incluso redes ajenas, desconocidas, en muchos casos familias españolas, que les abrieron sus casas, les cedieron sus dormitorios, por pura generosidad. De los 143.152 ucranianos con permiso de Protección Temporal solo 21 mil están registrados en el sistema de acogida. El resto sigue en esas redes, pero hasta el tejido más fuerte también cede si se estira por tiempo indefinido.
En el parque hay dos mujeres. Olga Iukanova y Lesia Kvashuk. Las dos vivían en Kiev, las dos se marcharon por el mismo motivo, una antes que la otra. Olga llegó a España en 2014, cuando Rusia se anexionó Crimea y los combates entre rusos y ucranianos comenzaron a cobrarse vidas en la región fronteriza del Donbáss. Lesia, que repitió su mismo camino en 2022, dice que Olga fue “sabia”.
Lesia Kvashuk -43 años- llegó en abril con su hijo de siete, Andrii. “Pensaba que sería para dos semanas”, explica aunque tampoco son sus palabras las que se oyen sino las de Tereza, hija de Olga, que se ha prestado a traducir. Lesia lleva meses buscando clases de español pero no está siendo fácil y la imposibilidad de dominar la lengua le quita el sueño, sin ella no puede trabajar.
“No encuentro nada, ni siquiera lavando trastos por culpa del idioma. Esto me presiona, me agobia mucho, necesito trabajar”, dice Lesia, que en la vida de allí, a 4.000 kilómetros de la de ahora, era contable en un centro comercial.
Mientras tanto aguanta en casa de unos amigos, tira de sus ahorros, de la comida que a veces consigue en algún comedor social. Está fuera del sistema de acogida y por tanto tampoco puede acceder a sus ayudas -para el alquiler, para los gastos del día a día-. “Conocemos mucha gente así”, cuenta Olga, “está siendo difícil para todos. No encuentran vivienda porque los precios son altísimos, no encuentran trabajo porque no conocen el idioma. La gente va sujetándose como puede, cogiendo lo que le dan”.
El 60% de las refugiadas ucranianas tiene estudios superiores. En su país trabajaban en sectores como la educación, el comercio, la salud. Eso era la vida allí. Aquí, el 13% que hoy tiene un empleo -según datos de la Seguridad Social- se dedica a la hostelería, la limpieza, la cosmética. “El español es una lengua complicada. Ellas se adaptan muy rápido, pero en pocos meses no se aprende, no es real. No al menos para conseguir un trabajo acorde a lo que hacían antes”, cuenta la profesora Sandra Olivares.
Aparte del idioma, está la dificultad para convalidar sus títulos y para compaginar el trabajo con los hijos que ellas solas deben cuidar. No obstante, no solo el 13% trabaja, esa es la cifra oficial. Fuera, en la economía sumergida, otras muchas ganan lo que pueden limpiando casas particulares. Es el caso de Ruslana, ingeniera agrónoma, o de Olena, periodista.
Olena -prefiere no dar su apellido- tiene 37 años y 17 de experiencia en el sector editorial. Hasta marzo de 2022 trabajaba en el departamento de marketing de una farmacéutica y vivía en un apartamento propio en el centro de Kiev. Ahora está en un albergue para 300 personas y comparte habitación con otras cinco. “Trabajar como señora de la limpieza fue realmente duro”, explica en un largo email. “Si en marzo una hora de limpieza se pagaba a 10 euros, ahora se puede contratar a una mujer ucraniana por 5 o incluso 3. Ellas van porque viven en albergues, pero en España no puedes alquilar un apartamento con eso”.
Olena reconoce la impotencia, la ira. “Nosotros no escapamos de la pobreza, escapamos de la guerra. Por muy bien que España nos haya recibido, nuestro deseo no era estar aquí. Recibimos mucho apoyo pero ojalá fuera más práctico. Hay tres palabras que a la mayoría de ucranianos nos molestan: tranquila, cita, mañana”.
Dice, hablando del exilio, la poeta Cristina Peri Rossi que “partir es siempre partirse en dos”. Los pies, las manos, el cuerpo en un lugar; lo intangible, el corazón, la mente, en otra. “Pasa con todos los refugiados”, dice Raquel Santos de CEAR, pero es verdad que en esta diáspora “el retorno está más presente”.
De hecho, muchos de quienes huyeron están regresando ya. “Empezaron a volver a finales de mayo”, cuenta Maryana Kasiv, presidenta de la asociación de ucranianos Maydan Málaga. “Cada domingo los autobuses salían llenos para Ucrania. Vuelven por no encontrar trabajo o porque no querían permanecer en albergues. Piensa que la mayoría de estas personas vivía bien, en condiciones normales, aquí muchos ni siquiera tenían intimidad para llorar”.
según Naciones Unidas, cada día unos 30 mil ucranianos vuelven, no al país que recordaban, sino al país que sigue en guerra. Lesia -lo admite- lo ha pensado muchas veces. “Sin trabajo, preferiría volver a Kiev, lo que me frena es mi hijo. Todavía sigue con miedo a las sirenas, a los aviones”, cuenta con las palabras prestadas de Tereza, pero el silencio que sigue -ese silencio universal- cuenta mucho más.
En el Palacio de Congresos de Marbella solo se oye ucraniano. La asociación Maydan ha organizado un concierto benéfico para cuatrocientas personas junto a la diva ucraniana del pop Nastya Kamenskykh, más conocida como “NK”. Entre los voluntarios que entregan las entradas, sirven las bebidas, acompañan a los asientos hay varias refugiadas como Nadia Yurko -40 años-.
Profesora y cantante de ópera de Jersón -territorio hoy ocupado por Rusia-, viene acompañada de sus hijos Darim de 5 años y Mia de 13. Con ayuda de una traductora improvisada, resume su historia, tan parecida a las demás. No tiene idioma, ni trabajo, ni vivienda. Pero tiene paz.
Dice: “Para mí fue una sorpresa venir aquí, a un lugar desconocido, es difícil para mi cabeza, el cerebro no lo asume, pero lo importante es que no tenemos guerra, mis hijos no tienen miedo”, dice antes de volver a mezclarse en ese torrente de personas donde todos se reconocen en un acento común, donde dos colores prevalecen por encima del resto. Azul -blakytnyy-, Amarillo -zhovtyy-, combinados de mil formas en las faldas, las camisetas, el esmalte de las uñas, las flores en el pelo, las banderas que los niños se colocan a la espalda como superhéroes, como mariposas.

Más artículos

no-results-found-landing-news
VER MÁS {{percentLoaded}}% loading...